Mohamed El-Madkouri*
Mientras uno hacía sus cosas cotidianas le ha asaltado este mensaje en Dariya que se reproduce literalmente aquí sin ningún tipo de edición ni atenuación:
“Hermanos marroquíes, tengo una única petición, y solo una. Este senegalés (omito la foto) se llama Abdelmalek. Tiene hijos y ha venido, pobre, a trabajar para mantenerlos en Marrakech. Es una persona sencilla, no tiene nada que ver ni con el fútbol ni con la política; solo quiere vivir y criar a sus hijos. Al final, los marroquíes tenemos el corazón grande y no dejamos que lo ocurrido nos ciegue. En el momento en que se jugaba el partido y todo estaba revuelto, él estaba, el pobre, en la mezquita, rezando y adorando a su Dios. No mezcléis las cosas, por favor. Gente de Marrakech, vosotros sois gente de generosidad y hospitalidad. Por favor, no le hagáis pagar algo en lo que no ha tenido ninguna responsabilidad. El lunes pasado, unos chavales fueron a buscarlo, lo agredieron y lo insultaron. Abdelmalek es marroquí; ya no es senegalés. No te lo guardes para ti: compártelo.”
En efecto, posteriormente a ese partido de fútbol tenso y emocionalmente cargado, Marrakech fue escenario de este episodio que debería interpelarnos como sociedad. No por lo que ocurrió en el terreno de juego, sino por lo que sucedió fuera de él: la agresión verbal y física a este trabajador senegalés, ajeno al fútbol, a la política y a cualquier polémica deportiva. Su único “delito” fue ser migrante y estar en el lugar equivocado en el momento equivocado.
Abdelmalek vive y trabaja en Marrakech. Tiene hijos, una familia que mantener, y como miles de personas migrantes en Marruecos, su día a día gira en torno al trabajo, la supervivencia y la dignidad. Mientras el partido se disputaba y las pasiones se desbordaban, él -según el mensaje recibido- estaba en la mezquita, rezando. No celebraba goles ni protestaba decisiones arbitrales. Rezaba. Y, aun así, días después, fue insultado y agredido por un grupo de jóvenes que decidieron convertirlo en chivo expiatorio.
El peligro de confundir identidades
El fútbol, como fenómeno social, moviliza emociones intensas. Pero cuando esas emociones se transforman en violencia identitaria, el problema deja de ser deportivo y pasa a ser profundamente político y moral. Confundir a una persona concreta con una bandera, un equipo o un Estado es una forma de deshumanización. Abdelmalek no es “Senegal” ni representa a nadie más que a sí mismo. Es un trabajador. Un padre. Un creyente (o podría no serlo). Un vecino.
Marruecos ha construido históricamente una imagen —y una práctica real— de hospitalidad, convivencia y pluralidad. Por lo menos el Marruecos que nos ha visto nacer y donde tanto padres, familiares como transeúntes educaban en valores. Marrakech, en particular, ha sido siempre símbolo de acogida, cruce de caminos, ciudad abierta. Por eso estos episodios duelen más: porque no nos representan, porque chocan frontalmente con los valores que decimos defender.
Migración, trabajo y silencios incómodos
Hay una realidad que a menudo se olvida en medio del ruido: Marruecos necesita mano de obra. La necesita en la agricultura, en la construcción, en los servicios. Cada vez más sectores dependen del trabajo de personas migrantes procedentes de África subsahariana y, crecientemente, de Asia. Personas que sostienen economías locales, pagan alquileres, consumen, trabajan duro y, sin embargo, siguen siendo invisibles… hasta que ocurre una crisis.
El problema no es solo la agresión puntual, sino el silencio estructural que la rodea. La ausencia de pedagogía pública, de discursos claros contra el racismo cotidiano, de políticas de integración que vayan más allá del papel. Cuando no se nombra el problema, se normaliza.
“Abdelmalek es marroquí”
La frase que ha circulado en redes —“Abdelmalek es marroquí”— no es un gesto simbólico ingenuo. Es una afirmación política en el sentido más noble del término: pertenecer no es cuestión de origen, sino de vida compartida. Abdelmalek trabaja en Marruecos, cría a sus hijos allí, reza allí, sufre allí. Forma parte del tejido social, le guste o no a quien busque culpables fáciles. Decir que Abdelmalek es marroquí no borra su origen, pero sí afirma algo esencial: la dignidad no tiene pasaporte.
Una responsabilidad colectiva
Este episodio debería servir para abrir un debate serio y sereno sobre convivencia, migración y responsabilidad social. No basta con condenar la agresión; hay que preguntarse qué la hace posible. Qué discursos la alimentan. Qué miedos se instrumentalizan. Y, sobre todo, qué papel juegan las instituciones, los medios y la ciudadanía en frenar estas derivas.
Marruecos puede —y debe— aspirar a ser un país de acogida moderno, justo y coherente con su historia. Pero eso exige algo más que leyes: exige coraje moral. El coraje de decir alto y claro que el racismo no es una opinión, que la violencia no es una reacción legítima y que el fútbol nunca puede ser excusa para negar la humanidad del otro.
Hoy, defender a Abdelmalek es defender una idea de Marruecos. Una idea que merece la pena cuidar.
*Profesor en la Universidad Autónoma de Madrid y miembro de la Red Sur/Sur.









