19 junio 2026 / 21:34

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Ashura en Marruecos: un día de agua, música y memorias

Mares30 Rabat - julio 5, 2025

Sara Bouchtarouif 

Cuando el alba asoma sobre los tejados de Marruecos en el décimo día de Muharram, el aire se llena de un murmullo antiguo que atraviesa generaciones. Es Ashura, y el país entero parece despertar con un alma más alegre, más pura, como si el agua que pronto correrá por calles y manos quisiera limpiar el tiempo y bendecir lo que está por venir.

 

Las primeras gotas de esta festividad no caen del cielo, sino de las manos de los más madrugadores. Un cubo, una jarra, una botella: todo vale para cumplir el rito. El agua salpica y resuena entre risas; moja los rostros, las ropas, los corazones. Los niños corren descalzos entre los charcos, persiguiendo a los amigos, empapando al vecino, sorprendiendo al desprevenido. Y nadie se queja, porque quien es tocado por el agua de Ashura recibe, con cada gota, un deseo de prosperidad y alegría.

 

Por las calles, el sonido de la darbuka y la ta3rija guía los pasos de los pequeños. Niñas y niños, disfrazados con máscaras y túnicas de mil colores, bailan, saltan, entonan cánticos que los mayores recuerdan de su propia infancia. Van de puerta en puerta, pidiendo dulces, dátiles o un puñado de frutos secos, con sus voces frescas como la mañana: “Derecho de Baba Aichour”, gritan, y las casas se abren con sonrisas y manos generosas.

 

En los patios y salones, las familias se reúnen. La abuela, con sus ojos brillantes de sabiduría y ternura, reparte frutos secos y dátiles desde pequeños boles que parecen heredados del tiempo. Cada nieto recibe su parte, cada bocado es compartido, y en el crujir de las almendras y nueces se escuchan viejas historias y bendiciones susurradas.

 

En la intimidad de los hogares, las mujeres toman entre sus dedos un mechón de su propio cabello y lo cortan suavemente. Lo hacen en silencio, con la esperanza de que ese gesto sencillo traiga consigo la promesa de un pelo más largo, más fuerte, más bello durante el año que comienza. Es un ritual discreto, casi secreto, que habla de la fe en los pequeños milagros cotidianos.

 

Y mientras el sol asciende y el agua se mezcla con la luz, en las cocinas el aroma del cuscús con gueddid —esa carne seca que guarda el sabor del último sacrificio— se eleva, llenando la casa de promesas de unión y gratitud. Es un día en que el pasado y el presente se sientan juntos a la mesa, y el futuro es solo un niño que ríe, con la cara mojada y las manos llenas de golosinas.

 

Así es Ashura en Marruecos: un canto de agua, música y memoria, donde el pueblo entero celebra la vida, la fe y la herencia de los ancestros, con el alma abierta como las puertas de las casas, y el corazón limpio como el agua bendita que lo empapa todo.

 

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