28 agosto 2026 / 15:40

La Casa del Periodismo

José Antonio Burgueño: «La memoria morisca no puede quedar al margen de la historia de España»

Mares 30 - agosto 28, 2026

Entrevistado por Omar Ajana

José Antonio Burgueño de Miguel lleva cerca de cuarenta y cinco años ejerciendo la abogacía. Durante su larga trayectoria profesional ha desempeñado también diferentes responsabilidades en el Ilustre Colegio de Abogados de Cádiz. Es doctor en Ciencias Sociales y Jurídicas y ha realizado estudios de Filosofía y Sociología, una formación que le ha permitido acercarse al Derecho desde una mirada amplia, siempre vinculada a la sociedad y a sus problemas.

 

José Antonio Burgueño de Miguel
José Antonio Burgueño de Miguel

Ha impartido cursos de Practicum, ha participado como ponente en universidades iberoamericanas y ha construido una importante trayectoria como investigador y escritor, con más de veinte obras publicadas.

 

Pero detrás del jurista hay también una persona con una especial curiosidad por la historia. En los últimos años, esa curiosidad le ha llevado hasta uno de los capítulos más importantes y, al mismo tiempo, menos conocidos de la historia de España: los moriscos.

Su expulsión, la dispersión de aquellas comunidades por el Mediterráneo y, especialmente, lo que ocurrió con ellas después del destierro han despertado el interés del autor. Una historia que, durante mucho tiempo, quedó prácticamente olvidada y que ahora vuelve a plantear preguntas.

¿Quiénes eran aquellos llamados cristianos nuevos? ¿Qué ocurrió con ellos después de la expulsión? ¿Qué relación tiene esta historia con Marruecos? ¿Y qué puede hacer hoy España ante esa memoria?

 

Estas son algunas de las cuestiones que aborda Burgueño de Miguel en su nuevo libro, Los moriscos ante la memoria histórica: expulsión, diáspora y nacionalidad. La desigual reparación de sefardíes, exiliados y descendientes moriscos.

 

 

Con motivo de la publicación de esta obra, conversamos con él sobre los moriscos, la memoria histórica, España y Marruecos, y sobre la necesidad de volver a mirar una historia que todavía tiene mucho que contarnos.

 

—José Antonio, ¿por qué decidió dedicar su investigación a los moriscos?

—Porque la expulsión de los moriscos es mucho más que un episodio del pasado. Entre 1609 y 1614, miles de personas fueron obligadas a abandonar los territorios en los que habían nacido y vivido. Pero la historia no terminó con su salida.

 

Lo que me interesa es saber qué ocurrió después, cómo se desarrolló aquella diáspora y, sobre todo, qué ha pasado con la memoria de esas personas a lo largo de los siglos.

 

Creo que es necesario mirar al pasado, pero también preguntarnos qué significado tiene hoy aquella expulsión.

 

—En su libro aborda el tema desde la historia y también desde el Derecho. ¿Por qué?

—Porque creo que ambas perspectivas se necesitan. La historia nos permite saber quiénes fueron los moriscos, cómo vivieron, por qué fueron expulsados y hacia dónde se dirigieron.

 

El Derecho, en cambio, nos ayuda a plantear preguntas actuales sobre la memoria, la nacionalidad, la igualdad y las posibles formas de reconocimiento.

 

Y hay algo más: la memoria. Porque una comunidad puede desaparecer de un territorio, pero su recuerdo puede permanecer durante generaciones.

 

—¿Qué importancia tiene Marruecos en esta historia?

—Mucha. Marruecos fue uno de los destinos importantes de los moriscos expulsados.

 

Después de abandonar la Península, muchas de aquellas personas llegaron al norte de África y tuvieron que comenzar una nueva vida. Se instalaron en diferentes lugares, se integraron en nuevas sociedades y conservaron, de diferentes maneras, parte de su memoria.

 

Por eso considero que la historia de los moriscos no es solamente una historia española. Es también una historia del Mediterráneo y, de manera muy especial, una historia compartida entre España y Marruecos.

 

—¿La memoria de los moriscos forma parte de la historia de España?

—Sin ninguna duda. Los moriscos formaban parte de la sociedad de los territorios españoles. Vivían allí, trabajaban allí y habían desarrollado sus propias comunidades.

 

Su presencia dejó huellas en muchos ámbitos: la agricultura, las artes, la arquitectura, la lengua, la alimentación y las costumbres.

