Entrevistada por Toufiq Slimani
En el marco del Proyecto de Ramadán de Mares30—Entrevistas ramadanescas con hispanistas marroquíes—, la investigadora saharaui, profesora, especialista en derecho internacional y activista, Safia Abahaj concede esta entrevista al diario Mares30.
La Presidenta de la Asociación IMMUN (International Moroccan Model United Nations), ha impulsado iniciativas que han logrado articular a la juventud marroquí con instituciones estratégicas del Estado, incluido el Parlamento, y es una voz habitual en la prensa a la hora de analizar la actualidad hispano-marroquí y el conflicto del Sáhara.
Hispanista orgánica, formada en una convivencia temprana y natural con la lengua española, Abahaj representa un perfil poco frecuente dentro del hispanismo marroquí: el de la hispanista e investigadora que sale de la zona de confort, se moja y asume el coste intelectual de posicionarse.
En esta conversación reflexiona con franqueza sobre el estado del hispanismo en Marruecos, la frustración institucional que atraviesa a los especialistas en lengua y cultura españolas y la paradoja de unas relaciones entre Marruecos y España que avanzan en los planos político y económico, mientras el ámbito cultural y universitario permanece rezagado.
Desde una mirada saharaui crítica y comprometida, Safia Abahaj cuestiona además la persistente percepción de Marruecos en España como un «problema que gestionar» más que como un socio estratégico con el que construir un futuro compartido.
- Primer contacto con la lengua española ¿Podría describir su primer contacto con la lengua española y los factores —personales, familiares o contextuales— que influyeron en su decisión de estudiarla y dedicarle posteriormente su trayectoria intelectual y profesional?
Mi historia con el español comenzó casi sin darme cuenta. Fue algo natural, inesperado, casi como esos pequeños giros del destino que marcan una vida entera. Tenía apenas tres años cuando mi madre decidió inscribirme en el Colegio Español Ramón y Cajal de Tánger. Yo era una niña muy tímida, introvertida, de esas que observan más de lo que hablan. No podía imaginar entonces que aquella decisión marcaría profundamente quién soy hoy.
Nací y crecí en Tánger, en el norte de Marruecos, aunque pasé un año en El Aaiún cuando tenía apenas dos años. Tanto en el norte como en el sur del Reino, el español no era realmente una lengua extranjera. Estaba ahí, flotando en el ambiente, en las calles, en las conversaciones cotidianas. Recuerdo ir al mercado y escuchar a los comerciantes mezclar darija con palabras puramente españolas, con una naturalidad que hoy todavía me emociona.
Pero el español no solo estaba en la escuela o en la calle. También estaba en casa. En el edificio donde vivíamos con mis padres teníamos vecinas españolas que formaron parte de nuestra infancia. Recuerdo como si fuera ayer a Loli paseando a sus perros por el patio, siempre sonriente, siempre cercana. Y a Marina… hablando un darija tan fluido y auténtico que ni muchos marroquíes lo dominaban así. Con ellas, mis hermanas y yo hablábamos a menudo; eran conversaciones sencillas, cotidianas, pero llenas de esa mezcla tan natural entre dos culturas que convivían sin esfuerzo.
Sin darnos cuenta, crecimos dentro de una burbuja puramente española. Una burbuja hecha de acentos andaluces, expresiones coloquiales, risas compartidas en el rellano de la escalera y pequeñas escenas que hoy forman parte de mis recuerdos más entrañables. Aquella convivencia diaria no era excepcional para nosotras; era simplemente nuestra realidad. Y fue precisamente esa naturalidad la que hizo que el español no fuera “una lengua extranjera”, sino algo íntimo, familiar, casi propio.
Las tardes con mis tíos viendo dibujos animados en español completaban ese universo, en canales como Antena 3, Telecinco, Canal Sur… En aquella época, en casi todas las casas tangerinas se sintonizaban canales españoles a diario. Sin darnos cuenta, esa lengua fue entrando en nuestras vidas hasta convertirse en parte de nuestra manera de sentir y expresarnos.
Y no fue solo la escuela o la televisión. También fue la radio. Mi hermana y yo éramos absolutamente fieles a emisoras como Los 40 Principales, Cadena Dial, Europa FM o Canal Fiesta. Crecimos con las voces de Sabina, Lola Flores, Rocío Jurado, La Oreja de Van Gogh, El Canto del Loco, Amaral, Estopa, Paulina Rubio, Enrique Iglesias, Álex Ubago, entre otros muchos más. Sus canciones eran la banda sonora de nuestra infancia y adolescencia. Y a principios de los años 2000, con la llegada de “Operación Triunfo”, seguimos con pasión a artistas como David Bisbal, Rosa López o David Bustamante. Después vendría la ola del reguetón, que también marcó una generación.
