09 agosto 2026 / 11:38

La Casa del Periodismo

De Rabat a Bogotá: las palabras que cruzaron el Atlántico

mares30 - agosto 8, 2026

Mostafa Ammadi*

Con motivo del reconocimiento por parte de Colombia de la soberanía de Marruecos sobre su Sáhara, anunciado este viernes, y apenas unas horas después de la investidura del presidente Abelardo de la Espriella, las relaciones entre nuestros dos países parecen entrar en una nueva etapa, marcada por el acercamiento político y la voluntad de abrir nuevos horizontes de cooperación.

 

Pero los vínculos entre Marruecos y Colombia no comienzan ni terminan en la política y la diplomacia. Para descubrir algunos de ellos basta con escuchar cómo hablamos. En Colombia, como en muchos otros países hispanohablantes, la gente dice « aceite » en lugar de « óleo » y « aceituna » en lugar de « oliva ». Son apenas dos ejemplos entre las miles de voces de origen árabe que recuerdan hasta qué punto la huella lingüística de nuestro al-Andalus atravesó el Atlántico y continúa viva en el español de América. Y aunque el refrán nos recuerde que «olivo y aceituno, todo es uno», las palabras que eligen los colombianos para nombrar las cosas también cuentan una historia. Una historia que comenzó mucho antes de que existieran las actuales relaciones diplomáticas entre Rabat y Bogotá.

 

Bien es cierto que, durante siglos, numerosas voces árabes y amazighes se incorporaron al español y terminaron formando parte también del vocabulario cotidiano del español colombiano: azafrán, azúcar, algodón, alcachofa, acequia, aljibe, alberca, azahar, jinete… Nuestras palabras fueron acompañando nuevas formas de cultivar, regar, cocinar y nombrar el mundo, de manera que sería difícil explicar determinados aspectos de la cultura colombiana o marroquí sin recurrir a ese legado.

 

Si buena parte de ese patrimonio lingüístico cruzó el Atlántico y llegó también a Colombia, hay que decir que nuestras voces árabes y amazighes viajaron con gusto y, aunque cambiaron de acento y encontraron una nueva tierra donde continuar viviendo, siguen vivas. Quizá por eso resulta tan sugerente pensar que cada vez que un colombiano pronuncia palabras como « aceite, azúcar, algodón, almacén o alcalde », resuena, aunque sea de manera lejana, una parte de nuestra historia compartida.

 

Pero este viaje entre Marruecos y Colombia no ha tenido una sola dirección. Siglos después, Colombia emprendió el camino inverso a través de la literatura. Es así que un puente se tendió bajo un nombre universal: Gabriel García Márquez: Su obra más célebre, Cien años de soledad, una de las grandes novelas de la literatura colombiana y universal, cruzó hace décadas las fronteras lingüísticas colombianas para llegar al lector árabe y, con él, a Marruecos. Traducida al árabe, la novela ha sido leída por generaciones de lectores y estudiantes marroquíes que descubrieron, a través de sus páginas, el universo de Macondo, la familia Buendía y ese realismo mágico que convirtió a García Márquez en una de las voces imprescindibles de la literatura contemporánea.

 

Para muchos lectores marroquíes, Colombia fue primero un país conocido a través de la literatura. Antes de viajar a Bogotá, Cartagena o Barranquilla, viajaron con la imaginación a Macondo, y lo hicieron gracias a la traducción, esa lengua de las lenguas capaz de acercar mundos separados por miles de kilómetros.

 

Hay algo profundamente simbólico en este recorrido de ida y vuelta. Primero fueron las palabras árabes las que atravesaron al-Andalus para cruzar siglos después el Atlántico. Mucho tiempo después, fueron las palabras de García Márquez las que emprendieron el camino inverso: salieron de Colombia, atravesaron el océano, fueron traducidas al árabe y encontraron miles de lectores en Marruecos. Así que entre un viaje y otro se fue formando también ese extraordinario español colombiano, una lengua con personalidad propia en la que conviven tú, usted y vos, y que destaca por la riqueza de sus fórmulas coloquiales y expresivas, cuyo significado no siempre puede deducirse literalmente: « hágale, de una, no dar papaya… »

 

A todo ello se suma una particular riqueza en las fórmulas de cortesía y las expresiones atenuadoras. El conocido «qué pena con usted», por ejemplo, puede servir para disculparse, introducir una petición o suavizar una situación incómoda. Son maneras de hablar que también dicen mucho de una sociedad y de su forma de relacionarse con los demás.

 

No cabe duda de que las palabras, al fin y al cabo, nunca permanecen quietas. Viajan con las personas, atraviesan fronteras, cambian de pronunciación, adquieren nuevos significados y sobreviven incluso cuando olvidamos de dónde proceden.

 

Por eso, la nueva etapa que hoy se abre entre Marruecos y Colombia no parte de cero. Detrás existe una historia de palabras, traducciones y lectores que han ido acercando silenciosamente Marruecos a Colombia y Colombia a Marruecos.

 

Ahora bien, corresponde a la política continuar ese camino y transformar esa cercanía cultural en proyectos de futuro. Marruecos y Colombia tienen numerosos espacios para hacerlo: la cooperación universitaria y científica, el intercambio de estudiantes y profesores, la agricultura, la seguridad alimentaria, la gestión del agua, las energías renovables, el turismo, el comercio, la inversión y, naturalmente, la cultura y la traducción.

 

 

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(*) Escritor marroquí y profesor universitario

Categorías : AméricaSáhara