Entrevistado por Toufiq Slimani
En el marco del Proyecto de Ramadán de Mares30 —Entrevistas ramadanescas con hispanistas marroquíes—, el diario continúa publicando la conversación con Mohammed Benabdelkader (Tetuán, 1961), hispanista, investigador y exministro marroquí.
En esta cuarta entrega, el exministro describe una España polarizada, con un centro debilitado y equilibrios políticos condicionados por fuerzas independentistas.
También destaca que la posición del Gobierno español sobre la guerra en Oriente Medio ha generado en Marruecos reacciones prudentes.
Finalmente, subraya la importancia de un hispanismo de proximidad para reforzar el diálogo entre Marruecos y España.
Cabe señalar que, una vez concluido el mes de Ramadán, Mares30 dará continuidad a este proyecto editorial bajo una nueva denominación —“Entrevistas primaverales”—, manteniendo el mismo espíritu de análisis, diálogo y proyección cultural que ha caracterizado esta serie.
Percepción actual de España. ¿Cómo percibe hoy a España, tanto desde una perspectiva cultural e intelectual como desde su posición de hispanista marroquí, en un contexto marcado por transformaciones políticas, sociales y geoestratégicas?
Lo primero que me gustaría resaltar sobre mi percepción personal de la España actual, es que, en este país tan maravilloso, parece que el pasado nunca pasa, que la derecha siempre encuentra formas diferentes de adaptarse a las evoluciones de la sociedad, sin abandonar nunca nada de sus fundamentos, que la izquierda radical permanece presa de su nostalgia, contemplando con amargura una Transición que no le dio su utopía soñada, que el centro ha perdido su lugar en un tablero político roído por una polarización devoradora, y que la salvación de las coaliciones gubernamentales depende en última instancia del capricho de los partidos independentistas.
Dicho eso, debo subrayar que España contemporánea ha conocido, desde la Transición y especialmente desde los años 1990-2000 hasta periodos recientes de expansión (incluyendo la recuperación post-2008 y post-pandemia), un crecimiento económico sostenido en varias fases, con una notable expansión de la clase media durante décadas. Este estrato social, que llegó a representar alrededor del 60% de la población en algunos momentos, se convirtió en el pilar visible de la modernización del país, con acceso masivo a la educación superior, expansión de la sanidad y educación públicas, aumento del consumo, urbanización, integración europea y un Estado del bienestar relativamente sólido en comparación con el pasado.
Sin embargo, pese a estos logros innegables, que han consolidado instituciones democráticas estables, alternancia en el poder y un nivel de desarrollo comparable al de Europa occidental, varias nubes negras se acumulan a corto plazo en el horizonte político y social. Me refiero a aquellas tensiones sociopolíticas que no anulan los avances, pero amenazan con erosionar la cohesión social y la calidad democrática si no se abordan.
La política española, para explicarme, ha entrado en una fase de polarización afectiva muy intensa, el adversario político ya no es solo un competidor, sino un enemigo moral. Encuestas recientes muestran que alrededor de 5 millones de españoles han roto relaciones familiares o de amistad por discrepancias políticas en 2025, y siete de cada diez ciudadanos perciben más crispación que hace un año. Esta dinámica trasciende lo ideológico y afecta la vida cotidiana. Lejos de ser un simple ruido mediático, erosiona el capital social que sostuvo la Transición y pone en riesgo la legitimidad de las instituciones democráticas.
Junto a otros factores críticos, la polarización extrema, configura un cóctel explosivo que amenaza la solidez democrática construida pacientemente durante décadas. La ausencia de reformas estructurales profundas —que promuevan una regeneración institucional creíble y un pacto transversal contra la crispación política— podría transformar estos nubarrones en una tormenta capaz de erosionar la gobernabilidad, menoscabar la calidad democrática y fracturar irreversiblemente la cohesión social que sustenta la convivencia nacional.
En Marruecos conservamos una percepción notablemente positiva de España, y desde luego deseamos de corazón lo mejor para nuestros vecinos ibéricos, pues resulta de nuestro interés supremo contar con una democracia sólida y próspera en nuestra inmediata vecindad. No en balde, recordamos que uno de los factores geopolíticos más desfavorables al desarrollo democrático en Marruecos fue precisamente estar rodeados al este por el régimen dictatorial de partido único argelino y al norte por la dictadura franquista, cuyo peso histórico nos enseñó el valor impagable de una España democrática y estable a las puertas de Estrecho.
¿Y cómo evalúa usted el posicionamiento geopolítico de España en el contexto actual de guerra en el oriento medio?
La reciente posición del gobierno de Pedro Sánchez respecto al conflicto en Oriente Medio, particularmente su firme oposición a los ataques militares estadounidense-israelíes contra Irán, calificados de «desastre» y «error extraordinario» por vulnerar el derecho internacional, junto con el categórico rechazo al uso de las bases de Rota y Morón, y su línea consistentemente crítica hacia Israel en Gaza desde 2023 (reconocimiento del Estado palestino, embargo de armas, retirada definitiva de la embajadora en Israel), ha generado en la opinión pública marroquí reacciones contrastadas y mayoritariamente prudentes.
