Houria Boutayeb*
España está ubicada en Europa, mientras que el Sáhara marroquí se encuentra en África, un continente lleno de misterios para la mayoría de quienes no cruzaron el Estrecho. La historia de este desconocimiento se remonta a varios siglos atrás. ¿Cómo aterrizó España en el Sáhara y por qué se autoproclamó defensora del Frente Polisario? Es una pregunta legítima para entender mejor el expediente del Sáhara donde el interlocutor es más que uno.
La presencia de España en Marruecos se remonta a tiempos muy lejanos. En 1580, con la unión dinástica entre Portugal y España, la ciudad de Ceuta pasó a formar parte de esta unión ibérica. Fue hasta 1640, después de la disolución de dicha unión, cuando España tomó el control total del territorio. En cuanto a Melilla, fue conquistada por la Corona de Castilla en 1497, tras derrotar al último de los reinos musulmanes en la península ibérica, el Reino de Granada. Más de dos siglos después, en 1884, España regresó a Marruecos, esta vez con otra misión y otro objetivo: conquistar el Sáhara.
Pero ¿qué motivos y argumentos tenía España para volver a mirar a su vecino sureño a quien le dio la espalda durante siglos? A finales del siglo XIX, España se encontraba en un momento muy débil. Era el principio del fin del imperio español. Las tres grandes colonias españolas: Cuba, Puerto Rico y el archipiélago de Filipinas en el Pacífico chupaban un gran presupuesto para mantener su estabilidad; ya que la piratería en las de más de siete mil islas en Filipinas agotaba a España y generaba gastos adicionales.
A pesar de los problemas acumulados en sus colonias de ultramar, y al igual que muchas otras naciones, España quería ampliar su territorio, ya que el poder y la influencia de cualquier país se medía por la extensión de sus tierras.
Durante esta época, Europa tenía la mirada puesta en África donde se instalaron los países imperialistas y repartieron el resto del continente como si fuera un puzle. España y desde siempre estaba tan cerca de África, pero nunca se atrevió a cruzar el Estrecho. La llegada del árabe, el antiguo enemigo musulmán por las costas del Mediterráneo, permaneció grabada, durante siglos, en la memoria colectiva española, plagada de guerras y conflictos.
Por motivos puramente económicos, la intervención española en África no tenía como la americana “una leyenda negra”. Después de la pérdida de sus últimas colonias de ultramar en 1898, España quiso recuperar su honor nacional dirigiéndose hacia el sur, considerado «el misterioso continente, cerrado a la penetración exterior, dominado por las tribus salvajes que lo poblaban». España se dejó seducir por el afán colonialista en busca de nuevos mercados, consciente de que África era el continente del porvenir, asumiendo con ello, todo el fracaso que supondría este nuevo episodio para un país sumergido en la ruina y el desastre. Las aspiraciones del progreso social y cultural así como la adaptación del indígena a fines civilizadores eran buenos pretextos para convencer al pueblo y al soldado español de emprender esta aventura colonial.
La estrategia de la guerra se basa en crear un enemigo de carne y hueso, sin escrúpulos ni contrapistas, a quien hay que derrotar y combatir pero también civilizar. Este argumento tuvo éxito en España, convirtiendo al marroquí en un indígena salvaje sin educación ni ética, inmerso en la miseria y la pobreza.
Cuando se repartió el pastel africano en Berlín bajo el mandato del canciller alemán Bismark, en virtud de la Conferencia de Berlín en noviembre de 1884 y febrero de 1885, España se precipitó a instalarse en el Sáhara, la región más cercana a las islas canarias, evitando, de este modo, que otra nación se asentase en esta zona, rica en pesca, frente a Canarias. La colonización española arrancó en 1884 con la instalación de tres edificios en Villa Cisneros (actual Dajla), la bahía de Cintra y en Cabo Blanco.
El Sáhara tenía dueños que defendían su soberanía. Tribus beréberes y árabes que dependían de los sultanes del Reino de Marruecos. De hecho, Los Almorávides pertenecían a las tribus Sanhaya, procedentes del suroeste del Sáhara, y que llegaron a fundar Marrakech en 1070, convirtiéndola en la capital de un vasto Imperio. Distintas confederaciones tribales de diversas procedencias se asentaron en el Sáhara, como las tribus de Tekna, que se establecieron entre Guelmim y Buydour; los Erguibat, una tribu que ocupó un extenso territorio que iba desde Draa hasta Sakya el Hamra “Río de Oro”, pasando por Tinduf. Los Uled Delim, una tribu proveniente de Yemen, se instalaron en Dajla y Río de Oro; los Arusiyin, provenientes de Beni Arus en el norte de Marruecos, se ubicaron en Río de Oro y Maa El Ainin, una tribu que hizo del Sáhara su hogar también, ya que su líder Sheij Maa El Ainin fue designado representante del sultán Hasan I en la región a partir de 1879, y fue él quien construyó Smara, bajo el liderazgo del sultán Mulay Abdelaziz, quien dio sus instrucciones para la edificación de esta localidad sureña. Una multitud de tribus que, con el paso del tiempo, dieron vida e identidad a los territorios del sur del Reino sin que se desvincularan del resto del país, porque muchas tribus procedían de otras partes del Reino.
Las potencias europeas reconocían esa relación secular entre el trono marroquí y las tribus del Sáhara; por eso, cuando la bandera española se izó por primera vez en el Sáhara y los franceses empezaron a adentrarse en la región desde Mauritania, es en nombre del sultán que se organizó la resistencia contra la penetración extranjera y es a Marruecos como nación a la que se dirigían las potencias colonizadoras durante el protectorado.
El único interlocutor que tenía derecho a contestar a la ocupación era Marruecos y nadie más. Una lucha colectiva que se extendió de norte a sur, unificando un Reino que, desde siglos, siempre ha sido uno.
La historia del Sáhara marroquí es un relato fascinante, lleno de luchas, resiliencia, esperanzas, sueños y momentos que han marcado el rumbo de toda una nación. Pero esto es solo el comienzo, aún queda mucho por contar. Así que les invito a acompañarme en el próximo episodio, para seguir explorando juntos este expediente que es, al fin y al cabo, la historia de nuestra nación, de cada uno de nosotros y de todos los marroquíes. Hasta pronto.
*Hispanista y Presidenta de la Asociación Marroquí de Periodistas Hispanoparlantes.








