Dr. Mohammed SENOUSSI
Traducción: Driss OULDELHAJ
III. Dimensión geopolítica: Marruecos como fuerza de estabilidad y equilibrio
Todo ello tuvo lugar en un contexto regional sumamente complejo, caracterizado por la irrupción de nuevas dimensiones geopolíticas que han redibujado el mapa del Norte de África y del Sahel durante las dos últimas décadas. La región ha entrado en una etapa inédita de fragilidad e inestabilidad, que se ha manifestado en colapsos políticos recurrentes, guerras civiles devastadoras y la expansión de organizaciones terroristas, junto con un estancamiento económico estructural que ha mermado la capacidad de los Estados para resistir y adaptarse.
En medio de este panorama crítico, Marruecos emergió como una excepción estratégica capaz de convertir su estabilidad interna en un factor de poder regional. Mientras los países vecinos se veían absorbidos por sus crisis estructurales, Marruecos optó por diseñar la estabilidad en lugar de consumirla, apoyándose en una diplomacia realista basada en el desarrollo, la seguridad y la cooperación Sur–Sur. Así, su papel ya no se mide por su capacidad de gestionar la crisis sino por la de producir la seguridad y exportar la estabilidad.
En este marco, la consolidación de la autonomía en el Sáhara marroquí no fue solo un logro nacional, sino que representó un profundo reposicionamiento regional que reconfiguró la arquitectura del poder en el Norte de África. Dicha consolidación cambió la forma en que las grandes potencias interactúan con la región y convirtió a Marruecos en el eje de los nuevos equilibrios, al sustentar sus relaciones en la confianza, la credibilidad y la eficacia, y no en el discurso o los eslóganes.
De este modo, el proyecto de autonomía dejó de ser una iniciativa nacional para convertirse en una palanca estratégica que permitió a Marruecos pasar de una posición defensiva a otra de liderazgo regional, demostrando que la estabilidad no es un fin en sí mismo, sino un instrumento para forjar influencia y redefinir la legitimidad en el Norte de África y el Sahel.
1) Impacto del cambio en el Norte de África y el Sahel: de la fragilidad al diseño de la estabilidad
El éxito de Marruecos en consolidar el proyecto de autonomía y la estabilidad en sus provincias del sur no fue un mero triunfo interno, sino que se transformó en una palanca estratégica para ampliar el alcance de su presencia geopolítica en la región del Sahel y el Sáhara. En un momento en que algunos países vecinos atraviesan un periodo de desconcierto político y sucesivas crisis de seguridad, Marruecos se ha destacado como un modelo de Estado capaz de encontrar el justo equilibrio entre legitimidad e instituciones, seguridad y desarrollo, y combinar a la perfección entre la promoción de lo nacional y la apertura internacional.
Esta estabilidad estructural ha convertido a Marruecos en un polo atractivo para las alianzas internacionales en una región marcada por la volatilidad. Las grandes potencias —desde Estados Unidos y la Unión Europea hasta China y Rusia— han pasado a ver en el Reino una puerta segura para la cooperación con África y un actor fiable en la garantía de la seguridad regional, especialmente ante el retroceso del rol de algunas potencias tradicionales que han perdido la iniciativa en el Sahel y el Norte de África.
Mientras algunas capitales regionales construyen su influencia sobre la gestión de tensiones y la creación de crisis, Marruecos eligió un camino distinto: la edificación de la estabilidad como herramienta estratégica para generar poder blando. Para ello, invirtió en la formación religiosa y en la lucha contra el extremismo, así como en proyectos transfronterizos que combinan economía y política, como el gasoducto Nigeria–Marruecos y el Puerto Atlántico de Dajla, que se prevé que se convierta en un eje comercial continental que conecte el África Occidental con los mercados europeos y atlánticos. Asimismo, la Iniciativa Atlántica añade una dimensión geoestratégica adicional, vinculando África con Europa y las Américas mediante una visión marroquí integral basada en la cooperación y el beneficio compartido.