Cuando terminé el bachillerato y superé la selectividad, tomé una decisión que confirmó que aquello no era una simple afinidad, sino una vocación profunda: me matriculé en la Universidad de Granada para estudiar simultáneamente Traducción e Interpretación y Filología Árabe. Llegar a la capital nazarí fue como cerrar un círculo y abrir otro aún más grande. Allí mi amor por la lengua y la cultura españolas creció de una manera que no puedo describir fácilmente. Ya no era solo una lengua que hablaba; era una parte de mí.
Con el tiempo entendí que mi relación con el español va mucho más allá del aprendizaje académico o del contacto cultural. Es una historia de identidad. Es memoria, emoción, raíces compartidas. Es una lengua que me ha acompañado desde la infancia y que hoy forma parte esencial de quién soy.
- El estado actual del hispanismo marroquí. Desde su experiencia acumulada en la investigación ¿cómo evalúa el estado actual del hispanismo marroquí en términos académicos, institucionales y de producción intelectual?
Si me pides una valoración honesta, te diría que me muevo constantemente entre la admiración y la tristeza. Por un lado, tenemos una calidad humana y académica que es, sencillamente, impresionante. Conozco a investigadores que se dejan la piel en sus tesis, que dominan el español con una finura envidiable y que aportan una mirada que nadie más tiene: la de quien analiza la cultura española desde la otra orilla, con esa mezcla de cercanía y distancia crítica. Se están publicando trabajos sobre literatura comparada o historia compartida que son auténticas joyas.
Pero la otra cara de la moneda es frustrante. Siento que todo ese talento está, en gran medida, infrautilizado y operando en el vacío. Trabajamos como islas. Los departamentos de español en nuestras universidades a menudo parecen compartimentos estancos, sin una estructura de red sólida que nos permita colaborar de forma continua. Nos faltan recursos, sí, pero sobre todo falta esa visión institucional que entienda que no somos solo «profesores de lengua», sino puentes estratégicos. Hay muchísimo esfuerzo individual, casi heroico, pero sin un impulso colectivo y una verdadera proyección internacional, nuestro trabajo corre el riesgo de quedarse encerrado en las bibliotecas.
- La percepción de España. ¿Cómo percibe hoy a España, tanto desde una perspectiva cultural e intelectual como desde su posición de hispanista marroquí, en un contexto marcado por transformaciones políticas, sociales y geoestratégicas?
Mi percepción de España es compleja, casi visceral. Es una cercanía cargada de matices que no siempre son fáciles de explicar. Personalmente, la sigo viendo como ese vecino de enfrente cuya casa conozco casi tan bien como la mía. Me descubro siguiendo sus debates políticos, viendo su cine o leyendo sus periódicos con una intensidad que a veces me hace sentir que sus crisis son también las mías. Es un referente inevitable, un espejo en el que nos miramos para reconocernos o, a veces, para reafirmar nuestra propia identidad por contraste.
Sin embargo, desde mi posición de hispanista, hay algo que me duele profundamente: la superficialidad con la que a veces se nos mira desde allí. Me entristece ver cómo, en los momentos de tensión diplomática, el discurso público español simplifica siglos de historia compartida a un mero conflicto de fronteras, migración o intereses geopolíticos. Se ignora ese sustrato humano y cultural tan denso que nos une. Percibo a una España en una encrucijada, lidiando con sus propios fantasmas internos, y en ese proceso, Marruecos sigue siendo visto más como un «problema que gestionar» que como un socio con el que construir algo sólido desde el conocimiento mutuo.
- Frustración y realidad institucional. ¿Existe, a su juicio, un sentimiento de frustración entre los especialistas en lengua y cultura españolas en Marruecos ante el nivel de apoyo, visibilidad y dedicación que recibe el español actualmente en las universidades y en los institutos públicos?
Sí, existe una frustración real y sería hipócrita por mi parte intentar ocultarla tras palabras amables. No es un enfado explosivo, sino un desgaste silencioso, esa sensación agotadora de estar remando siempre contracorriente. Uno dedica años a formarse, a especializarse, a amar una lengua, para luego encontrarse con que el español en la enseñanza pública está perdiendo peso de forma alarmante. Ver cómo se reducen las horas en secundaria o cómo desaparecen secciones es desmoralizante, porque sabemos perfectamente que eso es el principio del fin: menos alumnos motivados hoy significan facultades vacías mañana.
En la universidad, el esfuerzo por mantener la calidad es titánico. A menudo te invade una sensación de invisibilidad. Organizas un congreso, te dejas la vida publicando un artículo en una revista de impacto, y sientes que solo le importa a tu pequeño círculo de especialistas. Falta un reconocimiento real por parte de ambos Estados. Necesitamos que se entienda que el hispanismo no es una reliquia romántica del pasado, sino una herramienta de «soft power» fundamental para el presente. Si no cuidamos a quienes hablamos y pensamos en ambos idiomas, estamos dinamitando los puentes más resistentes que tenemos.
