Mohamed El-Madkouri
(Universidad Autónoma de Madrid)
El 27 de junio de 2026, en un restaurante de la calle Velázquez de Madrid, tuvo lugar uno de esos encuentros que, aunque aparentemente pertenecen al ámbito discreto de la amistad académica, acaban diciendo mucho sobre la universidad, sobre la memoria intelectual y sobre la transmisión del saber. No fue un acto solemne con mesa presidencial, ni una ceremonia institucional cuidadosamente pautada, ni una sesión académica con ponencias y turnos de réplica. Fue algo más sencillo y, quizá por ello mismo, más verdadero: un almuerzo de homenaje al profesor Francisco Marcos Marín, rodeado de discípulos, exdoctorandos, colegas y amigos que, desde generaciones distintas, quisieron dar testimonio de una deuda intelectual y humana.
La iniciativa partió del profesor Rafael Sánchez Sarmiento, y reunió a personas venidas de distintos rincones de España y de trayectorias universitarias muy diversas. Algunos no pudieron asistir porque ya están instalados en países lejanos. Muchos de los asistentes son ya profesores jubilados, académicos con una larga experiencia docente, investigadora y de gestión universitaria; otros conservan todavía una actividad intelectual plena, hecha de libros, conferencias, proyectos, recuerdos y conversaciones. Todos, sin embargo, compartían un punto común: haber sido, de una u otra manera, discípulos de Marcos Marín, haber recibido de él una orientación, una lectura, una exigencia, un consejo o una forma de entender la filología, la lingüística y la universidad.
Dentro del restaurante, el ambiente fue cálido y cercano. Las mesas largas, los manteles claros, las copas, las botellas, las tazas de café y los platos componen el escenario de una sobremesa madrileña que poco a poco fue convirtiéndose en una suerte de aula sentimental. Se veía a los comensales sentados a ambos lados de una mesa alargada, en un espacio de ladrillo visto, azulejos verdes, lámparas cálidas y tubos metálicos en el techo. La decoración moderna del local contrasta con la profundidad temporal de lo que allí se evocaba: varias décadas de vida universitaria, desde los años setenta hasta hoy, desde la Universidad de Valladolid hasta la Universidad Autónoma de Madrid, desde las primeras clases y tesis hasta la consolidación de carreras académicas enteras.

El momento más significativo llegó cuando cada comensal tomó la palabra para relatar su experiencia con el maestro. No hubo discursos grandilocuentes, sino intervenciones personales, a veces breves, a veces emocionadas, en las que se fue reconstruyendo una biografía colectiva. Algunos recuerdos se remontaban a los años setenta, a los comienzos universitarios de quienes entonces eran jóvenes estudiantes o doctorandos. Otros evocaban la dirección de tesis, las primeras lecturas, las discusiones metodológicas, la apertura de horizontes intelectuales o la capacidad de Marcos Marín para descubrir vocaciones donde tal vez solo había intuiciones dispersas.
En esos testimonios apareció una palabra que no siempre se pronuncia, pero que sobrevolaba todo el encuentro: magisterio. El magisterio no entendido como autoridad vertical ni como simple acumulación de saber, sino como una forma de presencia. Maestro es quien enseña una materia, ciertamente, pero también quien enseña una actitud ante el conocimiento, quien sirve de coaching en los momentos de debilidad del alma, quien da un empujón de ayuda a que se abra una puerta pesada, quien muestra cómo se traspasa un texto, cómo se formula una pregunta, cómo se duda con rigor, cómo se trabaja sin frivolidad y cómo se transmite a otros la pasión por una disciplina. En tiempos en los que la universidad tiende a medirse con indicadores, sexenios, rankings, formularios y procedimientos administrativos, encuentros como este recuerdan que la verdadera universidad también se construye en la relación entre maestro y discípulo.
El homenaje tuvo además un valor generacional. Allí estaban quienes vivieron la universidad española de los años de transición, quienes participaron en su expansión, quienes la gestionaron desde dentro, quienes formaron a nuevas generaciones y quienes hoy miran con una mezcla de lucidez y melancolía los cambios de la institución. Muchos de los presentes no solo fueron alumnos o doctorandos, sino también profesores, gestores, investigadores, responsables de departamentos, programas y proyectos. Sus vidas académicas prolongan, cada una a su manera, una línea de continuidad que el homenaje hacía visible.
Marcos Marín aparecía así no solo como el homenajeado, sino como el punto de encuentro de una constelación. Alrededor de su figura se reunían historias distintas: itinerarios personales, universidades, ciudades, investigaciones, libros, clases, oposiciones, tribunales, congresos, amistades y complicidades. La fotografía en la que se le ve de pie, con un obsequio en las manos, rodeado de miradas sonrientes, resume bien el tono del acto. No hay solemnidad rígida, sino afecto. No hay distancia, sino cercanía. No hay monumento, sino memoria viva.
Y es que un maestro universitario no termina en su obra escrita, aunque esta sea extensa y reconocida. Tampoco termina en sus cargos, en sus conferencias o en sus intervenciones públicas. Un maestro permanece, sobre todo, en las personas que ha formado. Permanece en la manera en que sus discípulos enseñan después a otros. Permanece en una bibliografía recomendada, en una corrección exigente, en una frase dicha a tiempo, en una confianza depositada cuando el joven investigador todavía no sabía si lo suyo era una vocación o una tentativa. Permanece incluso en las discrepancias, porque el buen maestro no fabrica repetidores, sino interlocutores.
El encuentro de la calle Velázquez fue, por tanto, mucho más que una comida de homenaje. Fue una escena de continuidad intelectual. Una forma de decir que la universidad, pese a sus burocracias y cansancios, sigue teniendo un corazón humano. Una afirmación de que las relaciones académicas verdaderas no se agotan en los expedientes ni en los currículos, sino que dejan huella en la memoria de quienes las vivieron.
Hubo, seguramente, anécdotas divertidas, recuerdos entrañables, silencios emocionados y palabras que cada uno guardará de manera distinta. Hubo también una sensación compartida de gratitud. Gratitud hacia quien fue profesor, director, orientador, colega y amigo. Gratitud hacia una generación que entendió la lingüística como una disciplina rigurosa, abierta y humanística. Gratitud, finalmente, hacia esa forma de magisterio que no se impone, sino que acompaña.
Cuando terminó el almuerzo y el grupo salió de nuevo a la calle Velázquez, quedó la impresión de que algo importante había sido celebrado: no solo una trayectoria individual, sino una manera de estar en la universidad. En un tiempo que a menudo confunde rapidez con pensamiento y productividad con sabiduría, aquel homenaje a Francisco Marcos Marín recordó una verdad sencilla: los maestros no se jubilan del todo. Siguen viviendo en sus discípulos, en sus libros, en sus palabras y en las conversaciones que, muchos años después, todavía son capaces de convocar.











