Mohammed EL ABBOUCH*
El año 2025 marcó un punto de inflexión decisivo en las relaciones euroafricanas, revelando el surgimiento de nuevas polaridades que cuestionan la arquitectura tradicional de las relaciones Norte-Sur en el Mediterráneo. Impulsado por una diplomacia marroquí particularmente activa, orientada por la visión del Rey Mohammed VI y orquestada mediante un influyente arsenal político y diplomático, se vislumbra un dispositivo geopolítico sin precedentes que margina progresivamente la influencia europea en favor de un eje transatlántico directo.
Esta recomposición hunde sus raíces en una especificidad histórica a menudo soslayada: para Washington, Marruecos permanece como uno de los escasos aliados vencedores de la Segunda Guerra Mundial, estatus que le confiere una prioridad absoluta en los cálculos estratégicos estadounidenses. Este reconocimiento histórico sitúa hoy al reino en un nivel de importancia equiparable al del Reino Unido, superando de facto a varios miembros europeos de la OTAN en la jerarquía de las prioridades geopolíticas de Estados Unidos.
Esta jerarquización revela una profunda transformación de las alianzas occidentales que se articula en torno a tres dinámicas convergentes: la consolidación del apoyo estadounidense a la posición marroquí sobre el Sáhara Occidental, el fortalecimiento militar del reino y su emergencia como interfaz privilegiada entre África y Occidente, lo que de facto acorta las mediaciones europeas tradicionales.
Washington apuesta por Rabat
El encuentro del 8 de abril de 2025 entre el secretario de Estado Marco Rubio y su homólogo marroquí en Washington consolidó una evolución sustancial de la estrategia estadounidense en el Magreb. Al reafirmar el reconocimiento de la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental —decidido por Donald Trump en diciembre de 2020—, la actual administración trasciende el mero apoyo diplomático para comprometerse con una aceleración de su traducción política. Esta posición, comunicada por Massad Boulos, nuevo enviado especial para el Norte de África y Oriente Medio, contrasta notablemente con las vacilaciones europeas y revela un enfoque pragmático y resuelto.
Esta claridad diplomática se ve acompañada de un apoyo militar sin precedentes. La llegada en marzo de 2025 de seis helicópteros Apache AH-64E —los primeros de un pedido de treinta y seis aparatos— ilustra este incremento del poder militar. Aún más emblemático resulta la entrega prevista para 2028 de cazas furtivos F-35 Lightning II, en el marco de un contrato de 17.000 millones de dólares, que convertirá a Marruecos en el primer país africano y árabe en disponer de esta tecnología de vanguardia.
El fin de la excepción europea en el Norte de África
Esta evolución suscita profundas preocupaciones entre los socios europeos tradicionales, revelando la fragilidad de su posición en el Mediterráneo occidental. Madrid percibe esta alianza reforzada como un cuestionamiento existencial de su estatus como potencia regional. La prensa conservadora española denuncia la emergencia de Marruecos como «primera fuerza militar del sur mediterráneo», pese a que España adolece de deficiencias de capacidad en sus flotas de helicópteros y cazas. Esta crítica apenas logra disimular la amargura de un declasamiento: Washington reprocha abiertamente a Madrid su insuficiente inversión en defensa y prefiere un socio magrebí más dinámico y mejor posicionado geográficamente hacia África.
El caso francés ilustra de manera aún más elocuente esta redistribución de cartas africanas. La retirada precipitada de las fuerzas francesas del Sahel a principios de 2025 expuso brutalmente los límites del modelo neocolonial francés en África. Ante esta debacle, el ejercicio militar conjunto «Chergui», programado para finales de septiembre en la región de Errachidia, aparece como un intento desesperado de mantener una cooperación simbólica heredada de los acuerdos de 1994. Esta gesticulación diplomática apenas consigue ocultar la realidad de un declasamiento: mientras Francia se esfuerza por preservar las apariencias de una influencia bilateral en declive, Washington construye metódicamente un nuevo sistema de alianzas que convierte a Marruecos en el cerrojo de seguridad entre Europa, África y el Atlántico.
Hacia una post-Françafrique saheliana
La dimensión saheliana de esta recomposición revela la emergencia de un modelo alternativo a las relaciones euroafricanas tradicionales. La recepción por parte del rey Mohammed VI, el 28 de abril de 2025, de los ministros de Asuntos Exteriores de Malí, Burkina Faso y Níger —los tres estados de la Alianza de los Estados del Sahel (AES)— oficializó una nueva realidad geopolítica que trasciende los antiguos marcos neocoloniales. La oferta marroquí de un «corredor atlántico» a estos países sin litoral refleja una ambición estratégica meridiana: imponerse como interfaz económica y de seguridad para los estados que han dado la espalda a sus antiguos tutores europeos.
Esta iniciativa se inscribe en un análisis lúcido del fracaso de los modelos de intervención europeos en África. Como observa el general Langley, el Sahel se ha tornado «menos seguro que antes, y susceptible de desestabilizar el África Occidental costera». Para Washington, el eje Marruecos-Sahel constituye una alternativa creíble al dispositivo francés malogrado, ofreciendo una vía de estabilización que soslaya los escollos del neocolonialismo. Para Rabat, esta cooperación Sur-Sur refuerza la legitimidad de su posición sobre el Sáhara Occidental al ampliar el círculo de apoyos africanos. Esta convergencia transforma una cooperación económica regional en un instrumento para reconfigurar las relaciones afroatlánticas.
