25 agosto 2026 / 01:57

La Casa del Periodismo

Marruecos y la nueva realidad migratoria

mares30 - agosto 25, 2026

Safia ABAHAJ*
Hay imágenes que duran unos segundos y debates que permanecen durante años. Lo sucedido recientemente en Ceuta pertenece, probablemente, a esa segunda categoría.

 

Una vez más, Marruecos y España han vuelto a mirarse desde las dos orillas del Estrecho a través de una cuestión que conocemos desde hace décadas: la inmigración. Pero esta vez hay algo diferente. Algo que merece ser analizado sin precipitación, sin titulares fáciles y, sobre todo, sin recurrir automáticamente a las explicaciones de siempre.

 

Porque Marruecos ha cambiado. Europa también. Y quienes hoy quieren emigrar tampoco responden necesariamente al mismo perfil de hace veinte o treinta años.

 

Durante décadas asociamos al emigrante marroquí con una persona que abandonaba su país empujada fundamentalmente por la necesidad económica. Muchos llegaron a Europa con muy poco, aceptaron los trabajos más duros, ahorraron, enviaron dinero a sus familias y construyeron desde cero una nueva vida.

 

Aquella generación forma parte de nuestra historia.

 

Pero intentar explicar exclusivamente con ese modelo la inmigración que estamos viendo hoy sería cerrar los ojos ante una realidad mucho más compleja.

 

Algo está cambiando

 

Entre quienes siguen intentando llegar irregularmente a España encontramos, por supuesto, situaciones de auténtica vulnerabilidad. Sería absurdo negarlo.

 

Pero también estamos observando menores, adolescentes y jóvenes urbanos, personas conectadas permanentemente a las redes sociales y perfiles cuyas motivaciones no parecen poder reducirse exclusivamente al hambre o a la pobreza extrema.

 

Conviene ser rigurosos: todavía no disponemos de estudios suficientemente amplios como para afirmar que estamos ante una sustitución general del perfil migratorio marroquí.

 

No lo sabemos.

 

Lo que sí podemos observar es una diversificación de perfiles y motivaciones.

 

Y esa diferencia es fundamental.

 

Porque quizá una parte de la inmigración que estamos viendo no sea únicamente inmigración de necesidad. Puede existir también inmigración de expectativa, de frustración, de comparación y, en algunos casos, incluso de impulso.

 

La generación de nuestros padres conocía Europa a través de las historias de quienes regresaban durante el verano.

 

La generación actual la lleva en el teléfono.

 

Ve París, Madrid, Bruselas o Milán todos los días. Ve coches, ropa, viajes, restaurantes, universidades, ocio y una determinada representación de libertad y éxito.

 

Lo que casi nunca ve con la misma intensidad es el otro lado.

 

El alquiler imposible.

 

La habitación compartida.

 

Los contratos temporales.

 

La dificultad administrativa.

 

La soledad.

 

La discriminación.

 

O simplemente la enorme dificultad de empezar de cero en un continente que ya no recibe al recién llegado de la misma manera que hace décadas.

 

Y ahí aparece una de las grandes paradojas de nuestro tiempo.

 

El sueño europeo continúa circulando con una fuerza extraordinaria precisamente cuando alcanzarlo se ha vuelto mucho más complicado.

 

Europa necesita inmigración, pero no de cualquier manera

 

Aquí debemos hablar con precisión.

 

Sería incorrecto afirmar que Europa ya no necesita inmigrantes.

 

Los propios datos europeos dicen lo contrario.

 

La Comisión Europea reconoce que la inmigración ha contribuido significativamente al crecimiento reciente del empleo y a aliviar determinadas carencias de trabajadores. La EuropeanLabourAuthority continúa detectando escasez de mano de obra en distintas profesiones y sectores.

 

Pero Europa busca cada vez más una inmigración ordenada, legal y adaptada a sus necesidades laborales.

 

En 2024, los países de la Unión Europea concedieron alrededor de 3,5 millones de primeros permisos de residencia a ciudadanos extracomunitarios; aproximadamente 1,1 millones estuvieron vinculados al empleo.

 

Ese dato desmonta dos discursos a la vez.

 

El primero es que Europa ya no quiere inmigración.

 

No es cierto.

 

El segundo es que llegar irregularmente a Europa continúa siendo una vía razonable para construir un futuro.

 

Tampoco.

 

Europa puede necesitar trabajadores y, simultáneamente, endurecer la gestión de sus fronteras y seleccionar los perfiles profesionales que necesita.

 

Y quien llega sin documentación puede encontrarse con una realidad muchísimo menos amable que la que imaginaba mientras miraba Europa desde una pantalla.

 

Por eso quizá haya llegado el momento de hablar con nuestros jóvenes con mayor claridad.

 

Europa puede ser una oportunidad para quien llega con un proyecto. Pero para quien se lanza hacia ella pensando que simplemente pisar suelo europeo resolverá su vida, el sueño puede convertirse rápidamente en pesadilla.