Con este enfoque multidimensional, Marruecos ha superado el estatuto de ser una potencia local, para convertirse en el arquitecto de la estabilidad regional, llenando así los vacíos dejados por el repliegue de ciertos actores tradicionales y reconfigurando los equilibrios de influencia en el Norte y el Oeste de África sobre nuevas bases: eficacia, credibilidad y desarrollo sostenible. La estabilidad marroquí ha pasado de ser una situación interna a convertirse en un capital estratégico a través del cual se reordenan los equilibrios regionales, en plena consonancia con la visión de largo plazo del Reino para construir el África segura, integrada y conectada con su entorno atlántico e internacional.
2) Declive del rol argelino tradicional y ascenso de la diplomacia marroquí
El cambio del equilibrio geopolítico en el Norte de África y el Sahel no habría sido posible sin el retroceso del papel tradicional de Argelia, que durante décadas se presentó como una potencia regional sustentada en el binomio «revolución y resistencia». Sin embargo, hoy Argelia se encuentra limitada en sus herramientas, incapaz de seguir el ritmo de las nuevas transformaciones regionales, tanto en el plano político como en el económico.
Mientras el discurso argelino permanecía circunscrito a una lógica de rechazo y confrontación diplomática, Marruecos trabajaba sobre el terreno de manera constructiva y proactiva: consolidaba instituciones sólidas, ponía en marcha iniciativas de desarrollo y reforzaba sus alianzas regionales e internacionales. Así, la disputa entre ambos países dejó de ser un mero desacuerdo político para convertirse en una divergencia estratégica en la filosofía de la acción exterior: Argelia apuesta por una política de cautela y defensa basada en la disuasión y el cierre de fronteras, mientras que Marruecos practica una política de iniciativa proactiva sustentada en la apertura, la mediación y una diplomacia económica eficaz.
El resultado es claro: la influencia argelina quedó circunscrita a ámbitos limitados en el Sahel, mientras que el papel de Marruecos se expandió hasta las capitales de África Occidental y los centros de decisión en Europa y EE. UU, mediante una política de internacionalización del realismo marroquí en lugar de sumirse en la lógica de la nacionalización del conflicto y la confrontación negativa.
El ascenso de la diplomacia marroquí no fue fruto del azar, sino el resultado de una visión estratégica de largo plazo que parte de la premisa de que la influencia no se impone solo por la fuerza, sino que se construye mediante la confianza, la continuidad y la capacidad de ofrecer soluciones prácticas y aplicables. Hoy, Marruecos ya no es únicamente una voz que defiende una «causa nacional», sino un actor regional que perfila una nueva lógica en materia de seguridad y desarrollo, convirtiendo los desafíos en oportunidades para reforzar la estabilidad y la influencia en la región, y demostrando que la estabilidad y la eficacia sobre el terreno son los pilares fundamentales de una política exterior influyente.
3) La reconfiguración de alianzas conforme al concepto de “la estabilidad productiva”
El concepto de «estabilidad productiva» constituye una clave esencial para comprender el ascenso estratégico de Marruecos en la región. Es un concepto que se opone radicalmente tanto al de la estabilidad negativa, que algunos regímenes aplican al congelar los conflictos, como al de la estabilidad coercitiva basada en la represión securitaria, para proponer una alternativa basada en la creación de valor real a través de la estabilidad y la eficacia práctica.
En el marco de esta nueva dinámica, que le ha conferido confianza por parte de la comunidad internacional, Marruecos está llamado a ir más allá de su papel tradicional, el de preservación de la seguridad interna, y a exportar así la estabilidad como un producto político y económico con el que los países africanos y los actores internacionales puedan interactuar, y del que todos puedan beneficiarse. Mediante sus múltiples iniciativas —ya sea reforzando la cooperación en materia de seguridad en el Sahel, impulsando el comercio intra africano o poniendo en marcha proyectos conjuntos en materia de energía e infraestructuras—, Marruecos busca tejer una red de alianzas basada en los intereses mutuos, y no en lealtades ideológicas o disputas políticas.
