20 junio 2026 / 02:48

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¿Por qué los hijos de las élites árabes en la diáspora no han heredado la excelencia de sus padres?

Mares 30 - febrero 17, 2026

Mohamed Al-Madkouri

(Universidad Autónoma de Madrid)

 

¿No se ha preguntado nunca por qué los hijos de los migrantes exitosos no son parecidos a sus progenitores en los países de acogida? Personalmente, me planteé esta misma cuestión cuando formaba profesores de español para migrantes y, en un primer momento, la expliqué recurriendo al binomio de escasez y abundancia, tal como aparece formulado en la Muqaddima de Ibn Jaldún, en su interpretación del ascenso y declive de las civilizaciones. Sin embargo, cuando otros me plantearon de nuevo esta pregunta, se hizo necesario pensar desde la razón abstracta y buscar más allá del factor psicológico, examinando su relación con esos dos conceptos.

 

Quien observe los mapas de la investigación científica mundial, o repare en los nombres de profesores eminentes e investigadores en laboratorios avanzados, agencias espaciales y empresas de alta tecnología, advertirá una presencia árabe significativa, especialmente entre la primera generación de migrantes árabes y musulmanes. No obstante, la observación más inquietante es que los hijos de estas figuras sobresalientes rara vez alcanzan el mismo nivel de excelencia académica o científica. Esta paradoja no guarda relación con la inteligencia, ni puede reducirse a explicaciones morales o culturalistas simplistas; exige, más bien, una lectura semántica y psicológica más profunda.

 

Una selección implacable que produjo la excepción

La primera generación de árabes que alcanzó posiciones científicas de élite en Occidente no constituía una muestra ordinaria de sus sociedades de origen. Fue el resultado de una selección histórica extremadamente dura, casi darwiniana —una analogía que, en este contexto, resulta pertinente—: pobreza en la mayoría de los casos (aunque fuesen los “ricos” de aldeas empobrecidas), fragilidad política, sistemas educativos limitados aunque exigentes, y una migración cargada de riesgos. Quienes lograron atravesar ese umbral y triunfar fueron excepciones estadísticas antes que simples casos de éxito individual. Eran:

 

-los más sobresalientes y disciplinados,

-los más capaces de soportar la presión y el riesgo,

-los más ambiciosos y dispuestos al sacrificio.

 

La migración científica no fue una opción de comodidad, sino un acto de supervivencia. Por ello, la excelencia de esta generación estuvo vinculada a un impulso existencial extremo: o el éxito o el colapso total. En algunos casos, el éxito se asociaba literalmente con la vida misma, con la mera posibilidad de seguir existiendo. Esto no es una metáfora. Puede parecer una formulación dura, incluso exagerada, pero describe una realidad cercana a la experiencia de quien se entrega al mar en una embarcación precaria, que puede o no alcanzar la otra orilla. La comodidad de los sillones y los despachos suele alejarnos de una percepción realista de la vida y de su significado. La excelencia científica de alto nivel suele requerir:

 

-una percepción aguda de la fragilidad,

-o un impulso existencial intenso.

 

Los hijos, en cambio, nacieron fuera de ese marco implacable.

 

Ibn Jaldún tenía razón: cuando desaparece la escasez, cambia la conducta

Los hijos de las élites científicas árabes crecieron en sociedades que les garantizaban:

-una educación de calidad, aun cuando no siempre sean conscientes de ello por falta de comparación,

-una identidad jurídica estable y protección legal,

-un nivel mínimo asegurado de vida digna.

 

Se trata de conquistas humanas incuestionables, pero que transforman radicalmente la estructura psicológica del impulso. La excelencia científica extrema suele requerir una sensación persistente de vulnerabilidad o una presión existencial constante. Cuando la escasez desaparece, la ambición deja de orientarse hacia la “supervivencia” y se desplaza hacia la “búsqueda de sentido”. Aquí reside la paradoja central: aquello que hizo posible la excelencia de los padres es precisamente lo que se esforzaron por evitar que vivieran sus hijos.

 

El desgaste identitario en lugar de la concentración de energía

Muchos hijos de migrantes árabes viven en una zona intermedia:

 

-no están plenamente integrados en la identidad de la sociedad de acogida,

-ni se sienten psicológicamente pertenecientes a la cultura de sus progenitores.

 

Habitan entre dos lenguas y dos culturas, entre una imagen familiar exigente y una imagen social diferente, entre expectativas familiares extremadamente altas y un entorno social que no siempre los reconoce del mismo modo. Esta fractura identitaria consume una enorme cantidad de energía cognitiva y emocional. Mientras el padre tenía una conciencia clara de quién era, qué quería y por qué luchaba, el hijo se enfrenta tempranamente a interrogantes existenciales que, en lugar de impulsarlo, tienden a desorientarlo.

 

De incorporarse al sistema a chocar con él

La primera generación se relacionó con el sistema occidental como con un orden ajeno que debía ser comprendido, respetado para hacerse un hueco en él con inteligencia, trabajo y responsablidad. La segunda generación, en cambio, nació dentro de ese sistema y descubrió tempranamente sus techos de cristal y sus límites no declarados. Así, la excelencia deja de presentarse como una promesa abierta y se convierte en una negociación prolongada con una realidad menos justa de lo prometido.

 

La disolución del relato clásico del éxito

El padre disponía de un relato claro: estudio, trabajo, ascenso y representación digna. El hijo, en cambio, vive en una época de deslegitimación de las élites, de multiplicación de trayectorias vitales y de pérdida de centralidad de la universidad y el laboratorio como únicos caminos hacia el sentido. Muchos de los hijos de estos perfiles sobresalientes son inteligentes y creativos, pero han optado por itinerarios distintos: el arte, los medios de comunicación, la crítica, el emprendimiento o incluso la retirada consciente. Este desplazamiento suele interpretarse erróneamente como “declive”, cuando en realidad refleja una transformación en la propia definición de la excelencia.

 

La pregunta que debería formularse

El problema no es que los hijos de los árabes sean menos capaces, ni que las sociedades de acogida hayan fracasado plenamente en su integración. El problema es más profundo: la excelencia de la primera generación se construyó sobre un sufrimiento extremo que no puede —ni debe— heredarse. La cuestión fundamental no es por qué los hijos no se parecen a sus padres, sino cómo crear condiciones de excelencia humana sostenible que no dependan de la ruptura, la privación y el dolor para emerger. Ese es el verdadero desafío cultural y educativo, no solo para los árabes, sino para todas las sociedades de migración en un mundo posterior a las certezas.

 

 

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