Mohamed El-Madkouri
(Universidad Autónoma de Madrid)
La pregunta por la identidad entre los hijos de los migrantes marroquíes en Europa ha dejado de ser una cuestión estrictamente familiar, un simple vínculo nostálgico con la tierra de los padres y de los abuelos, o un asunto ligado a los documentos de entrada y salida al país, o al apellido. En los últimos años se ha convertido en una cuestión sociológica y cultural de gran calado, en la que se intercruzan la historia personal y la historia colectiva, la memoria familiar y la nueva imagen de Marruecos, el deporte y la pertenencia, la lengua y la dignidad simbólica.
Los hijos de los migrantes marroquíes en el extranjero ya no constituyen un grupo homogéneo. Hay hijos de padre y madre marroquíes; hijos de matrimonios mixtos —padre marroquí y madre española, francesa, belga, neerlandesa, alemana, o de otras nacionalidades que pueden hasta Corea y Vietnam —. Los marroquíes se reproducen en cualquier sitio y, contrariamente al tópico, se adaptan a cualquier cultura. Comprometerse en una relación matrimonial con hijos por medio no es un asunto trivial que se toma a la ligera.
También hijos de madre marroquí y padre extranjero. A ellos se suman los nietos de emigrantes, que no han nacido en Marruecos y quizá no hablen con soltura ni el dariya ni el amazigh, pero que llevan Marruecos de otra manera: en el nombre, en la narrativa familiar, en la comida, en los viajes de verano, en la selección nacional, en la bandera roja con la estrella verde y en esa frase que repiten de distintas formas: “Yo también soy (de origen) marroquí”.
Resulta significativo que los hijos de matrimonios mixtos, a diferencia de lo que se solía pensar, puedan llegar a construir una pertenencia simbólica más serena y reconciliada con Marruecos. En muchos casos, el complejo del inmigrante —con su carga de fobia social, sentimiento de inferioridad y deseo de ocultar su origen— pesa menos sobre ellos. No siempre viven la identidad marroquí como una carga social, sino como un añadido, una prolongación, un color más en su configuración personal. Y cuando cambia la imagen de Marruecos, cuando este país pasa a ser objeto de admiración y respeto, ese cambio se refleja directamente en esos hijos y nietos, vinculándolos más a la tierra de sus antepasados, no mediante discursos moralizantes, sino a través de una nueva atracción simbólica.
Hace alrededor de un cuarto de siglo, en una investigación de campo realizada sobre los hijos de migrantes marroquíes y el abandono escolar en el contexto español, la situación era muy distinta. Algunos adolescentes, chicos y chicas de secundaria, evitaban todo aquello que pudiera relacionarlos con Marruecos. Si el joven se llamaba Mohamed, se hacía llamar Antonio; si la chica se llamaba Karima, escogía para sí un nombre como Karina, especialmente cuando sus rasgos no delataban fácilmente su origen marroquí. En cambio, si los rasgos físicos, el color del pelo o la apariencia corporal hacían visible un origen marroquí difícil de negar, los mecanismos de defensa simbólica se volvían más complejos: se inventaban genealogías alternativas, se exageraban pertenencias europeas parciales o se presentaba al padre marroquí como un antiguo emigrante a Alemania que había conocido allí a una mujer belga y que luego se había instalado en España. Lo importante, en muchos casos, era que el joven o la joven no quedaran directamente asociados a Marruecos.
Aquella fue una etapa en la que algunos hijos de migrantes sentían que Marruecos era un país que había que justificar más que reivindicar. A veces eran incluso más duros al criticarlo que la propia prensa extranjera. No porque lo odiaran necesariamente, sino porque se estaban defendiendo del estigma que acompañaba a la imagen de Marruecos y de los marroquíes en el imaginario europeo: pobreza, inmigración irregular, trabajo precario, analfabetismo, barrio popular, vendedor ambulante, hombre “diferente”, mujer “cerrada” o “velada”, y religión entendida como signo de sospecha y no como signo de cultura. En definitiva, todo aquello con lo que el Nosotros estigmatizaba al Otro, marroquí.
