22 agosto 2026 / 00:30

La Casa del Periodismo

¿Sebta o Ceuta? A lo mejor, en ambas formas…

mares30 - agosto 22, 2026

Ahmed Balghzal*

Puras ficciones. Yo, de entrada, de las de la “nación” no me fío nada. Nada. De las del nacionalismo un pelín más que lo absoluto de “nada” —si cabe—. Y si tal admite más, tampoco de los proyectos políticos que de la mano de las dos se urden, o, para ser más fieles a las imágenes que nos bombardean en/desde el triste espectáculo de la, ni más ni menos, “guerra híbrida” —¡Menudo lío tenemos!, eh, como que no suficiente tenemos con las puras—, copulación de los dos. Con tanto mareo, uno no sabe ni quién coitó con quién para procrear semejantes criaturas. No es en vano que mi madre, para despacharse contra males y malos, solía proferir: “wladlhram” (literalmente “hijos de relaciones pecaminosas”, o siguiendo el argot típicamente español “hijos de p…a”). En fin, poco importa quién hace la cosa, lo importante es que la jugada ya está hecha. Y entre los dos wlad lahram se perpetúa lo que se ha instaurado como “normalidad” —Por algo los señores Alvise, Abascal, Ortega Smith y manada adulteran esta preciosa palabra y lo que significa con otra horrorosa, muy propia a lo necio que son: “prioridad”— de dos ciudades cuya única desgracia —o fortuna, si sigue atentamente los propósitos de la presente opinión— es que la mano de otro wald lharam, Hércules las puso allí justo donde no debían estar. Normalidad, esta sí, de una prioridad no muy nacional, pero muy caprichosa a lo paternal de la mitología: ¿cuestiones de maktūb divino o burlas de la dejadez mundana?, a lo mejor, como dice el título de la presente, ambas formas.

 

En todo caso, muy lejos de las altivas pretensiones paternales y mitológicas del padre Hércules, y las bajas artimañas humanas de una clase política —que acusa una falta de cordura la una, y saber que está en la locura la otra—, vengo aquí a recalcar ante la falta de sentido común —y de corazón, me imagino también: sabios latinos, sabían que el diminuto órgano bombeaba no solo sangre, sino también pensamiento, juicio, de ahí “cordis”, que dio “cordura”— de las dos hay siempre vías para hacer de la “normalidad” de las dos ciudades lo que debe ser una frontera, que no tiene por qué, quedándose en la metáfora cordial y cardiaca, ser imagen fiel de lo descorazonado de la clase política: cuando de muerte humana se trata, poca cosa debe robarnos la cordura, el corazón, y todos los sentimientos que miden la distancia entre estas dos palabras. Malditas fronteras que la ficción nacional y nacionalista nos ha legado.

 

Tiene que saber el lector de esta crónica que además de los dos anteriores, por estas razones concretas y por otras, aborrezco estas, las fronteras, también. Aborrezco a las tres por los crímenes que en nombre de todos se han venido montando. Entre todas se orquesta la mejor imagen que refleja lo primitiva que sigue siendo nuestra modernidad-estupidez: miedo y sus relatos. Ya lo dije, pura ficción. Pero aquí las ficciones se revelan muy reales que caricaturizan lo que ha sido siempre la frontera, vendiendo —literalmente, si no, no se monta todo el circo— las dos ciudades como blanco de la —¡ay qué susto!— “guerra híbrida” del —iba a poner todas, pero no me caben— “horda descalza”, “hostil y andrajoso invasor”, “el coco norteafricano”,  el “secuaz del autócrata”, “súbditos del sátrapa”,  “misil demográfico teledirigido por Rabat”, etc. Una ficción ejemplarmente orquestada en imaginarios colectivos forjados en una consciencia que no supo lidiar con fantasmas del pasado. Me temo que, sin pretender poderes premonitorios, este no es ni el único ni será el último en el que estos wlad lahram se alían para reducir a nada los miles de años de apego y esmero del Homo sapiens en encontrarle morada a su esperanza de un mundo mejor. A juzgar por lo ocurrido, se puede decir que no hemos evolucionado en nada. Una especie prodigiosa. Inventamos la rueda, domesticamos el fuego, llegamos a la Luna y, después de tanto progreso, descubrimos algo mucho más importante: que un pedazo de tierra es nuestro porque le hemos puesto un nombre y hemos dibujado una raya alrededor. El sapiens-político, en efecto, sabe mucho, o, prácticamente, nada. Cambiamos el cuchillo pétreo de la Edad de Piedra por un, igual de pétreo que cortante, modelo de iPhone; el chillido tribal por el hilo indignado en redes sociales. Del nivel intelectual de esta clase política podemos decir tanto y más; al parecer sigue intacto en su paleolítico particular: un palmeo en el pecho, banderas hipertrofiadas y la sagrada reclamación del orgullo nacional en formato tuit. Ya no necesita un garrote para defender su territorio. Le basta con una bandera o, a juzgar por la actitud de los encapuchados del Desnudo Nacional —que de acuerdo con un análisis muy científicoide de un amigo, son unos varones cuarentones que tienen, cito literalmente, “problemas de follar”— una pulsera. No la descarto como hipótesis. Ya que, siguiendo en la misma línea, —y no es el caso únicamente de este grupo de señores de las pulseras a 1,50 €, a precio promocional de 3 × 2, y camisetas a 26,95 €, que cruzando la frontera hay tantos o más hombres de la política, siameses de los anteriores, que también tienen problemas con, más que nacionalismo y nación, cuestiones sexuales—, la unión de tanta jauría en apareamiento hizo que dos ciudades se hicieran el lecho del matrimonio ilegal de todo esto y las desgracias que supone.