 

Marruecos no puede cargar solo con un problema europeo.

 

Existe otra cuestión que considero esencial.

 

Cuando aumenta la presión migratoria sobre Ceuta, Melilla, Canarias o las costas españolas, demasiadas miradas se vuelven automáticamente hacia Marruecos.

 

Como si el fenómeno comenzara y terminara aquí.

 

Como si Marruecos tuviera la obligación material de garantizar que ninguna persona cruce irregularmente hacia Europa.

 

La realidad es bastante más compleja.

 

Marruecos es país de origen, pero también de tránsito y destino. Está situado en una de las rutas migratorias más sensibles del mundo y lleva años asumiendo una parte considerable de la presión que termina afectando a la frontera sur europea.

 

Por eso Europa tiene que cambiar también su manera de mirar hacia el sur.

 

Los problemas del norte de África no pueden ser considerados problemas ajenos hasta el día en que alcanzan una frontera europea.

 

Si existe desempleo juvenil en Marruecos, Europa debería interesarse.

 

Si existe falta de oportunidades en determinadas regiones del Magreb, Europa debería interesarse.

 

Si determinadas zonas africanas sufren pobreza, inestabilidad o desplazamientos, Europa debería interesarse.

 

No únicamente por solidaridad.

 

También por inteligencia política.

 

Porque esperar a que una persona llegue a una frontera europea para empezar a preocuparse por las razones que la llevaron hasta allí significa intervenir demasiado tarde.

 

La política migratoria más eficaz no empieza en Ceuta.

 

Empieza mucho antes.

 

Empieza creando las condiciones para que marcharse irregularmente deje de parecer la mejor opción.

 

Europa debe invertir también en el derecho a quedarse

 

Durante años hemos hablado del derecho a emigrar.

 

Quizá deberíamos empezar a hablar también del derecho a no tener que hacerlo.

 

Europa destina enormes recursos al control fronterizo, a los procedimientos migratorios, a la acogida y a la gestión posterior de quienes llegan.

 

Una política verdaderamente estratégica debería dedicar también una parte esencial de su esfuerzo a generar oportunidades en los países de origen: formación profesional, inversión empresarial, emprendimiento juvenil, cooperación universitaria, digitalización, desarrollo rural y creación de empleo.

 

No se trata de que Europa venga a resolver los problemas de Marruecos.

 

Marruecos tiene sus instituciones, sus responsabilidades y su propio proyecto de desarrollo.

 

Se trata de comprender que existe una comunidad de intereses.

 

Cada joven que encuentra una oportunidad digna en Marruecos y decide voluntariamente desarrollar aquí su proyecto de vida representa también una presión menos sobre las rutas irregulares hacia Europa.

 

Y cada empresa europea que invierte, forma y crea empleo en la orilla sur está contribuyendo posiblemente mucho más a una política migratoria sostenible que una nueva valla levantada cuando el problema ya ha llegado a la frontera.

 

Marruecos debe ser mirado como socio, no como guardián.

 

Ese cambio conceptual me parece imprescindible.

 

Marruecos no puede ser reducido al papel de guardián de la frontera europea.

 

Es un socio estratégico.

 

Y un socio no recibe únicamente exigencias.

 

Participa en soluciones.

 

Europa debería mirar a Marruecos como una parte esencial de su entorno económico, político y humano. Y entender que contribuir al desarrollo y a la estabilidad de su vecindad sur no es una concesión.

 

Es invertir en su propia estabilidad.

 

La inmigración es probablemente uno de los mejores ejemplos de hasta qué punto nuestros destinos están conectados.

 

Tampoco debemos esconder nuestros problemas.

 

Ahora bien, defender a Marruecos exige también decir aquello que resulta menos cómodo.

 

Tenemos problemas.

 

Y algunos son importantes.

 

Según el Haut-Commissariatau Plan, Marruecos creó 193.000 puestos de trabajo en 2025 y el desempleo nacional descendió ligeramente, del 13,3 % al 13 %. Pero entre los jóvenes de 15 a 24 años alcanzó el 37,2 %.

 

Ese dato merece toda nuestra atención.

 

No porque demuestre que Marruecos sea ese país sin futuro que algunos quieren describir.

 

Precisamente porque demuestra dónde tenemos que trabajar.

 

Marruecos vive todavía determinadas realidades a dos velocidades.

 

Hay un Marruecos moderno, industrial, conectado, ambicioso, con grandes infraestructuras y proyectos internacionales.

 

Y hay otro Marruecos que todavía espera sentir plenamente esa transformación.

 

No deberíamos avergonzarnos de reconocerlo.

 

Deberíamos trabajar para que esas dos velocidades terminen encontrándose.

 

Con educación.

 

Con empleo.

 

Con inversión.

 

Con políticas públicas eficaces.

 

Y, sobre todo, con presencia sobre el terreno.

