Mustapha Akil*
En el momento en que J. M. Albares, el ministro español de Asuntos Exteriores, Unión Europea y Cooperación, buscaba un lazarillo para encontrar un camino seguro por entre las tinieblas de la ambigüedad expresiva de la diplomacia marroquí, salió de repente y sin previo aviso oficial el ministro marroquí de Justicia para romper este mutismo. A. Wehbi saltó a las luces de las medias disfrazado de portavoz del Gobierno, con un lenguaje político populista, mediocre y sin espíritu diplomático, para añadir más complejidad a la cuestión migratoria de Ceuta y siquiera poner a ciegas el llano en llamas.
El contexto generador de estas palabras vuelve al último incidente migratorio de Ceuta del 30 y 31 de julio. Este acontecimiento desplegó, desgraciadamente, un sinfín de preguntas tanto políticas como sociales en todo el mundo. Pero eran pocas y directas las preguntas que se plantearon en nuestro país. Por ello, se pregunta si hay posibilidad de entender lo que ha pasado pocas horas tras el discurso real donde las alabanzas retóricas pintaron de rosa la condición humana en este país, ¿quién ordenó que se abriesen las fronteras de la ciudad de Ceuta ante el influjo migratorio? y ¿quién cedió el paso al ministro de Justicia marroquí para una salida mediática tan sorprendente y voluminosa? ¿Por qué se silencia la voz diplomática y se aísla al ministro de Asuntos Exteriores N. Bourita, el competente en la materia de comunicación diplomática? ¿Por qué el Ministerio del Interior marroquí salió esta vez para ceder paso a un funcionario sin responsabilidad ejecutiva para leer un informe interpretativo de los incidentes? ¿Es posible decir que, en momentos de crisis, algunos gobiernos optan por mezclar las cartas para una redistribución correcta del juego? ¿Es verdad que la hiperconectividad de los jóvenes emigrantes llevó a que un juicio del Tribunal Supremo español garantizara el derecho de los entrados en Ceuta por vía marítima? Estas preguntas y otras más quedaron frustradas e insatisfechas hasta hoy en día.
Por supuesto, no vamos a entrar en el laberinto de los cálculos geopolíticos de cada régimen o gobierno porque resultan bien entendidos por todo el mundo y Marruecos tiene los suyos. Pero estos cálculos deberían a lo menos, por una parte, tomar en consideración la voluntad y las ambiciones del pueblo marroquí sobre todo en unas fricciones fronterizas crónicas, y por otra parte hace falta decir que la mayoría de los gobiernos en el mundo incluso el marroquí y el español analizan, interpretan e incluso entienden la cuestión migratoria desde la burocracia y la mentalidad de los años del siglo pasado por ser considerada el factor primordial del terrorismo, la inestabilidad social, abdicación de la soberanía y pérdida de la identidad nacional por falta de integración cultural total en el país acogedor.
Sinceramente hablando, la cuestión de Ceuta en estos últimos días resulta incomprensible tanto en su concepto general como en sus detalles; tampoco se entienden los elementos de presión geopolítica entre los dos vecinos, Marruecos y España, ni se saben las ramificaciones de esta cuestión en la que se supone la implicación de varios actores internacionales. Pero lo que se entiende muy bien es que hasta el momento carecemos tanto en Marruecos como en España de la personalidad política, o sea, la personalidad de Estado que tiene competencia reconocida para un diálogo histórico fructífero tanto nacional como internacional, para primero evitar cualquier tensión política o militar que puede cambiar y destruir la región, y segundo mirar al futuro de las dos ciudades con positividad al devolverse a la soberanía marroquí, y en tercero acabar definitivamente con el periodo del colonialismo español en África.
Creemos que la tendencia política de este caliente verano se tilda con todas las extensiones del concepto “emigración”, porque se traduce en las imágenes más dolorosas del mundo. Y aunque la cuestión migratoria resulta tan consumida en discusiones yermas entre los dos países vecinos, se concluye que sus resultados no hacen sino menoscabar lo social y prevalecer la gestión administrativa momentánea de una cuestión de gran tamaño y ceñida a una complejidad política. Y enseguida, la hemorragia migratoria sigue sangrienta, pero esta vez no como fenómeno demográfico y desequilibrio sociocultural y socioeconómico, sino como un cambio mental y emocional de las nuevas generaciones.
Dicha cuestión, que resulta muy significativa para los dos países, España y Marruecos, se transfiere otra vez a las manos de los halcones políticos españoles, ora como alarma de una próxima crisis diplomática acostumbrada, ora como una herramienta eficaz del juego de las elecciones políticas en España. Pues, los líderes de la ultraderecha española, el PP y Vox, y las declaraciones ortodoxas de la ministra de Defensa española, Margarita Robles, argumentan que “Ceuta y Melilla son españolísimas”. Este extremismo en las discursividades políticas considera a Marruecos el manantial de todas las amenazas a Europa y niega cualquier relación entre las ciudades ocupadas y un Marruecos recién “reconocido como país en 1956”.