- Causas del retroceso o estancamiento del español. ¿Cuáles considera que son las principales razones históricas, políticas, educativas y culturales que explican la situación actual de la lengua española en Marruecos y su pérdida —o estancamiento— de peso relativo frente a otras lenguas extranjeras?
No hay una sola causa, es un cúmulo de factores que han creado la «tormenta perfecta». Lo más evidente es el avance arrollador del inglés. Es una realidad global: las familias marroquíes ven el inglés como la llave maestra para la ciencia, la tecnología y, sobre todo, la movilidad social de sus hijos. Contra eso, el español lucha en una liga de desventaja si no ofrece algo más que «gramática».
Pero también hay factores internos y heridas que no han cerrado. En el norte de Marruecos, el español sigue arrastrando el estigma de un pasado colonial que no siempre se ha procesado con la madurez necesaria; es una relación de amor-odio latente. A esto se suma, y lo digo con sinceridad, una falta de estrategia clara por parte de España. Salvo excepciones muy puntuales, la política cultural hacia nosotros ha sido a veces paternalista o demasiado débil. No basta con organizar tres eventos al año y donar unos cuantos libros. Se necesita una presencia continua, imaginativa y, sobre todo, que sepa conectar con la juventud marroquí actual, que es exigente y está conectada al mundo.
- La paradoja Marruecos–España. ¿Cómo interpreta la aparente paradoja entre el notable fortalecimiento de las relaciones políticas, económicas, diplomáticas, comerciales y de cooperación en materia de seguridad e inteligencia entre Marruecos y España, y la ausencia de un impacto equivalente en las relaciones culturales, educativas y universitarias?
Es una paradoja que me hace reflexionar mucho. ¿Cómo es posible que colaboremos tan estrechamente en temas de seguridad o economía y que la cultura esté tan descuidada? Creo que la respuesta es sencilla pero cruda: las relaciones políticas y comerciales se rigen por la urgencia de lo inmediato. La migración, el terrorismo o el comercio son temas que no pueden esperar a mañana; fuerzan el diálogo porque hay intereses tangibles en juego.
En cambio, la cultura y la educación son campos de siembra lenta. Requieren una visión estratégica y una paciencia que no encajan bien con los ciclos electorales o los réditos políticos rápidos. Es mucho más fácil (y vende más) gestionar una crisis fronteriza que sostener durante una década un programa potente de becas doctorales. Mientras se siga viendo la cultura como un «adorno» o un complemento de las fotos oficiales, nuestra relación será frágil y quedará siempre a merced de los vaivenes políticos. Sin una base cultural sólida, cualquier acuerdo económico es un edificio construido sobre arena.
- Perspectivas de futuro. En un contexto internacional caracterizado por la hibridez, la inestabilidad y la volatilidad, ¿se declara usted optimista o pesimista respecto al futuro de la lengua española en Marruecos, y qué condiciones considera necesarias para revertir o consolidar su presencia?
Si me preguntas cómo veo el futuro, me declaro una pesimista activa. No soy ingenua: sé que la competencia de otros idiomas es feroz y que el desinterés institucional es un muro difícil de derribar. Pero también veo razones de peso para no rendirse. El español no es un idioma más en Marruecos; tiene una raíz histórica y una carga afectiva que otros idiomas, como el inglés, nunca tendrán. Todavía hay miles de personas que vibran con la cultura española, que ven sus series, que escuchan su música y que sienten que el español les pertenece de alguna manera.
Para revertir la situación, necesitamos un cambio radical de mentalidad. Primero, que España trate su política lingüística en Marruecos como una política de Estado, con presupuesto y visión de futuro, no como algo residual. Segundo, que desde aquí, en Marruecos, se valore el español como un activo estratégico, como un complemento que nos hace más fuertes en el mundo hispanohablante. Y tercero, lo más importante: que nosotros, los hispanistas, nos reinventemos. Tenemos que salir de la zona de confort, hablar de lo que le interesa a la gente joven (videojuegos, arte urbano, redes sociales) y demostrar que el español es una lengua de futuro, no solo una asignatura de libros viejos. El optimismo no es esperar a que las cosas cambien, es seguir trabajando para que ocurra. Para concluir: «El español en Marruecos no es solo una herencia del pasado, sino el idioma de un futuro compartido; porque mientras haya dos personas a ambos lados del Estrecho queriendo entenderse, nuestra lengua seguirá siendo el puente más corto y resistente entre África y Europa.»









