Mohamed El-Madkouri
(Profesor en la Universidad Autónoma de Madrid)
En una escena poco habitual en el mundo de la política, un ministro de Asuntos Exteriores se inclinó para besar la mano de un profesor de Derecho Internacional. No fue un gesto protocolario vacío ni una emoción pasajera, sino un mensaje de gran calado: la política, cuando es sensata, se apoya en el conocimiento, respeta a quienes lo producen y reconoce su valor. Así se construyen los Estados y así se gestionan los grandes asuntos.
En tiempos en los que algunos políticos convierten a los expertos en simple decorado o instrumentalizan el saber para justificar decisiones ya tomadas, esta imagen invierte la ecuación: el político maduro es quien busca el consejo del académico, no quien le impone su lógica. El sabio no es un subordinado del poder, sino su referencia; no un funcionario al servicio de la política, sino una brújula ética y cognitiva que orienta la decisión pública.
El Derecho Internacional, en particular, no es un eslogan que se agita cuando conviene, sino una ciencia rigurosa y acumulativa, construida con argumentos y precedentes, y con la que se preservan los intereses de los Estados y la dignidad de los pueblos. Cuando un ministro de Exteriores reconoce la valía de un catedrático en este ámbito, admite implícitamente que la soberanía no se protege con retórica, sino con conocimiento, y que la defensa del interés nacional comienza por respetar a la razón jurídica capaz de desentrañar las complejidades internacionales y formular posiciones sólidas.
Esta escena ofrece una lección clara a las élites políticas y mediáticas: el académico no debe correr detrás del político en busca de visibilidad o influencia; es el político quien debe acudir al académico en busca de lucidez. Porque cuando se humilla al conocimiento, la política se empobrece; y cuando se margina a los sabios, los Estados se gobiernan con impulsos, no con prudencia.
Tal vez esta imagen merezca detenerse y reflexionar. No habla de dos personas, sino de dos modelos: una política altiva que desprecia la experiencia, y una política madura que se inclina ante la ciencia por respeto, no por debilidad. Entre ambos modelos se mide la seriedad de los Estados y se define su lugar en un mundo que solo respeta a quienes saben combinar poder y conocimiento.