Pero algo profundo ha cambiado en menos de diez años. No todo ha cambiado, ni conviene caer en un optimismo ingenuo, pero sí se percibe una transformación clara en la relación de la segunda y la tercera generación con Marruecos. Hoy observamos que esos mismos jóvenes, o quienes se encuentran en situaciones parecidas, expresan su origen marroquí con mayor orgullo. El nombre marroquí ya no es siempre una carga. La bandera marroquí ya no es solo una pieza de tela que aparece en bodas belgas o francesas, o en los puertos durante el verano. Se ha convertido en signo de presencia, en medio de afirmación y en una forma de recuperación de uno mismo.
Una prueba de ello es la gran demanda de camisetas de Marruecos de color rojo, en las que aparece la palabra “Marruecos” en dorado en la parte izquierda del pecho, mientras que en la derecha figura un emblema circular inspirado en los símbolos nacionales: una estrella verde dentro de un círculo rojo, coronado y acompañado de un pequeño balón de fútbol en la parte inferior. Las mangas terminan con bordes decorados por una franja ornamental inspirada en el zellige o en los motivos tradicionales marroquíes, en rojo, verde, blanco y dorado. El tejido, además, parece llevar estampados ligeros y discretos, lo que confiere a la prenda un carácter festivo y patrimonial al mismo tiempo. Es, en cierto modo, una realización lograda: una prenda deportiva convertida en signo identitario.
Desde el Mundial de Qatar, el fútbol ha desempeñado un papel sociológico e identitario que no puede subestimarse. La selección marroquí no fue únicamente un equipo que ganaba partidos; se convirtió en un espejo colectivo en el que los hijos de los migrantes se vieron a sí mismos de una manera nueva. Vieron a jugadores nacidos en Europa, formados en sus escuelas futbolísticas y capaces de hablar sus lenguas con fluidez, pero que habían elegido jugar por Marruecos. No se trataba solo de una decisión deportiva, sino de un acto simbólico poderoso: se puede ser europeo por formación, marroquí por sentimiento y universal por rendimiento.
En este contexto surgieron escenas de gran significado en sendas entrevistas, como la del guardameta marroquí Ahmed Reda Tagnaouti, quien declaró, en dos ocasiones distintas y con un francés y un inglés impecables, que hablaría en árabe porque era marroquí, y que quien preguntara debía buscar un traductor. También puede recordarse la reciente actitud de Achraf Hakimi ante el español, cuando insistió en hablar en esa lengua, reavivando así el debate sobre la igualdad de las lenguas en el ámbito de la FIFA.
El gesto de Tagnaouti no es un simple detalle lingüístico. Es un momento de gran densidad simbólica: un jugador que domina las lenguas del otro y que no padece ninguna incapacidad comunicativa decide, sin embargo, escoger el árabe como lengua de pertenencia, dignidad y representación. La lengua deja entonces de ser un mero instrumento comunicativo y se convierte en una posición. No habló así porque desconociera el francés o el inglés; al contrario, precisamente porque los conoce bien, quiso decir: hablo vuestra lengua cuando quiero, pero ahora hablo la mía porque represento a mi país.
No es extraño, por tanto, que incluso hijos de otras comunidades árabes en Occidente hayan empezado a interesarse por el dariya marroquí y a aprenderlo. Durante mucho tiempo, una adolescente de origen marroquí podía inclinarse por expresarse en árabe egipcio o sirio por influencia de la televisión y del cine; hoy, en cambio, se observa el fenómeno contrario, pese a que el cine marroquí no haya tenido históricamente la misma fuerza de difusión que otras cinematografías árabes.