 

No basta con construir un país que impresione desde fuera.

 

Hay que conseguir que funcione desde dentro.

 

Y aquí los medios también tienen una responsabilidad

 

Precisamente por reconocer nuestros problemas me incomoda todavía más que determinados sectores de la prensa española parezcan encontrarse especialmente cómodos cuando pueden presentar el lado más oscuro de Marruecos.

 

No hablo de toda la prensa española.

 

Sería injusto.

 

Existen periodistas excelentes y profesionales que conocen profundamente nuestra realidad.

 

Pero también hemos observado demasiadas veces cómo determinados testimonios individuales, episodios excepcionales o informaciones insuficientemente contrastadas adquieren una dimensión que termina proyectándose sobre todo un país.

 

Un joven descontento con Marruecos puede explicar su experiencia.

 

Debe hacerlo si quiere.

 

Pero su experiencia no representa automáticamente a millones de marroquíes.

 

Una familia con dificultades económicas forma parte de Marruecos.

 

Pero también forma parte de Marruecos una familia que ha mejorado su nivel de vida.

 

Un joven que quiere emigrar existe.

 

Pero también existen miles que estudian, trabajan, emprenden y quieren desarrollar aquí su futuro.

 

El problema aparece cuando seleccionamos solamente las primeras historias y las convertimos en retrato nacional.

 

Eso no es comprender Marruecos.

 

Es mirar Marruecos a través de una ventana demasiado pequeña.

 

No pido a la prensa europea que hable bien de Marruecos.

 

Pido algo mucho más sencillo.

 

Que hable con rigor.

 

Que critique aquello que pueda demostrar.

 

Que investigue.

 

Que contraste.

 

Que contextualice.

 

Y que aplique a Marruecos la misma exigencia de precisión que exigiría para explicar cualquier sociedad europea.

 

Porque la credibilidad periodística no depende de la dureza de un titular.

 

Depende de su capacidad para resistir cuando el lector comprueba los hechos.

 

Ni paraíso ni país sin futuro

 

Marruecos no es perfecto.

 

Pero tampoco es la fotografía oscura que algunos parecen necesitar para explicar cada episodio migratorio.

 

Es un país en transformación.

 

Y precisamente porque está cambiando, sus problemas también están cambiando.

 

Quizá nuestra mayor responsabilidad durante los próximos años sea conseguir que el desarrollo económico se transforme en confianza social.

 

Que el joven de una pequeña ciudad sienta las oportunidades del mismo país que observa en Casablanca, Rabat o Tánger.

 

Que estudiar tenga recompensa.

 

Que trabajar permita construir una vida.

 

Que emprender no sea una carrera de obstáculos.

 

Y que el mérito vuelva a generar esperanza.

 

Entonces probablemente veremos disminuir también esa fascinación casi automática por marcharse.

 

Quedarse también debe convertirse en un sueño

 

No quiero un Marruecos donde nadie emigre.

 

Eso sería absurdo.

 

Viajar enriquece.

 

Estudiar fuera abre horizontes.

 

Trabajar en otros países crea experiencias y vínculos.

 

La movilidad forma parte del mundo moderno.

 

Quiero algo diferente.

 

Quiero un Marruecos donde marcharse sea una elección y quedarse también resulte una elección atractiva.

 

Donde nuestros jóvenes puedan ir a estudiar a Madrid, Granada, París, Montreal o Londres y quieran regresar.

 

Donde puedan admirar Europa sin idealizarla.

 

Donde puedan criticar Marruecos sin despreciarlo.

 

Y donde puedan sentirse profundamente marroquíes sin necesidad de creer que todo aquello que está fuera es necesariamente mejor.

 

Europa tiene que ayudarnos a construir ese horizonte porque también le interesa.

 

No levantando únicamente fronteras.

 

Construyendo oportunidades a ambos lados de ellas.

 

Y Marruecos tiene que hacer su parte: acelerar reformas, reducir desigualdades, generar empleo, escuchar a sus jóvenes y conseguir que el desarrollo llegue donde todavía no ha llegado con suficiente fuerza.

 

Esa es la cooperación que necesitamos.

 

No la del norte que exige y el sur que ejecuta.

 

Sino la de dos orillas que finalmente comprenden que comparten el mismo problema y, por tanto, también deben compartir las soluciones.

 

Porque después de décadas hablando de inmigración quizá seguimos formulando mal la pregunta.

 

No deberíamos preguntarnos solamente cómo impedir que un joven llegue irregularmente a Europa.

 

Deberíamos preguntarnos qué podemos hacer para que ese joven no sienta la necesidad de arriesgarlo todo para llegar hasta ella.

 

Y quizá entonces descubramos algo que durante demasiado tiempo hemos olvidado:

“La política migratoria más humana no es la que mejor gestiona la llegada. Es la que consigue que marcharse deje de ser la única esperanza”.

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(*) Hispanista e investigadora

Categorías : Opinión