Los límites de una victoria anunciada
Pese a estos aparentes éxitos diplomáticos, la posición marroquí sigue enfrentando fragilidades estructurales. El reconocimiento estadounidense y los apoyos africanos y de Oriente Medio no logran ocultar la persistencia de la oposición argelina. La intransigencia de Argel continúa obstaculizando cualquier acuerdo consensuado, manteniendo una tensión regional que podría comprometer la estabilidad del conjunto magrebí.
Aún más problemático resulta que la acción paralela del enviado estadounidense Massad Boulos y del enviado de la ONU amenaza con marginar el proceso multilateral tradicional. Esta voluntad estadounidense de imponer una solución «permanente y sin dilación» revela una impaciencia que podría colisionar con las realidades políticas locales. Pues si bien Marruecos cuenta hoy con un amplio respaldo internacional, su victoria está supeditada a su capacidad para transformar estos logros diplomáticos en estabilidad duradera.
Europa ante su marginación africana
El surgimiento de este triángulo Estados Unidos-Marruecos-Sahel ilustra una profunda transformación de las relaciones euroafricanas, caracterizada por la erosión de la influencia europea tradicional. España e Italia, pilares tradicionales del flanco sur de la OTAN, descubren que su centralidad mediterránea no era sino un artificio de la Guerra Fría. La fachada norteafricana se impone ahora como el eje principal de la seguridad transatlántica, relegando la orilla europea a un papel de mero observador en una región que consideraba su prolongación natural.
Esta reconfiguración obedece a tres imperativos estratégicos estadounidenses que trascienden con mucho el marco euromediterráneo tradicional: contener la influencia rusa en el Mediterráneo oriental y el Levante, impedir el vuelco del Sahel hacia redes yihadistas o prorrusas, y asegurar las nuevas rutas comerciales y energéticas atlánticas que conectan directamente África con América del Norte. En esta lógica global, Marruecos se convierte en un aliado esencial, capaz de proyectar el poder estadounidense desde el Magreb hacia el África subsahariana sin recurrir a las mediaciones europeas, consideradas ahora ineficaces u obsoletas.
Europa se enfrenta así a una paradoja histórica: mientras se esforzaba por mantener relaciones privilegiadas con África a través de sus políticas de vecindad y cooperación al desarrollo, asiste al surgimiento de un eje afroatlántico que la soslaya. Esta evolución cuestiona fundamentalmente la pertinencia de los enfoques europeos en África, basados en una visión paternalista que las nuevas dinámicas geopolíticas tornan caduca.
Una apuesta con múltiples desafíos
Para Marruecos, esta centralidad estratégica representa una consagración histórica. Nunca antes el reino había ocupado una posición tan privilegiada en los cálculos geopolíticos estadounidenses. No obstante, este reconocimiento comporta obligaciones vinculantes: vigilancia del Sahel, cooperación reforzada con Israel y confrontación asumida con Argelia. El reino se embarca así en un papel de «subcontratista de seguridad» que excede ampliamente sus capacidades tradicionales.
En Washington se felicitan por esta «africanización mediterránea» de la estrategia de defensa. En Rabat se celebra el retorno estadounidense al Atlántico Sur. Empero, esta alianza entraña riesgos. Presupone una estabilidad política interna en Marruecos, una capacidad de absorción de las nuevas responsabilidades de seguridad y, sobre todo, la perdurabilidad del compromiso estadounidense más allá de las alternancias políticas.
Perspectivas e incertidumbres: África entre nuevas dependencias y emancipación
La secuencia diplomática de 2025 inaugura un período de incertidumbres que trasciende con mucho el marco magrebí para interrogar el futuro de las relaciones euroafricanas. Si Marruecos logra su transformación en interfaz privilegiada entre África y Occidente, podría anclar de manera perdurable un modelo alternativo a las relaciones de dependencia heredadas del período colonial. Mas esta apuesta supone superar las resistencias argelinas, gestionar las tensiones con los socios europeos marginados y demostrar que esta nueva alianza puede ofrecer a los estados africanos una auténtica autonomía estratégica.
Europa, enfrentada a esta marginación, deberá replantear fundamentalmente su enfoque africano. Francia, en particular, se ve compelida a abandonar los últimos vestigios de la Françafrique tras el fracaso saheliano, mientras que España e Italia descubren que su posición mediterránea ya no les confiere automáticamente un papel en el Norte de África. Esta crisis de los modelos europeos de influencia podría, paradójicamente, abrir el camino a relaciones euroafricanas más equilibradas, cimentadas en asociaciones económicas y tecnológicas en lugar de relaciones de dependencia en materia de seguridad.
En cuanto a Argelia, su creciente aislamiento en esta recomposición podría empujarla hacia alianzas alternativas con Rusia o China, acentuando las fracturas magrebíes, mas también las divisiones africanas ante las nuevas polaridades mundiales. Esta fragmentación revela los límites de una integración continental africana aún incipiente, incapaz de contrarrestar las estrategias de poder extraafricanas.
Esta transformación geopolítica ilustra así el surgimiento de un orden posteuropeo en el Norte de África, donde los estados africanos disponen de nuevos márgenes de maniobra para elegir a sus socios. El Sáhara Occidental, lejos de constituir un conflicto periférico, se convierte en la piedra angular de un sistema de alianzas que redefine las relaciones entre África, Europa y América del Norte, cuestionando de manera perdurable los fundamentos del orden euromediterráneo establecido desde las independencias.
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Presidente de la Alianza Panafricana por la Ciudadanía*









