Hoy vamos a compartir la experiencia ramadanesca de Álvaro Frutos Rosado, abogado, periodista y ex director de gestión de Crisis en la Presidencia del Gobierno de España.
En esta charla con Mares30, Álvaro Frutos Rosado afirma que el Ramadán “es más que un mes de abstinencia: es un tiempo de comunidad, de introspección y de celebración”. Además, este mes enseña “algo sobre paciencia, generosidad y el arte de esperar el momento adecuado”.

¿Cuántas veces has vivido el mes de Ramadán en Marruecos? ¿En qué ciudades?
Nunca he vivido un Ramadán entero en Marruecos, pero lo he experimentado de cerca en España, donde muchas familias marroquíes mantienen sus costumbres con la misma devoción que si estuvieran en Fez, Casablanca o Marrakech. En Santiago de Chile, tuve la fortuna de compartir este mes con una familia marroquí, y esa experiencia dejó en mí una huella profunda.
Además, al ser un gran amante de la cultura marroquí es una sensación muy enriquecedora.
¿Cómo vives el día a día durante el mes de Ramadán?
Lo vivo con un respeto absoluto. Como creo que se debe vivir todo hecho religioso.
Me impresiona la disciplina, la paciencia y la espiritualidad con la que afrontan cada jornada. Durante el día, todo parece ralentizarse, como si el tiempo se doblara sobre sí mismo esperando la llamada del adhan (llamada a la oración) que marca la ruptura del ayuno.
¿Cómo te parece el ambiente ramadanesco en Marruecos?
Las tardes en Ramadán tienen un dramatismo casi cinematográfico. Poco antes del iftar, la ciudad entra en un letargo nervioso: calles semivacías, miradas apuradas, un silencio tenso que se rompe con la primera cucharada de harira. Y después, la explosión: las calles reviven, los cafés se llenan, la noche se convierte en un escenario vibrante donde el tiempo parece estirarse hasta el suhoor (comida previa al amanecer).
¿Cómo es la gente aquí en Ramadán?
No tengo criterio para opinar, diría que contradictoria, como en cualquier gran celebración. Durante el día, algunos están de mal humor, otros se refugian en una calma contemplativa. Pero en el iftar, la comunidad se vuelve cálida, generosa, incluso eufórica. La fraternidad que se respira en las casas, en los cafés, en las mezquitas, tiene algo que recuerda a una gran reunión familiar.
¿Has compartido alguna vez la ruptura del ayuno con alguna familia marroquí?
Sí, y es una de las experiencias más entrañables que he vivido. La espera, la preparación meticulosa de la mesa, el primer trago de agua, los dátiles… Hay algo profundamente humano en ese instante en que todos se sientan y rompen el ayuno juntos, como si compartieran no solo el alimento, sino también el alivio y la gratitud del momento.
¿Cuál es la comida marroquí que te gusta más en Ramadán?
Sin duda, la harira. Esa sopa espesa, con su mezcla de especias, tomate, legumbres y cilantro (aunque éste no me gusta mucho), tiene un sabor reconfortante que se graba en la memoria. También el sellou, esa mezcla dulce y energética de almendras, sésamo y miel, que parece hecha para devolverle la fuerza al cuerpo. Y, por supuesto, los briouates rellenos de almendra y bañados en miel, pequeños bocados de dulzura después de un día de ayuno.
Ramadán, en definitiva, es más que un mes de abstinencia: es un tiempo de comunidad, de introspección y de celebración. Y aunque no sea mi festividad, cada vez que lo he vivido de cerca, me ha enseñado algo sobre paciencia, generosidad y el arte de esperar el momento adecuado.
¡Feliz Ramadán al pueblo marroquí!









