Safia Abahaj*
Cada 30 de julio, el Reino de Marruecos celebra la Fiesta del Trono, una fecha que trasciende el ámbito ceremonial para convertirse en un momento de reflexión colectiva sobre la trayectoria del Estado, la evolución de sus instituciones y los desafíos que aún quedan por afrontar. Se cumplen veintisiete años desde la entronización de Su Majestad el Rey Mohammed VI, un periodo que, desde una perspectiva jurídica e internacionalista, permite realizar un balance de un proyecto de Estado caracterizado por la continuidad institucional, la estabilidad política y una creciente proyección internacional.
En un mundo marcado por profundas transformaciones geopolíticas, por el cuestionamiento del orden multilateral y por la aparición de nuevas amenazas a la paz y a la seguridad internacionales, Marruecos ha conseguido consolidarse como un actor de referencia tanto en el espacio euromediterráneo como en África.
Esta posición no responde únicamente a su privilegiada localización geográfica; es también el resultado de una estrategia de largo recorrido basada en la modernización del país, la diversificación de sus alianzas internacionales y una diplomacia que ha sabido adaptarse a un contexto internacional cada vez más complejo.
Cuando Mohammed VI ascendió al Trono en 1999, heredó un Estado con sólidos cimientos institucionales y con una clara vocación de estabilidad. Sin embargo, el contexto internacional que debía afrontar difería profundamente del existente durante las décadas anteriores. La globalización, el terrorismo transnacional, la crisis financiera internacional, las transformaciones derivadas de la Primavera Árabe, la pandemia de COVID-19 o las nuevas tensiones derivadas de la competencia estratégica entre grandes potencias han redefinido el funcionamiento de las relaciones internacionales.
Gobernar durante este periodo ha exigido visión, capacidad de adaptación y una política exterior sustentada en el pragmatismo. A mi juicio, uno de los principales méritos del reinado de Mohammed VI ha sido precisamente haber sabido anticipar muchos de esos cambios sin renunciar a los principios fundamentales que inspiran la continuidad del Estado marroquí.
Desde la perspectiva del Derecho Constitucional, la Monarquía marroquí desempeña una función que trasciende la alternancia gubernamental. Representa la continuidad del Estado, la unidad de la Nación y la estabilidad de las instituciones. Esa dimensión institucional resulta especialmente relevante cuando se analiza el contexto regional en el que se inserta Marruecos. Mientras diversos países de su entorno han atravesado profundas crisis políticas, institucionales o de seguridad, el Reino ha mantenido un marco de estabilidad que ha favorecido el desarrollo económico, la atracción de inversiones y el fortalecimiento de su presencia internacional.
Naturalmente, ningún Estado está exento de retos. La consolidación del desarrollo económico, la reducción de las desigualdades territoriales, la mejora de determinados indicadores sociales o la adaptación permanente de las instituciones constituyen desafíos compartidos por numerosas democracias contemporáneas. Sin embargo, resulta difícil negar que Marruecos ha experimentado una transformación profunda en múltiples ámbitos durante estos últimos veintisiete años.
Las grandes infraestructuras ferroviarias, portuarias y logísticas; la apuesta por las energías renovables; la modernización industrial; el impulso al sector aeronáutico y automovilístico; el desarrollo de los puertos estratégicos y la consolidación del país como plataforma económica entre Europa y África reflejan una visión estratégica que ha reforzado la posición internacional del Reino.
Pero si existe un ámbito en el que la evolución ha sido especialmente significativa es, sin duda, la política exterior.
La diplomacia marroquí ha evolucionado desde un modelo esencialmente regional hacia una acción exterior mucho más global, caracterizada por la diversificación de socios, el fortalecimiento de las relaciones Sur-Sur y una creciente presencia en los principales foros multilaterales. Marruecos ha sabido construir puentes entre Europa y África, entre el Mediterráneo y el continente africano, convirtiéndose en un interlocutor cada vez más relevante para la Unión Europea, Estados Unidos, los países del Golfo y numerosos Estados africanos.
Esta política exterior encuentra uno de sus pilares en la defensa del multilateralismo eficaz. En un escenario internacional donde el recurso a la confrontación parece ganar terreno frente al diálogo, Marruecos ha mantenido una participación activa en los mecanismos de cooperación internacional, apostando por soluciones negociadas y por el fortalecimiento de las instituciones multilaterales como instrumentos indispensables para la prevención y resolución pacífica de controversias.
Precisamente desde esa óptica debe analizarse la evolución de la cuestión del Sáhara durante estos veintisiete años.
