Nuestro histórico ha sido hallarnos en el tercer lugar de los Estados con capacidad disuasiva en Sudamérica, después de Brasil y Argentina. Basta mirar cifras y efectuar comparaciones, principalmente en la segunda mitad del siglo XX.
Esa privilegiada condición la perdimos y fue agudizada en los últimos 25 años, volviéndonos un país dominado por nuestras vulnerabilidades, aquellas que inexorablemente surgen cuando las naciones descuidan su seguridad y defensa.
Privilegiadamente, cerca de los gurúes de la diplomacia peruana desde mis tiempos mozos en la Cancillería, aprendí de ellos que la mejor y más eficaz diplomacia es aquella que está sostenida en su cualidad disuasiva.
Si uno observa los resultados comerciales, financieros, etc., alcanzados por los países desarrollados, podrá confirmar que la ecuación no les ha fallado: los Estados que cuentan con una relevante capacidad bélica, dotados de confianza, vuelven a sus diplomacias maximalistas, logrando los referidos resultados económicos que quieren. Por tanto, no hay que ser un genio en geoestrategia para concluir que, si el Perú muestra incuestionables indicadores de crecimiento económico, y hasta de sus entrañas geográficas o geológicas seguimos descubriendo las bondades en recursos que nos harán una nación muy rica, entonces, no debemos dudar un solo instante en invertir en nuestra capacidad disuasiva para conseguir el ansiado desarrollo.
Los países que se han resistido a comprender lo que digo por hallarse embriagados de ideologías, se hicieron ricos, pero como todo es cíclico, luego perdieron su momentum irrepetible para conseguir el desarrollo, quedándose frustrados en su condición periférica.
La cualidad disuasiva de un país debe ser política de Estado, es decir, los gobiernos sucesivamente, deberán asumirla como una obligación permanente del país en su estado de naturaleza. En otras palabras, si ya hemos comprado aviones F-16, lo que corresponde es que sigamos haciéndolo.
Podría ser cualquier otro sistema de armas, pero deberá hacerse, asumiéndolo como el pan de cada día para nuestra vida interna e internacional. Jamás alcanzará el desarrollo un país inseguro.
Con lo anterior, tiene sentido, entonces, que el nuevo gobierno del Perú haya decidido apretar el acelerador en su política para el frente interno y el externo, maximizando la seguridad y la defensa nacional. Si para conseguirlo debemos aliarnos con aquel Estado o Estados que puedan sumar a nuestros objetivos, no podemos quedarnos mirando las musarañas.
Es la hora de tomar decisiones, aunque se crea, erradamente, que se pone en riesgo nuestra soberanía o nos hipotecamos. Hace rato la soberanía westfaliana clásica ha sido superada por otra que es la geopolítica, determinada por alianzas estratégicas. Si las vemos en sumatoria a los intereses del Estado, lo que corresponde es ser pragmáticos. No serlo por retóricas cargadas de subjetividad, podría llevarnos a perder la enorme oportunidad del despegue cualitativo que nos merecemos.
La propia alianza estratégica nos tiene que proveer de las condiciones para maximizar nuestra virtud disuasiva que debe ser conceptualizada con equilibrio y equidad, no resultando inteligente pretender ponernos en igualdad de condiciones con aquel que nos ofrezca la oferta de la seguridad, porque realistamente no somos iguales y eso debemos comprenderlo. Ganamos más, pero si lo vemos con prejuicios, nos quedará esperar otro bicentenario en las mismas condiciones que ahora.
—————————————————-
(•) Exministro de Exteriores del Perú