 

Odio el nacionalismo y sus ideologías —y sus relaciones sexuales, también, sin perder de vista el análisis de mi amigo—. Y, viniendo a lo que hoy me ocupa —y me preocupa, un poco tanto o más—, odio sus usos humanoidemente pueriles cuando, en nombre de identidades, fronteras y naciones, pretenden imponer como realidad lo que no deja de ser una ficción. Una ficción, eso sí, muy bien vestida: lleva bandera, himno, escudo, memoria oficial, efemérides y hasta funcionarios encargados de certificar que es real. Se toma una tierra, se le pone nombre, se selecciona una historia, se olvidan convenientemente dos o tres capítulos incómodos y ya está: tenemos patria. Si además conseguimos que los vecinos hagan lo mismo al otro lado de la raya, miel sobre hojuelas. Ya tenemos conflicto –y un delicioso plato servido ya que el maldito Mundial nos dejó sin la vital y hábil conducta de verborrea—. Solo faltará esperar la próxima festividad para celebrarlo. En este caso nos toca, quitando del cálculo el olvidado 2021 —ya que, hablando de miel aquí y luna en el eclipse de la semana pasada, de luna de miel estuvimos—,  vendrán a ser el 30-J, otra el 15-A, muy probablemente el 20-A, 25-A, etc. y en cualquier festividad. ¡Pretencioso empeño tienen estos harraga en perpetuar sus odiseas derrideanamente deconstructivistas en la sombra de festividades del calendario de ambos países! Parece que, a pesar de su mortal y arriesgada empresa, tienen un brote de lucidez, aunque, en muchos casos, pecan de hipermetropía. En muchos casos, la muerte termina destapando lo defectuoso de sus facultades oculares. Cosa que no puede hacer con la miopía de la clase política y sus satélites en RR. SS.

 

Los nacionalismos son una miopía en lo político. Una miopía que, además, se cree telescopio. Son incapaces de mirar y, menos aún, de solucionar aquello que desborda sus pequeños mapas mentales. Todo debe caber en una casilla: nosotros o ellos, dentro o fuera, propio o ajeno, español o marroquí… y viniendo ya al propósito de esta crónica, Sebta o Ceuta. El matiz –para la presente una simple forma de designar a la ciudad, pero que en estos peligrosos “juegos” geoculturales, que de lúdico tienen poco, puede haber más—,  esa criatura sospechosa, queda inmediatamente detenido en la frontera. Y, por si faltaba algo, quien provoca el problema difícilmente puede solucionarlo, o ser parte de la solución. El nacionalismo tiene esa maravillosa eficacia y la tramposa impresión de crear agravios “irresolubles”: convierte algo tan normal en un problema complejo: primero una consigna, una consigna en una bandera, una bandera en un agravio y el agravio, con un poco de suerte —y visto lo nuestro, mucho de mala leche—, en un buen titular que fácilmente se propaga como un proyecto político, y ay ¡tengamos cuidado! en un enfrentamiento ¿Os suena a algo?: donde las dan, las toman.