Este escándalo mediático provocador e imparable contra Marruecos, por la cuestión de la emigración se convierte en una obsesión profunda, o sea, un rito hispano-marroquí, claramente aborrecedor que podemos analizar en este artículo, desde tres perspectivas cruciales:
En primer lugar, se sabe que los españoles priorizan la seguridad y la soberanía territorial por encima de todas las vías de regularización laboral de los emigrantes, lo que impide su integración social. Pero, en realidad, la mentalidad que moviliza a los europeos de manera general se convierte en una convicción paradigmática orientalista hacia el inmigrante y la emigración. Por lo tanto se apoya hasta hoy en día en una estrategia administrativa compuesta de tres principios arcaicos elementales e irrevocables:
La primera es limitarse a proponer únicamente soluciones administrativas y policiales territoriales. Eso quiere decir que desde las últimas décadas del siglo pasado, la visión europea de la cuestión migratoria siguió sufriendo una ceguera histórica y permaneció congelada en la nevera de la burocracia administrativa, con una aproximación estrictamente policial, sin posibilidad de reformas, pese a los cambios gigantescos socioculturales de la realidad humana tanto en Europa como en los países del sur del Mediterráneo. Así, todos los diagnósticos de los centros de estudios e investigación científica en el mundo anticiparon la transformación sociocultural profunda y global en las sociedades del mundo, y se refirieron a la revolución tecnológica y digital que favorecería una hiperconectividad exhaustiva que metamorfosearía el mundo en un barrio pequeño, y que un nuevo paradigma social gestionaría las mentalidades y unificaría las conductas de las multitudes.
Por ende, se observa un transnacionalismo digital en la realidad sociocultural actual de las nuevas generaciones debido a los móviles, a la inteligencia de los algoritmos, a la popularidad de las redes sociales y a las transferencias instantáneas. Estos elementos evitan que el emigrante del sur se desconecte de su comunidad de origen o, a lo mejor, forme parte de una máquina informativa mediante la técnica del reparto de las instantáneas. En este caso, no se asimilan las culturas de forma unidireccional, sino que se hibridan creando un espacio de reparto cultural, e incluso dentro de este espacio tanto los jóvenes del sur como los del norte consumen e imitan la misma cultura híbrida, lo que genera expectativas de vida y configura las identidades que van más allá de la idea premisa de la «supervivencia económica». Ya no se habla del mismo concepto del término “emigración” sino de una emigración universal híbrida.
No obstante, se nota que los ejecutivos de esta coyuntura política no pueden elaborar soluciones racionales a la cuestión migratoria con una nueva aproximación, sino que solo la administran con el dogmatismo de “abrir y cerrar” un sistema bien estudiado de visados y cuotas, porque dichos ejecutivos no gozan de un simbolismo o de una envergadura nacionales aceptables para ambos bandos, sino que se consideran actores civiles y militares que encarnan un espíritu africanista latente y envidioso. Y, por lo tanto, se sienten consolidados no únicamente por los archivos de las recomendaciones del famoso africanista Julián Ribera y Tarragó (1858-1934) sino también por políticos incompetentes orientados por un pragmatismo electoral sediento.
En segundo lugar, y a poco que fijemos, se entiende que este conflicto migratorio sigue permanente pese a la suavización del discurso político entre los países de las dos orillas con los acuerdos de la RAN, por lo menos, desde la crisis de Perejil en 2003 con el gobierno de J. M. Aznar pasando por la crisis de 2021 con la entrada fraudulenta del separatista Ibrahim Ghali a España en la primera versión del gobierno de Pedro Sánchez, hasta la crisis de Ceuta en julio de 2026. Por ello, emerge una falta atroz de moderación por parte del ejecutivo español, igual a una falta de insistencia del ejecutivo marroquí para una solución que acabe de una vez con este rito de conflictos hispano-marroquíes.
En tercer lugar, ambos bandos asimilan que la cuestión migratoria entre las dos orillas del Mediterráneo es, de veras, la punta del iceberg, y la crisis resulta profundamente cultural y civilizacional entre dos concepciones antagónicas: la concepción de Occidente y la del Oriente. Un oriente que España niega tanto en su identidad histórica como en su cultura por ser el título del arcaísmo, el retraso y la descalificación, y una inclinación patente hacia el occidente tan embellecido y ornamentado en sus ojos por ser considerado título del modernismo.