Este tipo de comportamiento simbólico se transmite rápidamente a los hijos de los emigrantes. El adolescente que antes se avergonzaba de su nombre ve ahora a un jugador internacional con un nombre parecido al suyo, aplaudido por el mundo. La chica que temía que el velo de su madre, quizá incluso el suyo propio, o el acento de su padre fueran asociados a una imagen estereotipada, contempla ahora a mujeres marroquíes en las gradas, madres de jugadores, banderas, vítores, ululaciones y una celebración mundial de una imagen marroquí que ya no queda reducida al margen. El fútbol ha desplazado a Marruecos, aunque sea temporalmente, del espacio de la defensa de sí mismo al de la iniciativa simbólica. Es como si su voz colectiva evocara aquellos versos atribuidos a Abd al-Rahman al-Maydub, célebre poeta popular marroquí:
El siervo, si está bien formado, no lo afea su color; y el hombre libre, si es torcido, no vale ni media haba.
Pero no se trata únicamente del fútbol. La imagen de Marruecos dentro del propio país, cuando mejora, repercute directamente en sus hijos en el extranjero. Cuando los hijos de migrantes ven un país más organizado, con mayor presencia internacional y más capacidad para producir alegría y orgullo, su relación con él cambia. No necesitan solo un discurso que les diga: “No olvidéis vuestra país”, un país que, a decir verdad, no es suyo. Necesitan una patria que no los avergüence ante sus iguales. Necesitan un Marruecos que puedan presentar con orgullo en la universidad, en la escuela, en el barrio, en el trabajo y en las redes sociales.
Por eso la identidad no se hereda como se hereda un terreno, un inmueble o un apellido. La identidad se construye, se repara, se negocia y se reformula según los contextos. La identidad es una construcción nunca acabada. Una persona puede nacer en Madrid, Bruselas, París o Ámsterdam, tener nacionalidad europea y no conocer de Marruecos más que la ciudad de su padre o la aldea de su abuela, y aun así sentir, en un momento determinado, que esa tierra lejana forma parte de la imagen que tiene de sí mismo. Por el contrario, alguien nacido de dos progenitores marroquíes puede alejarse de Marruecos si no encuentra en él más que una fuente de incomodidad, tensión o discurso moralizante.
De ahí la importancia de prestar atención a los hijos de matrimonios mixtos. Ellos desestabilizan las concepciones tradicionales de la pertenencia. Puede que la madre no sea marroquí y, aun así, se preocupe más que el padre por vincular a sus hijos con Marruecos. Puede que el padre sea extranjero y que la madre marroquí transmita a sus hijos la lengua de la comida, de la nostalgia, de la celebración y de la visita. Incluso puede haber hijos que no dominen el árabe, como Hakimi, Ibrahim Díaz y muchos otros, y que, sin embargo, defiendan su marroquinidad con más entusiasmo que quienes sí lo hablan. La pertenencia no se mide siempre por el grado de dominio lingüístico, ni por el número de visitas, ni por la rigidez del linaje, sino a veces por esa voluntad profunda de impedir que una parte de uno mismo sea borrada.
Recuerdo, en este sentido, el caso revelador de una maestranda en Derecho de las telecomunicaciones, hija de padre marroquí y madre española, que reaccionó con vehemencia al oír que solo las madres marroquíes mantienen el vínculo de los hijos con Marruecos y su cultura. Dijo, más o menos: “Mi madre no es marroquí y, sin embargo, yo quiero mucho a Marruecos; y ella lo quiere aún más”. Esa pequeña frase resume una gran transformación. Hace algunos años quizá no habría sido posible decirlo públicamente con la misma seguridad. Hoy, en cambio, la pertenencia marroquí se ha convertido, para muchos hijos de la emigración, en una elección declarada y no en un secreto familiar.
