19 junio 2026 / 22:15

La Casa del Periodismo

Aïcha Chamma Ben El Arbi en la pintura orientalista europea del siglo XIX (2/3)

Mares 30 - marzo 2, 2025

Jorge Carbonel Pallares (Universidad Rovira Virgili-Tarragona)

Youssef Akmir (Universidad Ibn Zohr-Agadir)

 

De Aïscha Chamma no poseemos imágenes que la identifiquen con certeza, pero Clairin la recordaba como una joven hermosa de piel morena, cuerpo estilizado y elegante, manos delgadas, ojos oscuros y brillantes, cabello negro crepado y una mandíbula fuerte que imprimía expresión enérgica a su rostro. (10). En una de las primeras cartas de Regnault a su padre desde Marruecos, con fecha del 17 de enero de 1870, ya menciona a Aïscha Chamma como parte del servicio doméstico y comenta que traía a sus amigas, quienes se dejaban retratar.  Georges Clairin explicaba en sus memorias que se trataba de una joven que hablaba un poco de español, divorciada o más bien repudiada por no tener hijos, que se había instalado en su casa, de donde apenas salía a fin de evitar agresiones por parte de sus compatricios  (12).

 

A raíz de su divorcio odiaba a sus correligionarios y prefería vivir entre judíos y cristianos. Para Clairin era una especie de feminista oriental. Parece ser que se trataba de una persona de carácter que incluso pecaba a veces de autoritaria e impulsiva. A pesar de ello, supuso una suerte para los pintores, Clairin lo reconoce repetidamente, ya que la consecución de los modelos musulmanes no era tarea fácil. Los hombres eran mal vistos por sus compatricios y las mujeres eran vejadas, y se arriesgaban además a ser azotadas públicamente en la puerta de Bab el Assa de la alcazaba.  Casi todos los testimonios de artistas que trabajaron en Marruecos durante el siglo xix están llenos de anécdotas sobre las dificultades para tomar apuntes y sobre la desconfianza que despertaba en general la práctica pictórica. Algunos artistas como Delacroix, Dehodencq o Lameyer habían resuelto el problema de los modelos para las escenas de interior utilizando judíos, quienes tenían menos prejuicios ante las artes plásticas y se mostraban mejor predispuestos, sobre todo si era a cambio de dinero. Por ejemplo, Clairin explica que tan pronto como desembarcaron en Tánger, un viejo sefardí se les acercó y se ofreció de modelo por unas cuantas monedas, no sin antes preguntarles por Delacroix y Alejandro Dumas, a los que había conocido años atrás. Sin embargo, Regnault y su amigo Clairin no se sirvieron de los miembros de esta comunidad, a pesar de vivir en la calle de las Sinagogas, donde eran mayoría, y prefirieron optar por modelos musulmanes. Por fortuna, la situación discreta de la casa permitía la entrada y salida de personas sin ser vistas por los vecinos. Como explicaba Regnault a su padre en una carta fechada en Tánger el 19 de enero de 1870:

Gracias a la posición de nuestra entrada, escondida en un callejón sin salida indirecto, con recodos, en una calle frecuentada exclusivamente por los judíos (14). 

 

A pesar de la discreción, los alguaciles pronto se enteraron de la relación de Aïscha con los extranjeros y se propusieron detenerla, lo que la obligó a ocultarse en la casa sin apenas pisar la calle. En una de las pocas ocasiones en las que salió para ir al “Hammam” estuvo a punto de ser detenida, viéndose obligada a huir saltando por las terrazas. Regnault lo explicaba en una carta:

Haïscha había ido al Hamam envuelta en su “Hayek” (15) y ocultando su figura. A pesar de esto, los indiscretos la delataron y cuatro soldados la persiguieron. Uno de ellos la alcanzó y la agarró por su “Hayek”. Se las arregló para escapar abandonando su “Hayek” y entrando en una casa judía, desde donde llegó a la terraza. Saltando de terraza en terraza, vino a buscarnos como un gato (16). 