Ciertos medios y observadores han destacado positivamente su llamamiento al respeto del derecho internacional y a la desescalada, presentándolo como una voz valiente en Europa, simbólica para amplios sectores de la opinión internacional y las redes sociales. Sin embargo, un amplio espectro de la opinión pública marroquí mantiene un silencio mesurado o reservado, sin apoyo explícito ni glorificación pública. Entre los escépticos de la opinión informada —analistas y comentaristas en redes sociales— predomina la percepción de que está marcada hostilidad hacia Donald Trump e Israel encubre en realidad un calculado reposicionamiento regional español ante el ascenso consolidado de Marruecos como potencia magrebí y africana. Esta lectura interpreta las posturas de Sánchez no solo como un cálculo electoral interno (herencia antiguerra del PSOE, base izquierdista, popularidad frágilizada), sino como una reacción defensiva ante un Marruecos percibido como excesivamente asertivo: acercamiento estratégico con Estados Unidos, Acuerdos de Abraham, reconocimiento de la marroquinidad del Sáhara en 2022, invitación como miembro fundador al Consejo de la Paz, creciente influencia en el Sahel y transformación económica notable. Al distanciarse de Washington y Tel Aviv, Madrid buscaría según algunos comentaristas marroquíes, pero también extranjeros, reubicarse geopolíticamente y recuperar legitimidad «antiimperialista» en el Sur Global, mientras disimula como señalaron algunos medios españoles, un serio temor al debilitamiento atlántico que abriría ventanas a “reclamaciones territoriales marroquíes incluso en Canarias”!!
Así que mientras unos celebran la postura de Sánchez como expresión de un europeísmo valiente y comprometido con el multilateralismo frente a la hegemonía atlántica, otros —particularmente en círculos analíticos— la interpretan como maniobra táctica para contrarrestar el ascenso imparable de Marruecos como actor regional decisivo.
¿Cómo interpreta usted esta lectura claramente contrastada en el seno de las interpretaciones marroquíes sobre las posiciones españolas de política exterior, especialmente respecto a la relación con Estados Unidos y, Israel?
Es preciso reconocer que esta lectura abierta y contrastada en el seno de las interpretaciones marroquíes sobre algunas posiciones españolas, ya había sido señalada con eventos previos igualmente inesperados: la invitación —inédita y provocadora— de un representante del Frente Polisario al XXI Congreso Nacional del Partido Popular en julio de 2025. Pese a que el PP ha sido tradicionalmente percibido en Marruecos como distante de estos separatistas manipulados por Argelia y prudente en el asunto del Sahara marroquí, esta presencia sorprendió a la opinión pública marroquí y desató una ola de indignación en medios y analistas especializados. Calificada de «anti-marroquí», «hostil» o «chantaje político» por amplios sectores de la prensa marroquí, esta invitación no generó lecturas contrastadas en Marruecos, sino explicaciones poco convincentes: cálculo interno para marcar oposición frontal al gobierno de Sánchez? Intento de reequilibrio ante presiones regionales? O simple gesticulación simbólica en un congreso dominado por debates sobre inmigración y seguridad? Las reacciones de expertos y medios marroquíes, por vehementes que hayan sido, no han logrado tejer una hermenéutica clara y unánime sobre las motivaciones íntimas del PP, ni elucidar los resortes que suelen impulsar a ciertos actores políticos españoles a desplegar en su relación con Marruecos, conductas tan imprevisibles y refractarias a la lógica de la racionalidad política convencional.
Acaso es necesario recordar la escalada militar de Aznar en el islote del Perejil en julio de 2002? La acogida en España del jefe de la banda separatista Ibrahim Ghali bajo falsa identidad en abril de 2021? la presentación por parte del Partido Popular (PP) ante la Comisión de Asuntos Exteriores del Congreso de los Diputados de una proposición no de ley que exigía el restablecimiento de la «histórica posición de neutralidad activa» de España respecto a la cuestión del Sáhara marroquí? O tal vez recordar esa curiosa y fulgurante proliferación de plataformas digitales obnubiladas por el armamento del vecino del sur, o las publicaciones de antiguos militares españoles sobre escenarios posibles de una eventual guerra contra Marruecos?
Esta acumulación de eventos deja la impresión persistente de que, pese a la notable mejora en la percepción de España por parte de la opinión pública marroquí —gracias a la revolución mediática que ha democratizado el acceso a fuentes españolas en directo, las redes sociales y la creciente cobertura en español de los medios marroquíes—, Aún resta redoblar los esfuerzos por penetrar en profundidad los resortes íntimos de la cultura política española contemporánea, y viceversa, en un ejercicio recíproco de comprensión mutua que ilumine las complejas dinámicas bilaterales.
Hasta cuándo, ante cada crisis política o diplomática, resurgirá casi inevitablemente —tanto en España como en Marruecos— esa misma pregunta ineludible: por qué, pese a la intensidad de nuestras relaciones y la riqueza de nuestra historia compartida, aún nos sucede a veces no lograr una comprensión plena del otro? Esta interrogante reaparece periódicamente, como un eterno retorno nietzscheano, recordándonos que la proximidad geográfica y la profusión de intercambios no bastan por sí solas para garantizar una comprensión mutua, profunda y duradera.
En efecto, esta preocupación no es nueva: se formula de manera explícita en el primer acuerdo relevante de la historia reciente entre ambos países, fechado en 1991, cuando se firmó en Rabat el Tratado de Amistad, Buena Vecindad y Cooperación, tras años de frío diplomático cuyos orígenes se remontan al pasado colonial. En dicho tratado, ambas partes se comprometen a “promover un mayor y más fuerte conocimiento mutuo, al objeto de eliminar viejos malentendidos y aprensiones colectivas que impiden una mejor comprensión entre sus sociedades y pueblos”. Por ello, en el momento actual —en que nuestras relaciones bilaterales atraviesan el mejor capítulo de su historia—, el desarrollo e institucionalización de un hispanismo de proximidad en Marruecos podría desempeñar un papel estratégico crucial, contribuyendo a una comprensión más rigurosa y matizada de la cultura, la historia y las sensibilidades intelectuales y políticas españolas, tejiendo los hilos de un diálogo intelectual profundo, que refuerza las dinámicas diplomáticas constructivas entre los dos Reinos.