 

Sebta, cuyo estatuto geográfico no fue suficiente para territorializarla en Marruecos; Ceuta, una ciudad, cuyo estatuto jurídico e histórico hizo lo que impedía lo geográfico, reterritorializarla en España. Paradojas de vecinos. Hasta aquí, todo parece sencillo. Demasiado sencillo. A Ceuta no le faltarán razones para ser Ceuta: jurídicas, históricas, administrativas, políticas, patrióticas y, si hace falta, hasta metafísicas. Señalar cualquier otra cosa que no sea la soberanía nacional, la integridad territorial y la sacrosanta españolidad sonaría poco menos que a herejía —en esto estamos por culpa de una “invasión” en un capítulo de manual del libro de las “guerras híbridas”—. A falta de fuentes oficiales, las no oficiales en RR. SS. se encargan de analizar el agravio: un crimen contra la España integral. Y ya sabemos que cuando entra en escena la integralidad, conviene esconder los matices: suelen ser los primeros en ser acusados de traición o invasión. Más aún si quien la reclama es el moro. Aquí el nacionalismo español tiene preparado su repertorio de utilería: sucio, déspota, analfabeto, idólatra, sátrapa, muñeca de un sistema obsoleto, medieval, incapaz de gobernar lo que tiene y, sin embargo, siempre dispuesto a anexionarse lo que no tiene, un moro con apetito territorial, un moro expansionista, etc. Los moros parece que, en la imaginación nacionalista, nos levantamos cada mañana preguntándonos qué pedazo de España podríamos desayunar. Ceuta, por supuesto, tiene que ser exclusiva y únicamente Ceuta. Ceuta, sin apellidos, sin dudas y, a ser posible, sin su parte musulmana, su Sebta.

 

Para este moro, sin embargo, Sebta tiene que ser lo que es: Sebta. Una ciudad “arrebatada” históricamente, ocupada territorialmente, antes incluso de serlo administrativamente. Ser, simplemente, como fue siempre: marroquí. Tampoco le faltarán argumentos. La geografía, esa señora tan poco patriótica en sus orígenes y que en nuestro extravagante mundo se convierte en el argumento básico para un relato de soberanía: insiste en “colocar” a un territorio europeo en África. La geografía dicta memoria, pasado, identidad… soberanía. La historia, esa otra señora todavía más impertinente que se empeña en no coincidir del todo con los mapas actuales, y que hace que un enclave sea de este lado o el otro por una selección minuciosa. Por ambos dictámenes, para Sebta, Ceuta es una herencia anacrónica, un colonialismo injusto, y por lo tanto, la diana que faltaba para la recuperación de la soberanía nacional, etc. Y así llegamos al dédalo: Ceuta o Sebta. Si se es de la una, parece que no puede ser de la otra. La ciudad queda sometida a ese terrible interrogatorio binario que tanto gusta al nacionalismo: ¿de quién eres? ¿De los nuestros o de los otros? ¿España o Marruecos? ¿Aquí o allí? ¿Dentro o fuera? Y, si se quiere complicar todavía más la paradoja: geográficamente estar en Marruecos y políticamente ser de España. O, si se quiere decir de una manera todavía más desconcertante, ser España en Marruecos. Distopía heterotópica. Cosas de vecinos. 

 

¿Habrá solución?

 

Mi modesta opinión —y la de quienes descreemos de los nacionalismos y de sus derivas— es que, elevando incluso el grado de obligatoriedad, debería ser ambas: Ceuta y Sebta, o Sebta y Ceuta —querido lector, elija el orden que le antoje—. Para mí, el orden importa bastante menos que la posibilidad de que ambas formas puedan existir sin que una tenga que asesinar simbólicamente a la otra. No propongo con ello un tratado internacional, ni una nueva cartografía, ni una operación quirúrgica sobre el mapa. Es algo mucho más sencillo: aceptar que una realidad puede ser más compleja que la casilla en la que queremos meterla y actuar en consecuencia. Si una cosa ha aprendido uno después de ver y estudiar tantos agravios es que la razón no siempre está en la parte visible de los mismos. Para no abrumar al lector con tecnicismos de investigadores y científicos:  cuando el problema es una frontera, una ciudad fronteriza en este caso, más que una pregunta por la soberanía sobre la ciudad, lo que se debe plantear es qué modelo de frontera hemos heredado, y más que eso: ¿Es posible otro?

