23 septiembre 2026 / 19:43

La Casa del Periodismo

Abdelkrim no cabe en una columna

mares30 - septiembre 23, 2026

Omar Ajana, periodista y escritor

Hay figuras históricas que no pertenecen por completo a nadie. Abdelkrim el khattabi es una de ellas. Su nombre forma parte de la memoria del Rif, de la historia de Marruecos y también de la historia colonial de España. Precisamente por eso conviene acercarse a él con algo más de rigor que el que permite una batalla política del presente.

 

En una reciente columna publicada en EL PAÍS, Najat El Hachmi sostiene que Abdelkrim nunca reclamó Ceuta ni Melilla y que su lucha no puede confundirse con el nacionalismo marroquí actual. Hay una parte de esta afirmación que merece ser tomada en serio: Abdelkrim fue, ante todo, un dirigente de la resistencia rifeña frente a la penetración colonial. Pero convertir esa constatación en una explicación suficiente de las relaciones entre Marruecos y España significa dejar fuera demasiadas preguntas.

La primera es sencilla: ¿por qué seguimos utilizando a Abdelkrim como si fuera un personaje contemporáneo al que pudiéramos hacer firmar nuestras posiciones políticas?

 

El Rif de los años veinte no era el Marruecos del siglo XXI. La estructura política, las fronteras, las relaciones de poder y hasta la idea de Estado eran diferentes. Abdelkrim actuó en un contexto histórico concreto, marcado por la presencia colonial española y francesa y por la fragmentación política delterritorio. Sacar una frase de aquel contexto para convertirla en una conclusión sobre lo que deben pensar hoy los marroquíes es tan problemático como utilizar las guerras del Rif para definir a todos los españoles de hoy.

 

Y aquí aparece una paradoja.

 

Se critica —con razón— cualquier intento de utilizar la historia colonial como instrumento de movilización política, pero al mismo tiempo se corre el riesgo de utilizar al propio Abdelkrim para construir otra narrativa política sobre Marruecos. El resultado es el mismo: un personaje histórico convertido en argumento de actualidad.

 

Los marroquíes no somos una masa política dirigida desde Rabat. Somos millones de ciudadanos con opiniones diferentes, procedencias diferentes y experiencias diferentes. Hay marroquíes que consideran Ceuta y Melilla una cuestión histórica pendiente; otros que no tienen ningún interés particular en ella; otros que consideran que la prioridad debe ser construir una relación económica, cultural y humana cada vez más estrecha con España. Pretender hablar en nombre de todos ellos es tan arriesgado desde Madrid como desde Rabat.

 

También convendría distinguir entre Marruecos y sus gobiernos. Una cosa es analizar críticamente las políticas delEstado marroquí y otra muy diferente convertir al ciudadano marroquí en una prolongación de esas políticas.

 

Como periodista marroquí que ha dedicado buena parte de su vida a observar la relación entre España y Marruecos, creo que necesitamos precisamente lo contrario de las simplificaciones: más conocimiento mutuo.

España tiene derecho a defender su posición sobre Ceuta y Melilla. Marruecos tiene derecho a mantener su propia interpretación histórica. Ninguna de las dos sociedades necesita que el otro lado renuncie a su memoria para poder convivir. La amistad entre dos países no exige que sus ciudadanos tengan exactamente la misma lectura de la historia.

Y tampoco deberíamos confundir la crítica al nacionalismo con la descalificación de una memoria nacional. Una sociedad puede defender sus intereses, discutir su pasado y conservar determinadas reivindicaciones históricas sin que todos sus ciudadanos sean nacionalistas ni estén interesados en convertirlas en una prioridad política.

El Rif merece algo mejor que ser utilizado como escenario simbólico de una discusión entre Madrid y Rabat.

 

Los rifeños merecen que se recuerde su historia completa: la resistencia, la pobreza, la violencia colonial, las transformaciones sociales, la relación compleja con el podercentral y también las enormes contradicciones internas de aquella época. Reducir todo eso a una frase sobre quién reclamó o dejó de reclamar una ciudad significa empobrecer una historia extraordinariamente compleja.

 

Abdelkrim no necesita ser españolizado ni marroquinizado para ser comprendido. Necesita ser estudiado.

 

Y quizá esta sea la lección más importante para España y Marruecos: podemos discrepar sobre nuestro pasado sin convertirlo en una guerra permanente de relatos. Podemos defender posiciones diferentes sobre Ceuta y Melilla sin convertir al ciudadano marroquí en enemigo. Podemos criticar a Rabat sin despreciar a Marruecos y podemos cuestionar determinadas narrativas españolas sin negar la realidad histórica de España.

 

El Mediterráneo ya tiene suficientes fronteras. No levantemos otras con nuestra manera de contar la historia.

 

Abdelkrim pertenece a la historia. El futuro, en cambio, pertenece a los ciudadanos de ambos lados del Estrecho.

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