Este enfoque está reconfigurando el mapa de las alianzas regionales, convirtiendo a Marruecos en un punto de convergencia de varios ejes: Un eje africano que mira hacia el sur, en dirección al Sahel y África Occidental, un eje euro-mediterráneo que se extiende hacia el norte, en dirección a Europa y la ribera sur del Mediterráneo, y un eje Sur–Sur que conecta América Latina con África y el mundo árabe, dentro de una dinámica integrada de cooperación y convergencia.
En este sentido, y gracias a su posición geográfica y a su diplomacia multidimensional, Marruecos ocupa un lugar central en un triángulo geopolítico que vincula África con el espacio atlántico y mediterráneo. Y ante el retroceso de la estabilidad en las zonas vecinas, Marruecos se erige en una válvula de seguridad regional, capaz de mediar y albergar soluciones en lugar de exportar conflictos, reafirmando que la estabilidad no es un fin en sí misma, sino una herramienta estratégica para generar influencia y legitimidad internacional.
IV: Qué deben hacer los demás actores ante el nuevo escenario
A la luz de la consolidación del proyecto de autonomía, el cambio no se limitó a reconfigurar el equilibrio de poder y de credibilidad a favor de Marruecos, sino que también impuso a las demás partes un compromiso realista que exige adaptación estratégica, reposicionamiento e inversión en las nuevas oportunidades. Esta dinámica estratégica puede leerse desde tres vertientes operativas: Argelia y el Frente Polisario; las Naciones Unidas; amén de los socios regionales e internacionales, disponiendo cada actor de un abanico de opciones y mecanismos que le permiten interactuar de manera constructiva con la nueva realidad en lugar de aferrarse a reacciones estériles.
En lo que respecta a Argelia y al Frente Polisario, la persistencia en la lógica del «rechazo» absoluto obstaculiza las oportunidades de consenso y prolonga la situación de inestabilidad regional. Por el contrario, el enfoque de Marruecos —basado en una autonomía efectiva y en el desarrollo sobre el terreno— ofrece un modelo práctico que obliga a las demás partes a reevaluar sus opciones estratégicas. Ambas partes pueden pasar de una doctrina de inmovilismo a una cultura de negociación pragmática, en la que el proceso se gestione de forma que permita salvar la cara y equilibrar entre demandas y garantías realistas.
La aplicación de la autonomía consolidará una visión práctica que salvaguarde los derechos culturales y económicos de la población mediante mecanismos de supervisión que gocen de credibilidad internacional y regional; asimismo, reforzará la lógica de la integración magrebí a través del comercio compartido, el desarrollo de infraestructuras y la reactivación del Consejo de Diálogo del Magreb. Esta senda impone a Argelia la necesidad de un compromiso activo y de abandonar el lenguaje del inmovilismo en favor de los intereses del pueblo argelino y de toda la región. Es evidente que persistir en el rechazo conducirá al aislamiento diplomático y a la pérdida de oportunidades de desarrollo, mientras que una implicación realista ofrece ventajas políticas y económicas sostenibles a largo plazo.
En cuanto a las Naciones Unidas, el dispositivo de acción internacional ya no resulta suficiente si se limita a los «buenos oficios» y a la mera gestión de los conflictos. La consolidación práctica del proyecto de autonomía exige que el papel de la Organización evolucione para convertirse en un socio activo en la fase posterior al arreglo, coordinando y facilitando el apropiamiento del proyecto por las distintas partes y el desarrollo, y supervisando la transición política. Entre las medidas propuestas: establecer mecanismos institucionales para apoyar a Marruecos y acompañarlo en la implementación de la autonomía; pasar de las declaraciones de buenos oficios a programas de financiación técnica y apoyo a la gobernanza local; y adoptar el modelo marroquí como referencia práctica. Esta transformación refuerza el papel de la ONU como actor que respalda soluciones realistas, en lugar de conformarse con una neutralidad tradicional.
