Mostafa Ammadi*
Si alguien ha sabido relatar con claridad la historia de la crisis argelina contemporánea, más allá del ámbito futbolístico, ese es el escritor Mohammed Moulessehoul, conocido por su seudónimo Yasmina Khadra. Su obra examina con rigor fenómenos como la violencia, la corrupción, la falta de libertades, la fractura social, el desempleo y la escasez de oportunidades.
Argelia, vecino querido, prosigue una estrategia de confrontación no reconocida, dirigida tanto contra la Copa Africana de Naciones (CAN) como contra nuestro Reino Jerifiano en su conjunto. En este contexto, las televisiones argelinas han procedido, con una manifiesta falta de profesionalidad, a eliminar de sus retransmisiones toda referencia explícita a Marruecos, país anfitrión de la (CAN). Diversos medios europeos y árabes han documentado, en particular, la omisión sistemática de cualquier mención a Marruecos, sin que, por ello, nuestro vecino, autor del engañoso lema jāwa jāwa, que significa “hermanos”, reconsidere su postura ni estime necesario rectificar tal proceder, olvidando que rectificar es, según el saber universal, propio de los sabios.
Si en estos días, coincidentes con la celebración en Marruecos de lo que se considera una de las mejores ediciones de la Copa Africana, parte de la afición y la Federación Argelina de Fútbol (FAF) persisten, incluso con mayor énfasis, en adoptar una actitud hostil hacia Marruecos, ello parece responder al mismo espíritu de confrontación descrito por Yasmina Khadra y señalado igualmente por Boualem Sansal, entre otros intelectuales argelinos. Estos autores han puesto de relieve, desde una perspectiva crítica, dinámicas políticas y sociales caracterizadas por la instrumentalización del conflicto, la negación del vecino y la proyección de tensiones internas hacia el exterior, fenómenos que encuentran eco incluso en el ámbito deportivo, tradicionalmente concebido como un espacio de encuentro, fraternidad y deportividad.
No cabe duda de que el partido disputado en la ciudad de Marrakech puso de manifiesto que la selección argelina, insuficientemente preparada en el plano futbolístico, se enfrentó a un equipo nigeriano sólido, potente e inteligente, que dominó el juego y la posesión del balón a lo largo de todo el encuentro. Como consecuencia, Argelia quedó eliminada de la (CAN), provocando, al mismo tiempo, una profunda decepción entre su afición, especialmente entre los seguidores que se desplazaron hasta Marruecos para apoyar a su selección.
Es cierto que en el fútbol, como en toda confrontación regida por normas y méritos, siempre hay un vencedor y un vencido; lo que no existe, sin embargo, es la garantía permanente de que una selección, incluida la argelina, esté destinada a imponerse de manera inevitable en todos los partidos, pues el fútbol, por su propia naturaleza, está sujeto al azar, a la contingencia del juego y a imponderables que muchas veces escapan a cualquier previsión del entrenador.
En este contexto, el pulso diplomático y geopolítico entre Marruecos y Argelia, que algunos actores pretenden trasladar al ámbito deportivo, parece dirigirse hacia una progresiva atenuación, tras haberse intensificado como nunca antes. Estos días, este proceso se ha visto alimentado, asimismo, por los intentos de una minoría de medios de comunicación y por la difusión de fake news destinadas a desacreditar o boicotear la organización de la (CAN), cuya gestión en Marruecos ha sido ampliamente reconocida por su rigor y eficacia.
Es innegable que marroquíes y argelinos compartimos una profunda unión, forjada tanto por la pasión común por el fútbol como por raíces culturales e históricas compartidas, destinadas a fortalecer los vínculos sociales y humanos entre nuestros pueblos. No obstante, esta cercanía se ve parcialmente condicionada por las persistentes tensiones políticas entre ambos Estados, que con frecuencia se proyectan sobre los ámbitos deportivo, cultural e incluso mediático, generando divisiones que contrastan con la afinidad natural que históricamente ha caracterizado la relación con nuestro vecino, Argelia.
Al evocar la reflexión de Yasmina Khadra, escritor nacido en el Sáhara y con trayectoria militar, se persigue el objetivo de retratar la realidad de un país vecino y querido, aunque atrapado en un ciclo persistente de deterioro político que afecta hoy al conjunto de las estructuras del Estado. La independencia, proclamada en 1962, de una nación rica en recursos energéticos, hidrocarburos líquidos y gaseosos, cuyas empresas de prospección, extracción y comercialización fueron nacionalizadas bajo el mandato de Boumedienne, no se tradujo, sin embargo, en una mejora sustancial de las condiciones de vida de la población.
El resultado de décadas sin un gobierno efectivo, con un poder concentrado en una élite militar incapaz de afrontar los problemas estructurales del país, ha dado lugar a un escenario marcado por profundos conflictos sociales y por un tejido institucional gravemente deteriorado. La sorpresa manifestada por numerosos ciudadanos argelinos durante la celebración de la CAN, ante la modernidad de las infraestructuras marroquíes, debería constituir un estímulo para exigir reformas y mejoras en su propio país, con el fin de estabilizar una situación política erosionada que amenaza la frágil paz social en Argelia.
Una de las manifestaciones más evidentes de esta política desgastada se materializa, sin lugar a dudas, en la frontera cerrada con Marruecos, que constituye un ejemplo patente de decisiones erróneas. No en vano, como recuerda la sabiduría popular, un buen vecino es mejor que un pariente lejano, principio que subraya la centralidad de la cooperación y la confianza en las relaciones entre Estados contiguos. La soñada autovía del Magreb, que se extiende desde la frontera tunecina hasta la frontera marroquí, se erige hoy como una metáfora de seis carriles que no conducen a ninguna parte: un impasse de más de 1.200 kilómetros que simboliza no solo el fracaso de Gran Magreb, sino también un persistente clima de desconfianza y hostilidad hacia el vecino marroquí.
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* Profesor Universitario