 

Bajo la disputa de la nomenclatura-soberanía, y, de alguna manera, la identidad subyace el desfase de todo un sistema heredado del actual modelo del Estado-nación. Hay que remontar, por lo menos —disculpe el lector mi ignorancia histórica que eso no va de episodios y acontecimientos sino de modelos longue durée—, a la Paz de Westfalia, ni más ni menos. Sí, aquella Paz. Esa maldita Paz que puso fin a unas guerras y generó un sinfín de otras. Paradojas de paradigmas. El tratado ayudó a consolidar una forma de imaginar el mundo que seguimos aplicando con admirable fidelidad y, curiosamente, padeciendo las consecuencias. Para ser una nación, antes de cualquier carajo de nociones, parece que hay que tener territorio; y para tener territorio hay que tener frontera. Una raya. Una línea. Un límite. Y esa línea tiene después la paradójica obligación de ser simultáneamente muro y puerta, límite y paso, membrana y filtro. Aquí empieza lo propio porque allí termina lo ajeno. Fácil. Limpio. Ordenado. Demasiado limpio para la vida real. La expansión colonial hizo lo que hacía falta: asentar este ideal allá donde llegaron los europeos. No soy especialista ni historiador, pero sí alguien que sufre los agravios de este paradigma en la propia piel. Por experiencia, por estar en el lado de quienes les corresponde recibir la acción del trazo, os puedo afirmar lo dañina que puede resultar la perpetuación de este modelo. Los mapas tienen nefastas consecuencias: hacer desaparecer de un plumazo aquello que no cabe en sus líneas. Dividir lo indivisible. Alinear lo que nunca estuvo alineado. Convertir culturas, comunidades y personas en piezas intercambiables de un tablero. Maldita paz nos legó la Paz. 

 

La contienda actual, más allá de sus significaciones políticas, diplomáticas y geoestratégicas, es la metáfora de un modelo de frontera. Microespacial: Ceuta frente a Sebta, España frente a Marruecos. Macroespacial: Europa frente a África, Norte frente a Sur, y lo que implican las dos: países dominantes frente a países dominados, excolonizadores frente a excolonizados. Una frontera pequeña para una desigualdad enorme. Unos pocos kilómetros capaces de condensar siglos de relaciones de poder. El modelo arrastra sus injusticias, sus desequilibrios y sus hegemonías y los deposita precisamente donde más daño hacen: en los puntos de contacto. En las fronteras. Ceuta es, en este sentido, una imagen bastante precisa del mundo que hemos construido. Un mundo en el que unos, ostentadores de pasaportes de colores diferentes y diferenciadores —rojo, permitiéndome el plagio, que te quiero rojo— pueden pasar, instalarse, trabajar, estudiar, viajar y abandonar un país cuando se les antoja; mientras otros, ostentadores de, como los de aquí, uno verde —insistiendo más en el plagio: verde ni te quiero ni quiero verte—, descubren que la libertad de movimiento es una cuestión de jerarquías de poder y de cromatismo burocrático. El de Westfalia fue también un wald lahram. ¡Ni fin de régimen ni narices! La vieja aristocracia de sangre ha encontrado un sustituto mucho más moderno: la aristocracia del cromatismo de los pasaportes. Y ahí la frontera deja de ser una simple línea territorial. Se convierte en una máquina de producir desigualdad. El mismo cuerpo. La misma necesidad de vivir. La misma capacidad de amar, trabajar, estudiar, enfermar, soñar o morir. Pero distinto pasaporte. ¡Qué maravilla de progreso!

 

Hoy Ceuta o Sebta es, por eso, el signo de nuestro fracaso como humanidad. El desarrollo de unos se hace, si no a expensas, al menos a espaldas de otros. Unos tienen el privilegio de convertir la frontera en trámite. Otros tienen que convertirla en aventura. Unos cruzan, cuerpos con maleta. Otros cruzan escondidos o vuelven en ataúdes, cuerpos sin alma. Unos llevan documentos en papel. Otros llevan el cuerpo sin papel. Y todos, curiosamente, habitamos el mismo planeta. Ceuta es, en este sentido, una metáfora del fallo de un sistema. De una humanidad que no sabe qué hacer con sus propias herencias y que, cuando no sabe qué hacer con ellas, las entrega a los amos del tiempo: políticos de pacotilla, usuarios del turno en RR. SS., chacales de extrema derecha por doquier, periodistas de miopía y nacionalistas de memoria selectiva en la esquina de la calle. Todos con ideas e ideales anacrónicos convenientemente reciclados. Todos con una historia a mano. Ellos saben mejor que cualquiera qué hacer con estas herencias: convertirlas en un espectáculo de uso público. Un poco de bandera por aquí. Un poco de amenaza por allá. Una declaración solemne. Una fotografía. Un mapa. Un dedo señalando el otro lado. Y ya tenemos política exterior. Si se añade un titular suficientemente inflamable, tenemos también opinión pública. Si se añade una red social, el incendio está servido. Toma la silla, prepara el dedo, y, asegurándote antes de dejar aparte la piel humanoide que tenías, súmate al tecleo de la estupidez humana. 

