Precursor del thriller psicológico y al mismo tiempo crítico del género negro, el escritor marroquí vuelve a sorprendernos con su tercer ensayo semiótico en el que revela, otra vez, su formación teórica y su experiencia escritural. Ahmed Oubali, doctor en literatura comparada, es actualmente uno de los escritores marroquíes más leídos desde que -con su primer libro de relatos, Chivos expiatorios (2009)- inaugurara el género negro en lengua española (en el mundo árabe). Además de sus 4 libros de relatos, tiene publicados 30 ensayos de crítica literaria y 11 libros traducidos. En el presente libro, Oubali (muchos lo llaman ya el mago marroquí del suspense) se centra en su concepción de la narrativa criminal, disecándola con pasión y objetividad, tanto en lo teórico como en lo analítico. Mares30 publica esta entrevista realizada por Luz Cultural.
–¿Cuál fue el disparador que te llevó a escribir El arte de matar con palabras?
–Una incomodidad. La persistencia de ciertas imágenes negativas de mujeres criminales en la literatura y el cine, sin cuestionar su origen ideológico y sensacionalista. Quería ver de dónde venía ese arquetipo, qué decía de nosotros y cómo podía subvertirse sin banalizarlo, devolviendo a la mujer su dignidad natural y su inteligencia incuestionable.
–¿Podrías resumirnos brevemente de qué trata el libro?
–Es una exploración dual: por un lado, teorizo el arquetipo de la ‘femme fatale’ desde una perspectiva literaria, histórica y feminista; por otro, aplico esos conceptos a tres de mis relatos en los que se encarna, subvierte o desmonta esa figura. El lector encontrará un equilibrio entre un análisis riguroso y una ficción intensa, entre la reflexión ensayística y la inmersión en mentes perturbadas, donde la palabra se convierte en arma.
–Son dos géneros diferentes: ¿Cómo logras articular en una misma obra el estudio teórico-crítico sobre la ‘femme fatale’ con el thriller psicológico?
–La clave está en asumir que teoría y narrativa no son compartimentos estancos. La teoría no explica solamente, también sugiere mundos posibles; y la narrativa no solo cuenta, también piensa. En este ensayo, el análisis se transforma en germen narrativo. Cada concepto, cada cita, cada revisión crítica alimenta la construcción de personajes y conflictos. Así, la ‘femme fatale’ se vuelve carne, voz, crimen y actitud ambivalente en mis relatos.
–Planteas que estos relatos analizados son tanto el testimonio de la víctima como el del asesino. ¿Cómo se equilibra esta dualidad?
–Desde el lenguaje. Cada relato está narrado desde un punto de vista que nunca es neutral. La víctima no es pura, el asesino no es completamente monstruoso. Hay zonas de ambigüedad donde se superponen miedo, deseo, delirio y arrepentimiento. En esa zona gris, el lector debe decidir, sentir, tal vez incluso comprender. El equilibrio no está en repartir justicia, sino en mostrar que la conciencia es siempre un campo de batalla. Un devenir.
–¿Qué lugar ocupan la verosimilitud y la ficción en esta propuesta?
–La verosimilitud no está en los hechos, sino en la mente. Lo importante es que el lector crea que esa mente pudo pensar, sentir, matar así. La ficción es el medio; la verdad, el objetivo. Por eso no se trata de imitar crímenes reales, sino de construir discursos que parezcan inevitables. La locura se narra desde adentro, con sus reglas, con su coherencia. Ese es el desafío narrativo más exigente.
–Es muy habitual en tus obras el tema del thriller psicológico, ese mundo siniestro del crimen que describes exclusivamente desde la mente de la víctima y no del asesino. ¿Cómo se ha despertado tu interés por este tipo de narración: tu formación universitaria, tus lecturas del género o quizás algún acontecimiento en tu vida familiar?
–Ha habido influencias en sendos casos. Mi padre fue oficial de policía y se puede decir que he crecido, de cierta forma, en un ambiente policial. Los cuentos de terror que solía contarme mi abuela, de niño, dejaron también huellas indelebles en mi inconsciente. Pero mi formación académica y mis lecturas han jugado un papel primordial en mi orientación literaria.
–Lo tuyo no es el relato del detective, sino el de la víctima en su relación con el asesino.
–En efecto. En mi caso se enfoca más el suspense que el misterio, más la muerte violenta que la investigación del crimen. Lo ominoso y siniestro –las motivaciones criminales, los sentimientos de odio–, cobran aquí más importancia.
–Además de las obras de género negro, ¿en qué otras te inspiras?
–Las clásicas, por supuesto. Dostoievski, Poe, Dickens, Kierkegaard, Freud y Sartre, Eco, Kundera, entre los mejores, describen con profundidad el alma del criminal y la psicología de sus deseos y obsesiones más depravados. Estas lecturas me ayudan mucho a la hora de construir el carácter neurótico de un criminal o un villano, con sus tendencias asesinas.
–Esto quiere decir que describes peripecias de intriga con mucha imaginación, pero también con fondo histórico. ¿Cómo compaginas o concilias lo ficticio con lo real?
–En literatura todo es ficticio, pero, para dar ese fondo de realismo, es imprescindible producir efectos visuales de realismo. En ello consiste una intensa preparación anterior a la narración: la documentación a fondo sobre aspectos diversos y afines. Lo realmente real en literatura son las emociones y las pasiones que nos impactan y embargan al compartirlas.