Pocas cuestiones han condicionado de manera tan intensa la acción diplomática del Reino como este diferendo regional. Durante más de dos décadas, Marruecos ha desarrollado una estrategia constante orientada a defender su posición en los distintos foros internacionales, al tiempo que ha promovido una propuesta de solución política basada en la iniciativa de autonomía presentada en 2007.
Desde una perspectiva jurídica, conviene distinguir con claridad entre las posiciones políticas de los distintos actores y el marco institucional en el que se desarrolla el proceso. El Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas ha reiterado en sus resoluciones la necesidad de alcanzar una solución política, realista, pragmática, duradera y basada en el compromiso. Esa formulación, mantenida durante los últimos años, ha configurado el marco de actuación del proceso político auspiciado por las Naciones Unidas.
Paralelamente, un número creciente de Estados ha expresado su apoyo a la iniciativa marroquí de autonomía como base seria y creíble para avanzar hacia una solución negociada. Esa evolución diplomática constituye, sin duda, uno de los cambios más relevantes de las últimas décadas y refleja una transformación significativa del contexto internacional en el que se desarrolla el diferendo.
No obstante, desde el rigor que exige el Derecho Internacional, también debe señalarse que el asunto continúa formando parte de la agenda del Consejo de Seguridad y que la Misión de las Naciones Unidas para el Referéndum del Sáhara Occidental (MINURSO) mantiene su mandato vigente. Ello significa que, jurídicamente, el proceso internacional continúa abierto, aunque la evolución política y diplomática de los últimos años haya modificado de forma notable el equilibrio existente en etapas anteriores.
Más allá de los debates jurídicos, existe una realidad difícilmente discutible: la estabilidad del Magreb constituye hoy un interés estratégico no solo para los países de la región, sino también para Europa, África y la comunidad internacional en su conjunto. En un contexto marcado por la expansión del terrorismo en el Sahel, las redes de criminalidad organizada, la presión migratoria y las crecientes tensiones geopolíticas, la búsqueda de soluciones políticas estables adquiere una importancia que trasciende el ámbito estrictamente regional.
Por ello, considero que cualquier avance futuro deberá construirse sobre los principios que inspiran la Carta de las Naciones Unidas: el diálogo, la buena fe, la cooperación entre las partes y la búsqueda de soluciones pacíficas que favorezcan la estabilidad regional y la seguridad colectiva.
La evolución de la política exterior marroquí durante estos veintisiete años no puede entenderse sin hacer referencia a la relación privilegiada que el Reino mantiene con España. Ambos países comparten mucho más que una frontera marítima. Comparten una historia compleja, una intensa interdependencia económica, desafíos comunes y una responsabilidad compartida en la estabilidad del Mediterráneo occidental.
Desde una perspectiva de Derecho Internacional, la relación hispano-marroquí constituye un ejemplo de cómo dos Estados vecinos pueden transformar los desacuerdos puntuales en oportunidades de cooperación estratégica. La gestión de los flujos migratorios, la lucha contra el terrorismo y el crimen organizado, la cooperación judicial, la protección de las fronteras exteriores de la Unión Europea, el comercio bilateral o la transición energética son ámbitos en los que la colaboración entre Rabat y Madrid resulta hoy indispensable.
La nueva etapa inaugurada en los últimos años ha permitido reconstruir un clima de confianza política basado en el respeto mutuo y en la voluntad de resolver las diferencias mediante el diálogo. Ese cambio ha demostrado que las relaciones internacionales no pueden edificarse sobre la confrontación permanente, sino sobre la comprensión de que existen intereses superiores que exigen responsabilidad institucional y visión de futuro.
España representa para Marruecos un socio estratégico de primer orden; Marruecos constituye, a su vez, un aliado imprescindible para España en cuestiones de seguridad, estabilidad regional y desarrollo económico. Esta realidad trasciende a los gobiernos y responde a una lógica geopolítica que difícilmente podrá modificarse con el paso del tiempo. La vecindad impone responsabilidades compartidas, y la inteligencia política consiste precisamente en convertir esa proximidad en una oportunidad de progreso común.
Las relaciones entre ambos países deberían seguir orientándose hacia una cooperación cada vez más ambiciosa en ámbitos como la educación, la investigación científica, la innovación tecnológica, la cultura, la protección del medio ambiente y el fortalecimiento de los vínculos entre las nuevas generaciones. La diplomacia del siglo XXI ya no puede limitarse a la acción de los Estados; también debe construirse desde las universidades, la sociedad civil, el emprendimiento y la cooperación entre jóvenes comprometidos con un futuro compartido.
