Mohamed El-Madkouri
(Profesor en la Universidad Autónoma de Madrid)
La ignorancia ha dejado de ser un simple déficit de conocimiento para convertirse en una posición intelectual y, en no pocos casos, en una ideología plenamente estructurada. No vivimos en una era de escasez informativa, sino en un contexto de sobreabundancia de datos y discursos; sin embargo, esta proliferación no ha ido acompañada de una expansión equivalente del pensamiento crítico. Por el contrario, asistimos a un creciente cierre epistemológico, a la regresión de la reflexión racional, a la valorización de la certeza inmediata y a la penalización sistemática de la pregunta.
Desde una perspectiva epistemológica, la ignorancia no puede entenderse como vacío, sino como un sistema cognitivo cerrado que rechaza la revisión y la autocrítica. Se trata de una racionalidad instrumentalizada que no opera como medio de análisis y cuestionamiento, sino como mecanismo de legitimación de creencias previas. De ahí que el espacio público se vea dominado por la conjetura, la simplificación y la opinión infundada, en detrimento de la argumentación, la evidencia y la deliberación racional. No nos enfrentamos, por tanto, a una incapacidad estructural para pensar, sino a una resistencia activa al pensamiento, motivada por el coste ético que este implica: revisar las propias convicciones, reconocer el error y asumir la complejidad del mundo social y moral.
Este fenómeno no es nuevo. En la tradición intelectual islámica, el persa Abū Ḥāmid al-Ghazālī, Algazel, abordó tempranamente la problemática del “conocimiento desprovisto de conciencia”, distinguiendo entre un saber que disciplina y refina la razón y otro que, al carecer de una dimensión ética, se vuelve contra su propio portador. Al-Ghazālī no se opuso a la razón en cuanto tal, sino a una racionalidad desvinculada de la responsabilidad moral. En contraste, y desde el extremo occidente del mundo islámico, Ibn Rushd, Averroes de Córdoba, defendió, desde el interior del mismo marco cultural y normativo, la racionalidad como una obligación epistemológica y religiosa, no como un lujo intelectual, y sostuvo que su suspensión en nombre de una comprensión deficiente de la religión constituye una distorsión del propio mensaje religioso. El desacuerdo entre ambos no fue un conflicto personal, sino la confrontación entre dos concepciones del conocimiento: una que percibe la pregunta como amenaza y otra que solo puede sostenerse a través de ella.
Esta tensión reaparece hoy de forma más explícita y menos elaborada. La religión y la ética ya no se movilizan para evaluar y transformar la conducta, sino para justificarla. El texto normativo o doctrinal no se interpreta en función de sus fines o contextos, sino que se fragmenta selectivamente para confirmar posiciones previas. Los valores se reconfiguran con el fin de evitar cualquier exigencia de cambio individual o colectivo. En este marco, la fe deja de ser una experiencia racional y ética para transformarse en una certeza dogmática que se define, ante todo, por su hostilidad hacia el pensamiento crítico.
La filosofía moderna formuló diagnósticos análogos. Cuando René Descartes propuso la duda metódica como vía hacia la certeza, no promovía el escepticismo destructivo, sino la fundación de un conocimiento no asentado en la ilusión ni en la autoridad incuestionada. Immanuel Kant radicalizó este planteamiento al definir la Ilustración como la salida del ser humano de la “minoría de edad” que él mismo se impone, entendida no como carencia de inteligencia, sino como incapacidad de usar la razón sin tutela externa. Esta definición resulta especialmente pertinente para analizar los discursos contemporáneos que sustituyen la comprensión por la obediencia y la reflexión por la adhesión acrítica.
Desde esta perspectiva cobra pleno sentido la máxima clásica atribuida a al-Khalīl ibn Aḥmad al-Farāhīdī, que clasifica a los individuos no en función de la cantidad de conocimiento que poseen, sino de su conciencia respecto a los límites de dicho conocimiento: el sabio sabe y sabe que sabe; el negligente sabe y no sabe que sabe; el ignorante no sabe y sabe que no sabe; mientras que el necio —el más problemático desde el punto de vista epistemológico— no sabe y no sabe que no sabe. El principal riesgo no reside en quien reconoce su ignorancia, condición necesaria para todo aprendizaje, sino en quien la desconoce y se percibe a sí mismo como poseedor de la verdad. Este es el sujeto cognitivo cerrado, impermeable a la crítica y, por ello, radicalmente incapaz de aprender.
Conviene subrayar, asimismo, que la ignorancia no es sinónimo de analfabetismo. La historia intelectual y social ofrece innumerables ejemplos de sujetos sin formación académica formal que han desarrollado formas sofisticadas de comprensión práctica y moral, así como de individuos altamente titulados que, pese a su capital educativo, carecen de capacidad analítica y reflexiva. El conocimiento no se reduce a la acumulación de información, sino que implica la capacidad de establecer relaciones, interpretar contextos y leer simultáneamente dos textos: los libros de la tradición escrita y el gran libro de la experiencia histórica y social.
Una de las expresiones más reveladoras de la ignorancia contemporánea es la apelación aparentemente modesta a “limitarse a la propia especialidad”. Lejos de constituir una defensa genuina del rigor disciplinar, esta consigna funciona con frecuencia como un dispositivo de silenciamiento del saber experto. Se exige contención al especialista, mientras se legitima la opinión indiscriminada de quienes carecen de formación en el ámbito del que hablan. No se trata de promover el respeto al conocimiento, sino de neutralizarlo en nombre de un supuesto pragmatismo.
No atravesamos, en consecuencia, una crisis de ignorancia, sino una crisis de desvalorización de la razón. El problema no es que se piense demasiado, sino que se piensa demasiado poco. La ignorancia ha dejado de ser percibida como una carencia para convertirse en una virtud socialmente tolerada, cuando no explícitamente recompensada. En este contexto, la duda se vuelve sospechosa, la pregunta se interpreta como amenaza y la afirmación “no lo sé” conduce a la marginación intelectual.
En un escenario así, la defensa de la razón y del pensamiento crítico adquiere un carácter necesariamente político. Preguntar resulta más perturbador que mentir, y la verdad ya no se combate por ser falsa, sino porque exige esfuerzo, incomodidad y responsabilidad intelectual.