–Muchos críticos constatan, al respecto, que en tu escritura desnudas física y psíquicamente al personaje femenino.
–Las escenas eróticas son un componente fundamental, ‘un cebo’, en este tipo de narración. Excitando al lector y divirtiéndolo de mil maneras, además de sumergirlo en la intriga, es una manera de atraparlo en la lectura hasta el final.
–¿Qué lugar ocupa el estilo en tu narrativa?
–Un lugar central. En relatos donde la mente asesina es la protagonista, la forma es fondo. Cada decisión estilística —ritmo, puntuación, léxico— construye una psicología. El estilo no es retórica ni ornamento: es herramienta de inmersión.
–¿Hay una relación entre lo poético y lo criminal en tu escritura?
–Absolutamente. La poesía es el territorio donde lo indecible encuentra forma. Lo criminal, por su parte, roza siempre lo inefable: la pulsión, el tabú, la desmesura. Cuando uno se cruza con otro, surge una intensidad única. El tema de lo ominoso o abyecto es central en este libro.
–¿Qué papel juega el lector en la presente obra?
–Muy activo. No hay respuestas cerradas, sino provocaciones. Cada relato interpela, incomoda, fuerza a tomar postura. Y en la parte teórica, el lector se convierte en cómplice intelectual. Es una obra para leer con la cabeza y con el estómago.
–Hablando de inicios y tiempos primordiales: ¿Cuándo empezaste a escribir?
–Soy un escritor tardío, debido a mis actividades profesionales (la docencia en el instituto y luego en la universidad + la traductología) y de ocio que acapararon gran parte de mi tiempo. Pero, como lector (y esto sí que es importante), puedo decir que empecé a los ocho años. Ahora bien, yo soy de los que creen que leer es, en el fondo, otra forma de escribir, emocional y mentalmente hablando. La lectura construye en la mente las plataformas y los escenarios que servirán luego al escritor para ubicar su narración.
–Uno de los temas que quedan siempre ambiguos en tu obra es el de la moral: ¿Cómo juegas con lo ético a este nivel?
–El lector sabe que en el relato negro, como en la vida misma, no hay ni buenos ni malos personajes. El peor de los asesinos puede comportarse como el mejor de los seres honestos, sin que ello le impida cometer atrocidades. Yo solo describo en mis relatos cómo se pasa de un estado de pura bondad a otro de cruel maldad, y viceversa. En vez de defender una moral determinada, ‘muestro’ comportamientos y dejo a que el lector compare las acciones de los personajes y elija lo que vea o crea moralista.
–Una frase del ensayo sugiere, precisamente, que «el bueno o el malo no existen: se hacen». ¿Cómo juegas con la moral en este nivel narrativo?
–La moral no se borra, pero se interroga. Los personajes no están pensados para encarnar valores fijos, sino para mostrar cómo se forman y deforman. Hay decisiones que surgen de traumas, de opresiones, de contextos insostenibles. La obra no absuelve, pero tampoco condena con ligereza. Juega con la pregunta: ¿qué harías tú en su lugar? Y ahí, el juicio se vuelve más complejo.
–¿Por qué consideras que este ensayo es relevante tanto para el público general como para el ámbito universitario?
–Porque articula lo reflexivo con lo narrativo. Para el público lector, es una experiencia literaria que lo sacude. Para la universidad, es un objeto de estudio sobre cómo la narrativa criminal puede leerse con herramientas teóricas contemporáneas: feminismo, semiótica, fenomenología. El libro ofrece tanto reflexión como campo de análisis, lo que lo vuelve didáctico sin perder tensión estética.
–¿Y qué has aprendido sobre ti mismo escribiendo este libro?
–Que mis obsesiones pueden ser útiles si las ordeno y pongo en catarsis. Que el crimen narrado con hondura dice más de la condición humana que muchos discursos morales. Y que escribir es, en el fondo, una forma de defensa frente a lo intolerable.
–¿Qué consejo les darías a los jóvenes escritores que quieren explorar la escritura narrativa desde una base teórica sólida?
–Leer mucho, pero no solo ficción. La teoría puede ser un trampolín creativo si se la integra como parte de la mirada. No se trata de hacer una tesis disfrazada de cuento, sino de dejar que las ideas se vuelvan imágenes, conflictos, diálogos. La escritura necesita cuerpo, y la teoría puede darle esqueleto. Pero no todos justiprecian esta dicotomía.
–¿Cómo vives este ascenso tan exitoso por medio de las redes sociales y comerciales, y por el hecho de ver aumentarse el número de lectores que descubren tu obra?
–Es un éxito muy relativo y modesto, por varias razones, pero me da mucha satisfacción y me anima a seguir adelante. Mi gratitud a todos mis lectores, en especial a mis exalumnos, por su duradero apoyo y afecto.
–¿Estás escribiendo una continuación a este ensayo o un nuevo proyecto?
–Sí, aunque con otro enfoque. Estoy trabajando en un ensayo sobre ‘la mente del creyente’ (mujer u hombre), en su relación con las obsesiones, la culpa, el sexo, los miedos, el delirio, los tabúes, la superstición, y la transición de estos temas a la narrativa contemporánea. Una especie de genealogía de la fe como acto narrativo, mítico y existencial, donde, de manera irrevocable, lo cultual cede el paso a lo cultural.
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