Por lo que respecta a los socios regionales e internacionales, el reto que enfrentan hoy va más allá de la mera consolidación del proyecto de autonomía en el plano onusiano. Deben comprender que la estabilidad del Sáhara constituye una palanca para la estabilidad regional y una oportunidad estratégica para invertir en el desarrollo y fortalecer las relaciones de cooperación Sur–Sur y Norte–Sur. Están ante un abanico de opciones prácticas claras con las que pueden contar: respaldar el modelo marroquí como pilar de la seguridad regional; fomentar inversiones en las provincias del sur para traducir el apoyo político en proyectos tangibles sobre el terreno; y convertir las posturas diplomáticas en empresas de cooperación efectivas que incluyan el intercambio de experiencias y conocimientos, el apoyo a la gobernanza local y el refuerzo de la integración de la población en el proceso de desarrollo.
Estas políticas convierten el apoyo en beneficios tangibles para las comunidades locales, construyen vínculos económicos recíprocos que hacen menos atractiva la vuelta al conflicto y otorgan a los países socios una posición real de fuerza en el diseño del futuro regional.
Queda claro, por tanto, que el éxito en la consolidación de la autonomía no es el final de la tarea, sino el comienzo de una nueva fase de redistribución de papeles y responsabilidades. La realidad política obliga a cada parte a elegir entre una implicación constructiva —con arreglo a sus condiciones y ventajas— o permanecer en la casilla del desastre lento, que va del aislamiento diplomático a la pérdida de oportunidades de desarrollo. La estrategia más eficaz en este contexto se basa en una premisa nítida: la legitimidad se acredita con logros, la estabilidad se construye con proyectos y la política eficaz se traduce en instituciones. Quien comprenda este principio y actúe en consecuencia se asegurará un lugar en la arquitectura del futuro regional; quien insista en el inmovilismo seguirá cautivo de un discurso que no produce resultados tangibles ni protege sus intereses.
V: Apuestas de futuro: del reconocimiento al empoderamiento
En conclusión, puede afirmarse que la consolidación del proyecto de autonomía no es el fin del trayecto, sino el comienzo de una nueva etapa que exige pasar del mero reconocimiento internacional de la iniciativa al empoderamiento de las instituciones y de los actores locales, así como al asentamiento de un modelo marroquí avanzado de buena gobernanza. Esta fase representa un horizonte estratégico que permite transformar los logros diplomáticos en fuerza tangible sobre el terreno y refuerza la capacidad de Marruecos para consolidar su posición regional e internacional con eficacia y solidez.
1) La puesta en marcha de las instituciones regionales
La iniciativa marroquí ha superado el marco del compromiso político y hoy requiere implantar instituciones regionales integrales, capaces de gestionar los asuntos locales con eficacia y transparencia, de modo que la autonomía se convierta en una realidad palpable. La puesta en marcha de dichas instituciones cumple varios objetivos estratégicos:
Reconfiguración del poder local: otorgar a los consejos electos competencias plenas en planificación, presupuestación y desarrollo, en consonancia con los requisitos de implementación de la autonomía.
Refuerzo de la transparencia y la rendición de cuentas: establecer mecanismos de control del desempeño y de evaluación de proyectos para garantizar la prestación de servicios efectivos y tangibles a la población.
Consolidación de la implicación comunitaria: implicar a las tribus, los partidos, las asociaciones y a la sociedad civil en la toma de decisiones, para que la autonomía no sea un mero eslogan, sino una práctica cotidiana real.
De este modo, las provincias del sur se convierten en un laboratorio de buena gobernanza local que permite ensayar herramientas de gestión eficaces y replicables dentro y fuera del país.