Esta ecuación cultural española contribuyó a un dinamismo especulativo, filosófico y polémico del pensamiento político español por lo menos desde finales del siglo XIX hasta mediados del siglo XX y se prolonga después del periodo de la transición democrática (1975-1982). La Generación del 98 encarna esta ecuación con un grupo de filósofos como Miguel de Unamuno (1864-1936), Ortega y Gasset (1883-1955), Pío Baroja (1872-1956), entre otros, porque pusieron de relieve la pregunta siguiente: “¿europeizar a España o españolizar a Europa?” Y desde aquel entonces, regía la ambivalencia y triunfaba la europeización política e institucional de España porque se consideraba, como sostenía el mismo Ortega, que “España es el problema, Europa es la solución”(1). Ninguno de los pensadores españoles ha podido responder libremente a esta pregunta candente, a causa de dos puntos esenciales: primero, las obligaciones pragmáticas de la política exterior española con respecto a los países europeos, y segundo, España estuvo en un contexto de combatir el aislamiento europeo causado por la herencia de la dictadura, lo que la convertía en una nación atrapada por la esquizofrenia.
Por supuesto, la cuestión de las dos ciudades colonizadas, Ceuta y Melilla, sigue siempre presente en el imaginario de los actores políticos y esencialmente en el imaginario colectivo del pueblo marroquí, y su resolución no puede obedecer a cualquier contexto político, sino que está siempre esperando el contexto político y económico nacional e internacional adecuado para realizar la devolución de las dos ciudades, preservando tanto la imagen pública de España como la de Marruecos. Esta estrategia comunicativa diplomática se tradujo en el “Espíritu de Barajas” que caracterizaba los discretos encuentros entre el general Franco y el Rey Hassan II entre los años 1963 y 1965.
En el reinado de Hassan II, la comunicación política con España con respecto a la soberanía de Marruecos sobre sus dos ciudades ocupadas estaba consolidada con una visión estratégica y panorámica que fusionaba dos cuestiones en una misma resolución; eso quiere decir que la cuestión de Ceuta y Melilla con Marruecos dependería de la cuestión de Gibraltar con España e Inglaterra.
Hoy en día y en los últimos acuerdos de la RAN (2) de 2025, Marruecos y España firmaron más de 14 acuerdos prometedores de relaciones diplomáticas de gran interés bilateral, y el ministro Albares lo tradujo en su declaración eminente “lo que es bueno para Marruecos es bueno para España” (3), pero se ha notado una reserva de la traducción de esta moraleja española atractiva en los contenciosos permanentes.
Además, la cuestión de Gibraltar con los británicos se resolvió últimamente, claro, con negociaciones largas con la UE, mediante un acuerdo del 15 de julio de 2026 que contempla la caída definitiva de la Verja y la eliminación del control fronterizo terrestre entre España y el Peñón. En esta resolución no parece que España haya tomado en consideración las cuestiones que corresponden a los intereses geopolíticos de Marruecos, ni el pragmatismo de los factores económicos entre ambos países. Y se nota que España obra con una pérdida total de sentido común con Marruecos porque se siente cómoda en la nueva configuración del espacio geopolítico que está a su favor con la realidad geopolítica nueva.
En resumen, la mayoría de las preguntas que se planteaban acerca de la ambigüedad de los incidentes de Ceuta encuentran sus respuestas paulatinamente en las nuevas lecturas y las interpretaciones adecuadas tanto de la conducta de los ejecutivos y de sus discursividades políticas correspondientes, como del escenario político europeo en general. Pero la realidad histórica del incidente de Ceuta abrió los ojos de todo el mundo de que estamos en una fase del desarrollo humano que no debe enfatizar la cuestión migratoria ni considerarla como elemento de crisis de tensión diplomática entre Marruecos y España. Esta nueva visión lo han probado tantas conductas expresivas del ejecutivo marroquí:
– La abstención del Ministerio de Asuntos Exteriores que probablemente supone que los incidentes de Ceuta son de carácter nacional. Y por ende, se abstiene de cualquier declaración.
– La salida de un funcionario del Ministerio del Interior para la lectura de un informe sobre los incidentes indica que el Ministerio se considera el lado competente para tratar esta cuestión.
– La salida mediática sorprendente del ministro de Justicia evita el negativismo del mutismo diplomático y rompe la tendencia violenta de la cobertura mediática española.
– Pero lo que se considera más expresivo es la falta de una cobertura mediática marroquí de los incidentes de Ceuta que indica que la nueva visión no diferencia entre un incidente en Casablanca y otro en Ceuta o Melilla.
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(1) “España es el problema, Europa la solución». La célebre afirmación de José Ortega y Gasset fue pronunciada en 1914, en su conferencia «Vieja y nueva política», en el Teatro de la Comedia de Madrid.
(2) XIII RAN España-Marruecos se ha celebrado en Madrid el 4 de diciembre de 2025.
(3) Esta declaración apareció públicamente durante un encuentro bilateral que mantuvo Albares con su homólogo marroquí, Nasser Bourita, en Nueva York, al margen de la 80ª Asamblea General de las Naciones Unidas.
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(*) Doctorando en FLSH Mohammadia Universidad Hasán II Casablanca