 

Por eso, cuando hablamos de su expulsión, no hablamos simplemente de la salida de un grupo de personas. Hablamos también de la desaparición de una parte de la propia sociedad española.

 

—En su libro compara esta cuestión con el reconocimiento de los sefardíes. ¿Por qué?

—Porque creo que debemos preguntarnos cómo se construyen las políticas de memoria.

 

España ha establecido mecanismos de reconocimiento para determinados grupos vinculados a su historia. La pregunta que debemos hacernos es si esa política puede abrir también un debate sobre la memoria de los moriscos.

 

Pero quiero dejar algo muy claro: mi investigación no sostiene que todos los descendientes de moriscos deban recibir automáticamente la nacionalidad española. La cuestión es mucho más compleja.

 

—Entonces, ¿no propone una nacionalidad automática para los descendientes de los moriscos?

—No. Sería muy difícil establecer una nacionalidad automática y colectiva después de tantos siglos.

 

Hay que distinguir entre saber que existieron comunidades moriscas y poder demostrar jurídicamente que una persona concreta desciende de ellas.

 

Para lo segundo hacen falta documentos, pruebas y garantías.

 

Por eso considero más razonable estudiar posibles soluciones de manera gradual, combinando memoria histórica, investigación y seguridad jurídica.

 

—¿Cómo podría funcionar ese reconocimiento gradual?

—Podría haber diferentes formas de reconocimiento.

 

Por una parte, España podría reconocer de una manera más clara la memoria morisca y su importancia histórica.

 

Y, por otra, podrían estudiarse determinados efectos jurídicos para aquellas personas que pudieran demostrar documentalmente una relación concreta con aquellas comunidades.

 

No tiene por qué ser exactamente el mismo sistema utilizado para los sefardíes. Puede ser un modelo diferente, adaptado a la realidad histórica y jurídica de los moriscos.

 

—¿Por qué es tan importante separar la memoria histórica de los derechos jurídicos?

—Porque son cuestiones relacionadas, pero no son exactamente lo mismo.

 

Podemos reconocer una injusticia histórica y preservar su memoria. Pero cuando hablamos de conceder derechos individuales necesitamos establecer procedimientos claros.

 

La memoria necesita reconocimiento; el Derecho necesita también pruebas y garantías.

 

Mi intención es precisamente estudiar cómo pueden relacionarse ambas cosas.

 

—¿Puede esta cuestión servir para acercar a España y Marruecos?

—Creo que sí. La historia de los moriscos une las dos orillas del Mediterráneo. Marruecos forma parte de esa historia y, por eso, hablar de los moriscos también puede ser una manera de hablar de las relaciones históricas entre nuestros dos países.

 

Creo que debemos utilizar la historia para acercarnos y conocernos mejor, no para enfrentarnos.

 

—Después de tantos años de investigación, ¿qué es lo que más le ha llamado la atención?

—Que una historia ocurrida hace más de cuatro siglos siga planteando preguntas en la actualidad.

 

A veces pensamos que el paso del tiempo lo soluciona todo. Pero no siempre es así.

 

Hay decisiones políticas que dejan consecuencias durante generaciones. La expulsión de los moriscos es un ejemplo de ello.

 

Por eso creo que todavía tenemos mucho que investigar y mucho que hablar sobre aquella historia.

 

—¿Qué espera que encuentre el lector cuando termine su libro?

—Espero que encuentre una investigación seria, pero también que termine haciéndose preguntas.

 

No quiero ofrecer respuestas fáciles. Quiero que el lector conozca mejor quiénes fueron los moriscos, qué ocurrió con ellos después de la expulsión y cuál fue el recorrido de aquellas comunidades.

 

Y, sobre todo, me gustaría que comprendiera que la historia de los moriscos también es historia de España.

 

—Para terminar, ¿por qué cree que debemos hablar hoy de los moriscos?

—Porque una sociedad también demuestra su madurez cuando es capaz de mirar su pasado de frente.

 

Recordar no significa vivir en el pasado. Significa comprenderlo.

 

Si la historia de los moriscos puede servir para que España y Marruecos conozcan mejor sus vínculos históricos, entonces esa memoria puede convertirse en un puente entre las dos orillas del Mediterráneo.

 

La historia no podemos cambiarla. Pero sí podemos decidir cómo la recordamos y qué aprendemos de ella.

 

 

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