2) Convertir la autonomía en un modelo marroquí de buena gobernanza local
La apuesta estratégica reside en transformar la iniciativa en un estándar global, de modo que la autonomía en el Sáhara marroquí se convierta en un modelo a seguir:
Establecer un equilibrio entre la autoridad central y el empoderamiento local: esto permite preservar la unidad del Estado a la vez que refuerza la participación de la población local en la gestión de sus asuntos cotidianos.
Integrar desarrollo económico y social: ello supone englobar educación, infraestructuras, pymes e inversión en recursos naturales dentro de una estrategia integral de estabilidad.
Preservar la identidad cultural y comunitaria: lo que garantiza la representación local y el respeto del acervo cultural en el núcleo del proceso de toma de decisiones.
Con esta visión, Marruecos se erige en referente mundial para la formulación de soluciones a los conflictos regionales, mediante una aproximación gradual que combina legitimidad política, desarrollo sobre el terreno y estabilidad social, demostrando su capacidad para traducir las visiones diplomáticas en logros estratégicos concretos.
3) Ampliar la influencia marroquí mediante el poder blando y la cooperación Sur–Sur
El empoderamiento local trasciende el objetivo interno para convertirse en herramienta estratégica que refuerza la influencia regional e internacional de Marruecos:
Poder blando: Marruecos invierte su cultura, sus programas educativos, sus iniciativas religiosas y su diplomacia cultural para afianzar su imagen como actor responsable y fiable en África y a escala internacional, consolidando su posición como potencia de estabilidad y no como mero espectador.
Cooperación Sur–Sur: mediante proyectos conjuntos con países africanos, Marruecos contribuye al desarrollo sostenible, la seguridad y las infraestructuras, ampliando su red de asociaciones y confirmando su papel de vínculo entre el norte y el sur del continente, además de convertir su estabilidad en plataforma para la inversión regional.
Capitalizar los logros diplomáticos: Marruecos refuerza su posición dentro de la Unión Africana, las Naciones Unidas y otras instituciones regionales ofreciendo un modelo práctico de autonomía adaptable a otros conflictos, con lo que el reconocimiento internacional se transforma en influencia tangible sobre el terreno.
De esta manera, Marruecos se impondrá como una fuerza productiva en materia de seguridad, desarrollo y política, lo que convertiría el reconocimiento internacional de su iniciativa en empoderamiento estratégico con resultados concretos y consolidaría el liderazgo del país en la región y en el mundo.
En resumidas cuentas, la consolidación del proyecto de autonomía debería entenderse como un punto de inflexión estratégico en la trayectoria del conflicto sobre el Sáhara. En efecto, Marruecos no se ha limitado a obtener reconocimiento internacional, sino que ha transformado ese reconocimiento en instrumentos efectivos de empoderamiento sobre el terreno, demostrando que la legitimidad no se mide solo por las palabras, sino por los logros tangibles. Por su parte, los demás actores se ven hoy obligados a reorientar su lectura de la nueva realidad: para Argelia y el Frente Polisario, hacia el realismo político; para las Naciones Unidas, hacia el acompañamiento de la etapa pos acuerdo; y para las grandes potencias, hacia la canalización de su apoyo político en proyectos de desarrollo concretos.
Hoy, Marruecos no es un mero defensor de una «causa», sino el conductor del tránsito de la situación de conflicto a la de solución y de la simple legitimidad al liderazgo efectivo. Esta etapa representa una oportunidad para articular una estrategia colectiva basada en el beneficio mutuo: la reintegración de los actores regionales en una lógica de complementariedad y desarrollo; el empleo de los mecanismos de la ONU para apoyar la implementación —no la gestión simbólica—; y la orientación de la inversión internacional hacia proyectos de desarrollo estratégicos que refuercen la paz y la estabilidad a largo plazo.
El reto actual consiste en demostrar que convertir el reconocimiento internacional en empoderamiento sobre el terreno, y vincular la legitimidad con resultados reales, es la vía más eficaz para construir un modelo de autonomía sostenible que aporte estabilidad, impulse el desarrollo y sitúe al Reino en la primera línea del liderazgo regional e internacional.








