03 agosto 2026 / 15:46

La Casa del Periodismo

España, el país vecino

Mares 30 - agosto 3, 2026

Abdellah Aamal*

 

¡Quién iba a decir que el idioma se convertiría en una llave maestra para entender la política y en una puerta abierta a oportunidades para nuestra juventud!

 

Lo sucedido hace poco en Ceuta vuelve a darnos en la nariz con una realidad incómoda: con parches y soluciones de urgencia no basta. La relación con el vecino del norte necesita calma, memoria y proyecto. Y ahí es donde la educación se juega todo. Porque el idioma, cuando se enseña con intención y hondura, es mucho más que vocabulario y gramática: es la vía para entender al otro, para asumir que nuestra historia y la suya van enredadas desde hace siglos, y para manejar los desacuerdos con la cabeza fría.

Así que toca decir alto y claro que urge que el ministerio de educación nacional marroquí se siente a repensar qué lugar ocupa el español en las aulas de los colegios marroquíes. Ahora mismo, no nos engañemos: casi agoniza. Una buena parte de los docentes de secundaria que lo imparten no llegan siquiera a tener horas asignadas ni alumnos delante. Pasan el curso en los pasillos, esperando. ¿Cómo se puede enseñar así algo que debería ser una herramienta de análisis y una palanca de futuro?
¿Y por qué empeñarse precisamente en el español? Vamos a verlo desde muy cerca, y sin retórica.

Primero, porque del idioma depende en buena medida que entendamos cómo piensa España. No es una frontera más: es un socio prioritario en Europa, una voz principal dentro de la Unión. Y su forma de razonar la política, su manera de informar, su vida institucional —eso no se puede seguir en traducciones de segunda mano. Hay que leerlo en directo, sin intermediarios.

Luego, porque nuestra herencia es común. Los siglos nos han dejado una historia entreverada, palabras que viajan de una orilla a otra, músicas que se cruzan y se reencuentran. Quien se asoma al idioma del vecino y a su cultura aprende a mirar esa relación con una madurez que no se la lleva un titular ni se la envenena un prejuicio. Se gana una conciencia serena.

Y no nos olvidemos del Mundial de 2030. Marruecos lo organizará junto a España y Portugal. Eso quiere decir que necesitaremos gente preparada para recibir a cientos de miles de aficionados hispanohablantes, llegados de España y de toda América Latina. El joven que sepa comunicarse en español va a estar justo donde hacen falta: en hoteles, restaurantes, transportes, logística y organización. Podrá aspirar a trabajos estables o de temporada que hoy ni se le aparecen en el horizonte, capaces de torcerle la vida a alguien.

Además, está la diplomacia real y popular, la que se teje en las calles, en las universidades, los congresos y en los foros ciudadanos. Un joven marroquí que se expresa en español es una voz creíble y firme para contar la posición de su país ante los ciudadanos y las instituciones españolas y europeas. Saber defender tu propio relato con tu propia palabra es también una forma de fuerza.
Vamos a dejarlo claro: enseñar español como una lengua extranjera más, de esos que se aprueban por apunte el día del examen y se olvidan al día siguiente, es un lujo que no podemos permitirnos. Se trata de abrir una ventana estratégica con dimensiones culturales, geopolíticas y económicas. Es una necesidad de primera hora.

Porque las crisis de frontera no se resuelven solo con respuestas de emergencia. Se entienden mejor, y se gestionan con más tino, cuando formamos generaciones capaces de leer la realidad, de desmenuzarla y de convertir los grandes desafíos en ocasiones provechosas. Y esa capacidad, seamos claros, se siembra primero en las aulas, con un profesor delante y con alumnos que quieren aprender y entender.

 

*Hispanista y doctorando en la Universidad de Alcalá de Henares, Madrid, España.

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