30 septiembre 2026 / 17:22

La Casa del Periodismo

El español no es una declaración de amor a España

mares30 - septiembre 30, 2026

Rosa Amor del Olmo*

 

A propósito de la entrevista a mi colega y hermano Driss Oueldlhaj.

 

Hablar español no es rendir homenaje a España. Se puede aprender una lengua para ganarse la vida, leer un libro, marcharse o discutir con quienes la hablan. Ninguna de esas decisiones constituye un juramento de lealtad. Las lenguas permiten acercarse, pero no obligan a admirarse. También sirven para expresar la distancia.

 

La entrevista a Driss Oueldlhaj en Mares30 invita a pensar en esa diferencia. Su defensa del español en Marruecos merece reconocimiento, pero el potencial de una lengua y su arraigo social no son lo mismo. El entusiasmo de quienes la estudian tampoco permite describir el sentir de una sociedad entera.

 

No es una inquietud exclusivamente mía. Juan Vicente Piqueras advertía en El País: «El español hace tiempo que ha perdido su segundo puesto como lengua más hablada en Tánger». No basta esa observación para describir todo Marruecos ni para atribuir el retroceso a un rechazo afectivo. Pero invita a una cautela necesaria: no confundir el entusiasmo de los encuentros culturales con la presencia cotidiana de una lengua. Una cosa es celebrar el español y otra que la gente lo elija para vivir.

 

Un aula no es un país en miniatura. Fuera están quienes no han elegido esa lengua, quienes no han podido elegirla y quienes no encuentran en ella nada que les interese. También ellos forman parte de la pregunta.

 

Mi percepción es que en Marruecos se ha enfriado cierta disposición espontánea hacia el español, y también hacia el francés. Digo mi percepción, no una conclusión estadística. No quiero convertir mi experiencia en la voz de un país; tampoco silenciarla porque incomoda un relato optimista. Me interesa lo que se dice en los encuentros culturales y lo que sucede cuando terminan. No escuchamos las palabras desde el mismo lugar. Para quienes trabajamos con la literatura, una lengua puede abrir una biblioteca. Para quien la vincula con una experiencia de dominación, puede abrir una herida. La filología no tiene derecho a corregir una memoria dolorosa como si fuera una falta de ortografía.

 

Pero esa memoria tampoco debería impedir apropiarse del idioma. Se puede utilizar una lengua para disentir de quienes la impusieron, para contar otra historia, para hacerse escuchar. No necesitamos pedirle a nadie que olvide para que aprenda. Ni que deje de aprender para demostrar que recuerda.

 

El español, además, no lleva una aduana afectiva española incorporada. Un estudiante marroquí puede aprenderlo pensando en América Latina, en una investigación o en una oportunidad profesional. España no tiene por qué ocupar el centro de esa decisión. Leer a un escritor mexicano no exige una escala sentimental en Madrid.

 

Tampoco hay nada indigno en aprender por utilidad. Quien necesita trabajar no tiene que adornar esa necesidad con una declaración de amor a nuestra cultura. El error consiste en traducir conveniencia por afinidad y cooperación por cariño. Compartir un idioma facilita una conversación; no determina su contenido.

 

Esta reflexión debe mirar también hacia España. No sería coherente desear que nuestra lengua fuera bien recibida y desentendernos después de cómo recibimos a quienes la hablan. Ni celebrar su aprendizaje y seguir considerando ajeno a quien la ha hecho suya.

 

La pregunta no es solamente cuántas personas quieren hablar español, sino a cuántas estamos dispuestos a escuchar como iguales cuando lo hablan. El respeto se pone a prueba cuando el otro deja de ser una figura agradable y aparece como una persona completa: con opiniones, contradicciones y una voz que puede incomodarnos. Comprenderlo no significa conseguir que nos dé la razón.

 

Y esto vale para ambas orillas. Nadie debería convertirse, por su origen, en representante involuntario de todas las responsabilidades históricas de un país. Una persona no es una delegación nacional. No tiene que responder de cada decisión que no tomó.

 

Aquí la reflexión deja de ser solamente filológica y me toca personalmente.

 

Siempre fui paseando mi mestizaje por Marruecos y por España con naturalidad: esa manera de sentirme de los dos países, de reconocerme en ambos sin tener que escoger entre ellos. No lo vivía como dos mitades enfrentadas ni necesitaba justificar por qué una cercanía no anulaba la otra. Hoy ya no lo vivo así. Ni en Marruecos ni en España. Mi mestizaje no ha cambiado; la comodidad con la que lo paseo, sí.

 

No presento esta experiencia como una acusación contra dos países. Señalo una pérdida: la de una naturalidad que antes no tenía que vigilar. Hay un cansancio particular en sentir que la propia pertenencia puede convertirse en materia de examen, que un afecto puede parecer una toma de partido y una crítica interpretarse como deslealtad.

 

Tampoco quiero que el mestizaje sea celebrado únicamente cuando resulta decorativo. No quiero ser una imagen amable con la que ilustrar un discurso sobre el encuentro. La mezcla tiene que poder traer preguntas difíciles, recuerdos incómodos y una voz propia.

 

El mestizaje no puede ser hermoso en el cartel y molesto en la persona.

 

Por eso me cuesta conformarme con la metáfora de las lenguas como puentes. ¿Quién cruza? ¿Cómo es recibido? ¿Puede quedarse sin explicar constantemente su presencia? Un puente no cumple su función porque quede bien en una fotografía, sino porque permite pasar. Y, para quienes sentimos vínculos con ambas orillas, pasar no basta: también necesitamos poder estar.

 

No quisiera menos hispanismo en Marruecos. Quisiera que su valor no dependiera de prometer una afinidad general que ningún proyecto académico puede garantizar. Que pudiera explicar las distancias sin vivirlas como una derrota. Que aprender español ampliara las posibilidades de una persona, no las obligaciones de afecto hacia nosotros.

 

Una lengua ofrece palabras. El respeto exige algo más: aceptar que esas palabras puedan decir lo que no esperábamos escuchar. 

 

A mí no me basta con que se celebre que pertenezco a dos orillas. Tampoco quiero pasarme la vida haciendo de puente para que otros puedan encontrarse.

 

Quiero poder estar entera en cualquiera de ellas.
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(*) Escritora española

 

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