Sin embargo, esta transformación no debe hacernos olvidar que la identidad marroquí en el extranjero sigue atravesada por tensiones reales. Hay racismo en las sociedades europeas, discriminación escolar y profesional, estereotipos sobre árabes, musulmanes y marroquíes, y también errores internos marroquíes en la forma de dirigirse a la diáspora y a sus hijos. Parte del discurso oficial y cultural sigue tratando a los hijos del exterior como si fueran marroquíes incompletos o extranjeros suplentes. Pero no son ni una cosa ni la otra. Son ciudadanos culturales transfronterizos, portadores de identidades complejas, y no se les debe exigir que renuncien a una parte de sí mismos para demostrar la otra.
Lo que hoy se necesita no es decirles a los hijos de marroquíes en el extranjero: “Sed marroquíes como lo fuimos nosotros”. Lo necesario es preguntarles: ¿cómo vivís ese origen que forma parte de vuestra identidad? ¿En qué lengua lo expresáis? ¿Qué imágenes os vinculan a él? ¿Qué os acerca a la tierra de los antepasados y qué os aleja de ella? La marroquinidad de la tercera generación no es una copia exacta de la marroquinidad del primer abuelo. Puede pasar por una camiseta de la selección, una canción, un plato de cuscús, una visita de verano, un apellido, la historia de una abuela, un breve vídeo en el móvil o el gesto de un jugador que insiste en hablar árabe ante la prensa internacional.
Lo más importante de los últimos años es que Marruecos ha dejado de ser, para muchos de sus hijos lejanos, un simple país de origen. Se ha convertido en un país de posibilidad simbólica. Un país que puede amarse desde lejos, defenderse en varias lenguas y recuperarse a través del deporte, la cultura, la memoria y el orgullo. Es una conquista importante, pero también frágil. Si no va acompañada de un trabajo cultural, educativo e institucional serio, puede quedar reducida a una ola emocional pasajera. En este sentido, Marruecos no necesita invertir ningún esfuerzo fuera de sus fronteras, solo necesita mejorarse desde dentro.
Debemos comprender que los hijos de los migrantes no buscan una identidad cerrada, sino un reconocimiento abierto. No quieren que se los examine constantemente sobre el grado de su marroquinidad, ni que se les diga que han perdido el origen porque no hablan bien árabe, porque sus madres o sus padres son extranjeros, o porque nacieron en Europa. Necesitan un Marruecos que los reconozca tal como son: multilingües, portadores de memorias diversas y de pertenencias múltiples, pero capaces, cuando se les abre el camino, de hacer de Marruecos una parte luminosa de su identidad.
Hace décadas, el joven marroquí en Europa huía a veces de su propio nombre. Hoy, en cambio, hay quienes lo exhiben en la camiseta, en las cuentas digitales, en las gradas, en las universidades y en las conversaciones cotidianas. Entre aquel Mohamed que se hacía llamar Antonio y aquella Karima convertida en Karina, y el joven o la joven de hoy que dicen con orgullo “soy de origen marroquí”, se despliega la historia de una profunda transformación social. Es la historia de un país cuya imagen ha cambiado, de una comunidad emigrada cuya conciencia se ha transformado y de unos hijos que han descubierto que la identidad solo se convierte en carga cuando los demás la desprecian o cuando nosotros mismos nos avergonzamos de ella.
Cuando la identidad se convierte en fuente de dignidad, no necesita grandes discursos. Basta un jugador que elige el árabe ante las cámaras del mundo, una joven de madre extranjera que dice amar Marruecos, o un muchacho nacido en Europa que escoge la camiseta de la selección marroquí, para comprender que la pertenencia no muere con la emigración. Simplemente espera el momento propicio para regresar, pero bajo una forma nueva.
Además, puede ser esto y aquello al mismo tiempo. Cuántas madres incapaces de criar entregaron a sus hijos a otra mujer que los acogió, y cuando esos hijos crecieron honraron a ambas. No hay en ello contradicción ni extrañeza: hay, sencillamente, una forma más amplia de entender el vínculo, la gratitud y la pertenencia.