 

De ahí que hoy, más que de integralidad territorial, soberanía nacional o recuperación de territorios, debería tratarse de humanizar las fronteras. De hacerlas menos fronteras para quienes las sufren y más espacios de contacto para quienes las habitan. De conseguir que este territorio frágil sea un espacio donde se consagre, más que la nación o el nacionalismo de una u otra parte, algo bastante más elemental: la condición humana. En mi modesta opinión, tal vez la pregunta no debería ser solamente de quién es Ceuta o de quién debería ser Sebta. Tal vez habría que preguntarse para quién debe servir una frontera. Para quién una ciudad. Para quién un pasaporte. Para quién una historia. Y, sobre todo, para quién construimos este mundo que, después de tantos miles de años de sapiens, todavía necesita dividir a sus habitantes entre los que tienen derecho a moverse y los que tienen que pedir permiso para hacerlo.

 

Aquí aparece quizá la propuesta, algo utópica —pero, ¿qué nos queda que soñar?— de la presente opinión: construir un mundo donde Mamadou, Mouhamed, Fatma o Fatimatu puedan tener las mismas oportunidades que José, Pedro, Paco o Marta. Y Santiago, entonces, quizá tenga menos migas con las que alimentar su odio y su prioridad nacional. Porque cuando Mamadou pueda vivir con la misma dignidad que José, cuando Fatimatu pueda tener las mismas oportunidades que Marta, cuando Mohamed y José puedan disfrutar de las mismas condiciones de vida, de viaje, de trabajo y, evidentemente, del mismo significado cromático del pasaporte, el nacionalismo pierde una de sus materias primas favoritas: la desigualdad. ¿Qué importa entonces ser Sebta o Ceuta? Cuando la desigualdad deja de servir de combustible, quizá algunos incendios fronterizos tengan por fin bastante menos que arder. Quizá las fronteras pierdan entonces buena parte de su justificación y pasar de un lado a otro deje de considerarse un crimen. Buscar oportunidades no es una anomalía, ni una invasión, ni una guerra híbrida: es hacer algo tan humano como llevamos haciendo desde tiempos remotos.

 

El problema, hoy, no es que unos crucen y otros no; es que unos tienen casi todo y otros carecen de casi todo. Es la desigualdad, la injusticia, el desequilibrio. De ahí una segunda propuesta, quizá menos utópica y bastante más incómoda: cooperar más. Sí, el agravio lo demuestra. No colaboramos como deberiamos. Marruecos y España; Marruecos y la Unión Europea. Un modelo más avanzado de cooperación, entendimiento e integración progresiva, capaz de convertir las fronteras en espacios de encuentro y no en trincheras administrativas. Y ya que hablamos de construcciones heterotópicas del espacio y de la geografía, también una Europa sin Europa: no solo de esa Europa territorial heredera del modelo hegemónico, del legado imperial y su refracción neocolonialista —esa Europa que parece haber inventado el mundo y, de paso, sus fronteras—, sino la otra, la simbólica: abierta, justa, cooperativa, capaz de entender el desarrollo como prosperidad compartida y no como privilegio geográfico; una fuerza simbólica que no deje a nadie atrás. Porque quizá del agravio, si uno lo mira con un poco menos de bandera y un poco más de cabeza, se aprende algo bastante incómodo: que a lo mejor estamos donde estamos no solamente por culpa del uno o del otro, de Ceuta o de Sebta, de Marruecos o de España, sino también por culpa de los dos; por lo que no hacen, por lo que hacen a medias y por lo que, pudiendo hacer juntos, siguen empeñados en hacer separados; o el uno en contra del otro.

 

El día en que consigamos construir un mundo con iguales oportunidades, con acceso a los servicios básicos y, en definitiva, a una vida digna para todos y en todos los lugares, el nacionalismo se quedará sin uno de sus argumentos favoritos: el agravio. Y la nación —sea Marruecos, Mali, Sudán, España o la que corresponda— importará bastante menos que las personas que la habitan. La soberanía, en una propuesta como esta, será probablemente de lo menos importante. Mucho más importante será que palabras como desarrollo, igualdad y prosperidad dejen de necesitar pasaporte, aduana y código postal. Entonces Ceuta podrá ser Sebta y Sebta podrá ser Ceuta. Ninguna tendrá que dejar de serlo para que la otra exista. De hecho, será de todos en ambas formas. Y así será mejor. ¿Sebta o Ceuta? A lo mejor, ambas formas. Y, por fin, una forma mejor.

 ————————

(*) Hispanista y escritor

 

Categorías : Opinión