Lahcen Haddad*
Por qué intelectuales y periodistas europeos —desde Ignacio Cembrero hasta Santiago Alba Rico— se aferran al mito de la revolución argelina y proyectan su desilusión sobre el éxito de Marruecos.
Durante décadas, cierto sector de los intelectuales españoles y europeos —figuras formadas en los ideales del antiimperialismo y de la izquierda global— ha seguido mirando al norte de África con las gafas empañadas de la Guerra Fría. En esa visión, Argelia representaba la resistencia, el progreso y la virtud revolucionaria, mientras que Marruecos era retratado como una monarquía reaccionaria: decorativa, conservadora y cómplice del orden occidental. Esa dicotomía pudo tener peso simbólico en los años setenta. Hoy no es más que un espejismo ideológico.
La persistencia de esta dicotomía anacrónica se manifiesta claramente en los escritos de personajes como Ignacio Cembrero, veterano crítico de Marruecos, y Santiago Alba Rico, filósofo y emblema de la izquierda anticolonial española. Ambos encarnan una tendencia más amplia: la incapacidad de aceptar que el sueño revolucionario que abrazaron se ha desmoronado, y que la monarquía que despreciaron está evolucionando de formas que nunca imaginaron.
Para comprenderlo, es necesario volver al mito de la revolución argelina. En los años 60 y 70, Argelia ocupaba un lugar central en la imaginación política del Sur global. El triunfo del FLN sobre el colonialismo francés suscitó admiración en toda Europa y el Mundo Árabe. Bajo Boumediene, Argelia fue aclamada como un experimento radical: industrialización estatal, autogestión obrera, reforma agraria, solidaridad tercermundista. Para muchos, era la “Yugoslavia del Magreb”, un modelo de desarrollo anticapitalista y descolonizado.
Pero ese sueño se resquebrajó. La revolución, al final, devoró a sus propios hijos. El poder quedó en manos de una élite militar. La sociedad civil fue debilitada, la disidencia sofocada, y la promesa de autogobierno dio paso a un autoritarismo burocrático. La violenta “década negra” de los años 90 reveló lo frágil que eran sus cimientos. No fue simplemente una crisis política: fue el colapso del ideal revolucionario mismo.
Y, sin embargo, muchos de sus primeros simpatizantes —especialmente en España— no pudieron soltarla. No porque sean agentes pagados, como algunos afirman, sino porque aceptar la muerte del sueño argelino equivaldría a enfrentarse a una pérdida más profunda: la desaparición de su patria ideológica. Para Cembrero y Alba Rico, Argelia representaba una brújula moral, y Marruecos, el antagonista conveniente. La inversión de esa dinámica —donde Marruecos se moderniza, se estabiliza y se abre al mundo, mientras Argelia se encierra en una opacidad autoritaria— resulta existencialmente perturbadora.
La trayectoria de Marruecos en las últimas dos décadas desafía los clichés de estos críticos. Sí, es una monarquía. Pero también es un Estado que ha emprendido reformas políticas reales —aunque graduales—, ha invertido de forma significativa en infraestructuras, ha apostado por las energías renovables y ha gestionado con notable agilidad institucional el pluralismo social y religioso. Su diplomacia es proactiva, su economía cada vez más diversificada, y su cohesión interna más sólida de lo que muchos predecían.
Esa evolución no cabe en el viejo guion ideológico. Y en lugar de revisar sus marcos de análisis, estos críticos se atrincheran. Marruecos sigue siendo retratado como una reliquia opresiva; sus logros son minimizados, sus intenciones patologizadas. La monarquía, para ellos, no puede modernizarse: solo puede manipular. El pueblo marroquí no puede elegir: solo puede ser víctima.
En esta narrativa, el Frente Polisario se convierte en la última esperanza de redención revolucionaria. Cembrero lo describió alguna vez como “una revolución en la arena”. Para él, y para otros de esa tradición ideológica, el Polisario no es solo un movimiento político: es el canal por el cual podría sobrevivir el espíritu revolucionario argelino. Poco importa su vinculación con un régimen autoritario en Argel. Poco importa su apoyo menguante o sus fracturas internas. Lo que importa es la continuidad simbólica.
Pero eso no es análisis político. Es nostalgia disfrazada. Es una negativa emocional a aceptar el paso del tiempo y el derrumbe de los mitos queridos. La verdadera tragedia no es solo el fracaso de Argelia en cumplir sus promesas revolucionarias. La tragedia es la parálisis intelectual de quienes se niegan a verlo.
Mientras no lo hagan, seguirán atacando a Marruecos —no por lo que es, sino por lo que ya no les permite seguir creyendo. Son los últimos creyentes de una revolución que traicionó su promesa. Y prefieren negar el presente antes que admitir que el pasado les ha fallado.
—————————-
Analista político y Parlamentario*