 

Cuando en primavera de 1870 los pintores se marcharon temporalmente a Granada, la llevaron a Tetuán conscientes del peligro que corría quedándose en Tánger.  Regnault lo explica a su padre desde Córdoba, en una carta fechada el 5 de abril de 1870:

Por lo tanto, utilizamos todos los subterfugios posibles para engañar a la policía marroquí y enviarla a Tetuán, donde nadie la conocía (…) Después de haber puesto su dinero en su cinturón, se cambió de babuchas y ropa, y, a las ocho de la mañana, se machó con un arriero judío (portador de trigo) acompañado por su cuñado armado hasta los dientes que los seguía en una mula. (…)

 

La muchacha no encontrará allí la existencia que tuvo con nosotros. Pero cualquier cosa es mejor para ella que la cadena perpetua. Se le dio una carta para un individuo marroquí pudiente de buen carácter que podría ayudarla. Así es como termina el primer acto de nuestra estancia en Tánger. Probablemente ya no tomaremos gente marroquí para quedarse con nosotros, porque puede pasar que paguen demasiado por el placer de nuestra compañía y porque no quisiera tener en mi conciencia los cuatrocientos palos que podrían resultar de esta pequeña fantasía (17).

 

Ilustraciones:

 

Referencias:

(10) A. Beaunier, op. cit. p.263.

(11) «Aïscha, bonne petite moresque, faisait le ménage ; c’était elle qui était chargée du soin difficile et dangereux d’introduire les amies qui se décideraient à laisser faire leur portrait.» Carta publicada por el propio Timbal en le Français, París, 23 mars 1872, p. 2. Después reproducida en Henri Baillière: Henri Regnault 1843-1871, Didier et Cº, Libraires-Éditeurs, París, 1872, p.66

(12) A. Beaunier, op.cit., p. 199.

(13) Ibídem.

(14) «Grâce à la position heureuse de notre entrée, dissimulée dans un cul-de-sac donnant d’une manière indirecte, avec coudes, dans une rue exclusivement fréquentée par les juifs (c’est la rue des Synagogues),…» A. Duparc, op.cit., p. 336, también Ch. Timbal, Notice sur Henri Regnault, Imprimerie Centrale dels Chemins, París, 1872, p. 50.

(15) Consite en una larga pieza de tela fina que se ponía sobre la ropa al salir de la casa, se enrollaba cubriendo el cuerpo, dejando únicamente a la vista la frente y los ojos.

(16) «Or, dernièrement, Haïscha était allée on bain enveloppée dans son haick et le figure cachée. Malgré cela, des indiscrets l’avaient vendue et quatre soldats étaient à sa poursuite. L’un d’eux l’atteignit et la saisit par son haick. Elle parvint à s’échapper en laissant son haick entre ses moins et se jeta dans une maison juive dont elle gagna la terrasse. Sautant ainsi de terrasse en terrasse, comme un chat, elle est venue nous retrouver. » A. Duparc, op. cit., p. 50.

(17) «Nous avons donc employé tous les subterfuges possibles pour tromper la Police marocaine et la faire partir pour Tétouan où personne ne la connaissait et où elle n’avait plus rien à craindre. Après avoir causa son argent dans sa ceinture, elle changea de babouches et de vêtements, et, à huit heures du matin, avec un arriero juif (porteur de blé), et accompagnée de son beau-frère, armé jusqu’aux dents, qui suivait par derrière pour sur une mule. Nous passions à cheval sur le chemin de Tétouan, comme par hasard, et nous avons recueilli son dernier regard d’adieu et son dernier geste d’affection.

La pauvre petite ne trouvera pas là-bas l’existence qu’elle avait chez nous. Mais tout vaut mieux pour elle que la prison perpétuelle. On lui a donné une lettre pour un Maure bon enfant et aisé qui pourra la tirer d’embarras. Voilà comment se termine le premier acte de notre séjour à Tanger. Nous ne prendrons probablement plus de petites Mauresques à demeure chez nous, parce que cela peut leur faire payer trop cher le plaisir de notre compagnie, et parce que je ne voudrais pas avoir sur la conscience les quatre cent coups de bâton qui pourraient résulter de cette petite fantaisie. » A. Duparc, op. cit. p. 351.

Autores: 

Jorge Carbonel Pallares (Universidad Rovira Virgili-Tarragona)
Youssef Akmir (Universidad Ibn Zohr-Agadir)
Categorías : Cultura