04 septiembre 2026 / 17:24

La Casa del Periodismo

Marruecos: raíces que se remontan al siglo VIII d.C., no al año 1956

mares30 - septiembre 4, 2026

Ahmed Zahir Lakhal*

Algunos círculos españoles han difundido recientemente afirmaciones que sostienen que Marruecos no se constituyó como Estado hasta después de obtener su independencia en 1956, una declaración que denota desconocimiento de la historia o un deliberado menosprecio de los hechos históricos constatados.

 

La historia registrada y documentada confirma que el Estado marroquí, como nación-Estado, surgió con la dinastía idrisí en el siglo II de la Hégira (siglo VIII d.C.), cuando se produjo la jura de lealtad a Mulay Idris ben Abdalá ben Hasán ben Ali ben Abi Tálib en el año 172 de la Hégira/789 d.C. por parte de la tribu de Awraba, liderada por Ishaq ben Mohamed, constituyendo así el primer Estado islámico independiente en Marruecos (Al-Magreb Al-Aqsa). Antes de esta fecha, la región había conocido reinos que no podemos abordar por falta de espacio, pero los idrisíes sentaron las bases del primer Estado marroquí unificado, estableciendo su capital en la ciudad de Zarhun, cerca de Volubilis, antes de que Idris II fundara la ciudad de Fez en el año 192 de la Hégira/808 d.C., que se convertiría en centro del saber y la política durante siglos.

 

Sucesión de dinastías… de los idrisíes a los alauíes

 

En Marruecos se sucedieron poderosas dinastías que gobernaron sus territorios y expandieron su influencia. Fue el caso de los almorávides, que fundaron su Estado en el siglo V de la Hégira (siglo XI d.C.), estableciendo su capital en Marrakech, y extendieron su dominio por Marruecos, Al-Ándalus y el África occidental, desempeñando un papel fundamental en la unificación del país. Les sucedieron los almohades, en el siglo VI de la Hégira (siglo XII d.C.), que ampliaron el territorio estatal hasta abarcar todo Marruecos, Al-Ándalus y Trípoli, erigiendo un imperio de vastas dimensiones.

 

Y el proceso no se detuvo ahí; tras los almohades llegaron los benimerines (siglos XIII-XV d.C.), que preservaron la unidad de Marruecos y se interesaron por la ciencia y la edificación, luego los saadíes (siglos XVI-XVII d.C.), que defendieron el país frente a la injerencia extranjera y volvieron a unificar Marruecos, y finalmente los alauíes, que gobiernan Marruecos desde el siglo XVII hasta hoy y han velado por la continuidad del Estado y su soberanía a pesar de los desafíos.

 

Ceuta, ciudad marroquí saqueada por Portugal y luego cedida de Lisboa a Madrid

 

Si hoy Ceuta es motivo de controversia política, la historia despeja cualquier equívoco y muestra una faz completamente distinta a la versión española. Esta ciudad no fue un mero enclave pasajero en la memoria marroquí, sino que permaneció firmemente bajo soberanía marroquí desde la llegada del Islam, hasta que la armada portuguesa la asaltó en 1415 en una agresión brutal, en la que no se limitó a la ocupación militar, sino que procedió a incendiar sus mezquitas y convertirlas en iglesias, y destruyó sus principales centros científicos quemando sus bibliotecas y valiosos libros, en un intento sistemático de borrar su identidad marroquí.

 

Dos siglos después de la hegemonía portuguesa, Ceuta pasó a la corona española mediante el reconocimiento portugués de la soberanía española sobre ella en el Tratado de Lisboa, fechado el 13 de febrero de 1668, en un acuerdo político que se hizo por encima de sus habitantes e ignoró su gloriosa historia.

 

Antes de ser arrebatada por las ambiciones europeas, fue gobernada por las más poderosas dinastías marroquíes: los idrisíes, los almorávides, los almohades, los benimerines y los saadíes, en una cadena ininterrumpida de dominio marroquí. Y no fue Ceuta una simple ciudad costera, sino la puerta norte de Marruecos y la base de partida hacia Al-Ándalus; desde sus puertos zarpó el caudillo Tarif ben Malik en el año 91 de la Hégira, al frente de la expedición que abrió las puertas de la península ibérica, desencadenando un proceso histórico que reorientó el rumbo político y cultural de toda Europa.

 

Fronteras que cambian por naturaleza

 

Conviene recordar que las fronteras del Estado marroquí se expandieron y contrajeron a lo largo de la historia en función de la fortaleza del Estado y sus coyunturas políticas, alcanzando en los períodos de apogeo el río Senegal al sur y Al-Ándalus al norte. Esta fluctuación natural no afecta a la esencia del Estado marroquí, sino que reafirma que fue un actor histórico y no un mero espectador, un imperio que forjó acontecimientos y no un simple punto geográfico a la espera de que otros trazaran sus límites.

 

En cuanto a la reiterada afirmación de que Marruecos se fundó en 1956, no es más que una falacia histórica, ya sea por desconocimiento de la naturaleza de los Estados o por ignorancia deliberada de siglos de gobierno ininterrumpido. La realidad incontestable es que el sistema de protectorado francés y la ocupación española impuestos a Marruecos a comienzos del siglo XX no supusieron en absoluto la fundación de un Estado desde la nada, sino una ocupación militar y administrativa que encontró una feroz resistencia popular que no cesó durante décadas.

 

Más aún, el Estado marroquí mantuvo, incluso en plena ocupación, los símbolos visibles de su soberanía: su moneda siguió en circulación, su bandera no fue abolida y la institución del sultanato se mantuvo en pie en todo su esplendor, encarnando el símbolo de unidad y continuidad.

 

En la zona del protectorado español (norte y Sáhara), el sultán contaba con un jalifa o representante suyo que gestionaba los asuntos del pueblo en su nombre; mientras que en la Zona Internacional de Tánger, sometida a un régimen administrativo especial, el sultán nombró un representante directo suyo con el título de «mandub sultaní» o «delegado del sultán», cuya misión era supervisar los asuntos judiciales y religiosos de los marroquíes musulmanes y judíos de la ciudad, y garantizar la continuidad de la soberanía nominal del sultán sobre Tánger, enviando un mensaje implícito de que la tierra y los ciudadanos seguían bajo la tutela del Estado marroquí, cualquiera que fuera la administración exterior.

 

La resistencia armada y política que los marroquíes mantuvieron durante todo el período de ocupación no fue una simple revuelta contra un recién llegado, sino una defensa de un ente ya existente. Cuando el país alcanzó la independencia y se restauró la soberanía plena, el Estado no había nacido en ese momento, sino que recuperaba su libertad tras una ocupación temporal, y volvía a ocupar su lugar natural entre las naciones, conservando su identidad, sus instituciones y su memoria ininterrumpida.

 

Ceuta en la conciencia marroquí

 

Lo que se dice de Ceuta confirma esta misma realidad: una ciudad que fue marroquí durante siglos, arrebatada por la fuerza, ocupada por invasores, pero que nunca ha desaparecido de la conciencia de la nación. Reclamarla no es un capricho político pasajero, sino una prolongación natural de la permanente defensa marroquí de su integridad territorial, un derecho histórico que los tratados no pueden anular ni el tiempo borrar.

 

Porque Marruecos, como lo fue antes del colonialismo, sigue siendo un Estado de profunda raigambre, con una identidad inquebrantable, una soberanía indivisible y una memoria que jamás olvida.

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(*) Hispanista  marroquí

Categorías : AnálisisCeuta y Melilla