19 junio 2026 / 22:11

La Casa del Periodismo

Todo acaba en Marcela es pura adrenalina

Mares30- Tánger - agosto 24, 2024

 

Víctor Manuel Pérez Benítez*

 

Uno espera, siendo un viejo lector barciano, encontrarse con un relato duro; indudablemente, el escritor no se anda nunca con remilgos, pero lo que me encuentro es con una novela negra oscura y violenta, que profundiza en lo peor del ser humano, allí donde ya, todo perdido, no queda más esperanza que la venganza. A uno de los protagonistas principales, llamémosle “el bueno”, el comisario Iván Sotomayor, la vida le había dado una segunda oportunidad llamada Marcela, que “el malo” (no he conocido un bicho peor en mi vida) Teodoro Aguilar, Teo el bizco, un individuo de la peor ralea, se encargará destruir.

 

El comienzo de Todo acaba en Marcela de Sergio Gallardo Barce es brutal, un hombre mata a martillazos a una mujer de nombre Marcela, una trabajadora del Hospital Civil de Málaga (por fin, Sergio Barce decide construir la mayoría del  relato en Málaga, cuyo desarrollo final será en Tánger y Khemis Sahel). Desde un primer momento tenemos la impresión de que la historia nos va a subyugar; escrita de forma directa, contundente, con un estilo muy depurado; incluyendo los diálogos y los pensamientos  en una amalgama continua de hechos que nos corta la respiración. Los que tuvieron la suerte de leer la novela antes de ser publicada, parecen ser que la calificaron con dos palabras: Pura adrenalina. Pues sí, no hay mejor expresión para calificarla.

Los personajes están construidos con una solidez incuestionable. Las parejas se van complementando de una u otra manera: Ivan Sotomayor y Teodoro Aguilar con una misma obsesión: Marcela. Dos mundos tan distintos como interconectados, la policía y el delincuente, el defensor de la ley y el matón. Sin el uno no existiría el otro. Dos policías corruptos relacionados con Teo el bizco;  otros dos policías compañeros y amigos de Iván;   Kaspárov y la Tania, una joven pareja que solo sueñan con estar juntos y viajar a París;  Teo el bizco y Qodsya, una marroquí unida a un hombre inadecuado, sanguinario, que la trata a golpes;  dos matones rusos;   dos policías condecorados y viejos amigos Iván y Sadik Oubali;  los dos hermanos de Qodsya. Abdelhamid y Dris, Un padre, Iván y un hijo, Alex, el único madero al que puede agarrarse Iván, aunque le va a ser insuficiente.

 

Todo en un ambiente sórdido, del más puro estilo noir: Una música de fondo: Love her Madly de The Doors, Into my years de Nick Cave, Dylan, Sinatra. Un libro, Stoner, en la mesilla de noche de la asesinada. El humo continuo de un John Player Special. Momentos poéticos memorables:

 

«Todo parece del mismo tono celeste desvaído, el agua, el cielo, su ansiedad», «Lo crímenes crean agujeros negros en el alma», «Solo se oía el desplome del cielo, el llanto de los dioses que dejaban caer sus lágrimas de desaliento y desilusión».

 

La huida y la persecución nos lleva hasta Tánger y Khemis Sahel, al norte de Marruecos, territorio donde nuestro escritor se mueve como pez en el agua. No les voy a contar el final para no desentrañar nada, pero solo decirles que la escena es inolvidable, la imagen sugerida del corazón en las tinieblas de Conrad, nos sobrecoge.

 

Es una novela que por un lado es cercana, por la geografía y el entorno físico donde se desenvuelve la acción, pero por otro lado, es lejana, por mostrarnos un ambiente tan desconocido para nosotros. Es esa tal vez la atracción que nos produce, el magnetismo que posee, nos hace intuir que la realidad puede superar la ficción, y eso pone los pelos de punta.

 

Lo que si les puedo decir, y es lo más elogioso que se puede decir de un libro, no he podido dejar de leerla.

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