Como investigadora, estoy convencida de que la paz y la estabilidad no son conceptos abstractos. Son construcciones jurídicas y políticas que requieren diálogo permanente, instituciones sólidas y una voluntad constante de cooperación. Ningún Estado puede afrontar en solitario desafíos tan complejos como el cambio climático, las migraciones, la seguridad alimentaria, la ciberseguridad o las amenazas transnacionales. El futuro pertenece a quienes sean capaces de tender puentes y no de levantar barreras.
En este contexto, el auge de determinadas corrientes conservadoras o de extrema derecha en algunos países europeos y latinoamericanos constituye un fenómeno que merece ser analizado con serenidad y rigor, sin caer en simplificaciones. Las democracias evolucionan, alternan gobiernos y redefinen sus prioridades políticas. Esa es precisamente una de sus principales fortalezas.
Más allá de las diferencias ideológicas, lo verdaderamente determinante será la capacidad de todos los actores políticos para preservar los principios esenciales del Derecho Internacional: el respeto a la soberanía de los Estados, la solución pacífica de controversias, el cumplimiento de las obligaciones internacionales y la cooperación entre las naciones. Las relaciones entre Marruecos y sus socios internacionales deben seguir construyéndose sobre esos principios, con independencia de los cambios que puedan producirse en los distintos escenarios políticos.
Los grandes desafíos de nuestro tiempo exigen estadistas capaces de pensar más allá de la inmediatez. La estabilidad, la seguridad jurídica y la confianza entre los Estados son activos estratégicos cuyo valor resulta especialmente evidente en un contexto internacional marcado por la incertidumbre.
Veintisiete años después de la entronización de Su Majestad el Rey Mohammed VI, Marruecos presenta un balance que invita a la reflexión y, también, al reconocimiento. El Reino ha reforzado su presencia internacional, ha consolidado una política exterior cada vez más influyente, ha diversificado sus alianzas estratégicas y ha proyectado una imagen de estabilidad que hoy constituye uno de sus principales activos.
Todo ello no significa que el camino haya concluido. Ningún proyecto nacional está terminado. Las sociedades evolucionan, aparecen nuevos desafíos y las instituciones deben seguir adaptándose a las exigencias de un mundo en constante transformación. Precisamente por ello, el verdadero legado de estos veintisiete años no debe medirse únicamente por las realizaciones materiales, sino por la capacidad de construir una visión de largo plazo en la que el desarrollo económico, la cohesión social, la estabilidad institucional y la proyección internacional avancen de forma equilibrada.
Como marroquí, como jurista y como ciudadana profundamente comprometida con el diálogo entre los pueblos, deseo que Marruecos continúe consolidándose como un referente de estabilidad, de cooperación internacional y de entendimiento entre culturas. Creo firmemente que el prestigio de un Estado no se mide únicamente por su crecimiento económico o por su influencia diplomática, sino también por la confianza que inspira, por la fortaleza de sus instituciones y por su capacidad para contribuir a la paz y a la prosperidad compartida.
En un mundo donde con demasiada frecuencia prevalece el ruido sobre la reflexión y la confrontación sobre el entendimiento, Marruecos tiene la oportunidad de seguir demostrando que la estabilidad, la moderación y la visión estratégica constituyen una forma de liderazgo profundamente necesaria para el siglo XXI.
Permítanme concluir con una convicción muy personal, fruto de mis años de estudio del Derecho Internacional y de mi compromiso con el servicio público y la educación:
“Las naciones verdaderamente fuertes no son aquellas que imponen su voz, sino aquellas que logran que su estabilidad, su credibilidad y su visión inspiren respeto dentro y fuera de sus fronteras. El mayor legado de un Estado no es el poder que ejerce, sino la confianza que es capaz de generar para las generaciones presentes y futuras”.
Y hago también mías las palabras de Su Majestad el difunto Rey Hassan II. Una reflexión que sigue teniendo plena vigencia para comprender la vocación estratégica de Marruecos:
“Marruecos es un árbol cuyas raíces se hunden en África y que respira por sus hojas en Europa”.
Más que una imagen poética, esta frase resume la identidad de un Reino que ha sabido convertir su historia, su geografía y su diversidad en un puente entre continentes, culturas y civilizaciones. Esa vocación de apertura, de diálogo y de cooperación constituye, probablemente, uno de los mayores activos de Marruecos para afrontar los desafíos del presente y construir el futuro con confianza.
———————————-
(*) Hispanista e Investigadora saharaui








