Lahcen Haddad*
« Negar los beneficios de la modernidad a los pueblos africanos mientras se disfrutan en Europa es el colmo de la hipocresía. » – Chinua Achebe
« Idealizar el atraso de la comuna campesina es idealizar la estancación nacional. » – Lenin
En el debate complejo sobre el futuro del Sáhara Occidental, hay una corriente ideológica profundamente inquietante que rara vez se examina: la postura que busca aislar, infantilizar e instrumentalizar la región con fines políticos. Esta postura —que llamo primitivismo militante— no nace de la justicia ni del desarrollo, sino de la conservación del sufrimiento como herramienta de presión.
Quienes más gritan por la “liberación” del Sáhara son a menudo los mismos que se oponen a la inversión, el turismo, los intercambios culturales o los acuerdos internacionales en la región. ¿Por qué? Porque el progreso socava el relato de victimismo que justifica su activismo y sustenta su financiación. Crecimiento económico, integración regional, creación de empleo: no están en su agenda — el estancamiento sí.
No quieren inversores en Dajla ni en El Aaiún. Rechazan a cineastas y periodistas que muestran un Sáhara moderno, pacífico y abierto al mundo. Protestan contra empresas extranjeras que crean empleo o autoridades locales que construyen escuelas. Para ellos, toda mejora es una amenaza: porque su causa no es la justicia, es el chantaje político.
Eso es el primitivismo militante: una doctrina que exige subdesarrollo para mantener su utilidad ideológica. El Sáhara, desde su visión, debe ser un espacio de carencia, agravio y desesperanza — no porque lo sea, sino porque debe parecerlo.
Citan el derecho internacional fuera de contexto, ignorando que la ONU no reconoce ninguna “República Saharaui” ni ha llamado jamás a una independencia, sino a una solución negociada y mutuamente aceptable.
Mientras tanto, Marruecos continúa invirtiendo masivamente en sus provincias del sur: puertos, energía renovable, universidades, hospitales… El Sáhara marroquí cuenta con algunos de los indicadores de desarrollo humano más altos del país. Es un territorio de esperanza y dinamismo.
Y eso es lo que más temen los militantes: que el Sáhara prospere y su lucha se vuelva irrelevante.
Esta forma de instrumentalización no es nueva. Refleja la lógica de ciertos ideólogos postcoloniales para quienes el dolor y la pobreza son requisitos de pureza revolucionaria. Pero esa lógica ha fracasado — en todas partes. Y en el Sáhara, es ya una amenaza real.
La verdadera voz saharaui no se escucha en cafés parisinos ni en salones de Argel. Se escucha en las aulas de El Aaiún, en las plantas solares de Bujdur, en los puertos pesqueros de Dajla, y en las urnas electorales. No son voces de víctimas — son voces de ciudadanos.
Quien dice preocuparse por el Sáhara debe preocuparse por su gente. Eso significa decir sí al desarrollo, sí a la inversión, sí a la dignidad a través de la oportunidad.
El primitivismo militante solo ofrece estancamiento permanente al servicio del espectáculo político. Es hora de rechazarlo y reemplazarlo por una visión basada en el progreso, la justicia y el empoderamiento real.
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Parlamentario e intelectual marroquí*









