Entrevistado por Toufiq Slimani
En el marco del Proyecto de Ramadán de Mares30 —Entrevistas ramadanescas con hispanistas marroquíes—, el diario conversa con Mohammed Benabdelkader, hispanista, investigador y exministro marroquí, además es doctor en sociología de comunicación y profundo conocedor del panorama político marroquí y regional.
Nacido el 15 de abril de 1961 en Tetuán, una ciudad marcada por su pasado como capital del protectorado español en el norte de Marruecos, Benabdelkader pertenece a una generación para la cual la lengua española no era simplemente una lengua extranjera, sino una presencia cotidiana en la vida social, cultural y urbana.
En esta conversación con Mares30, Benabdelkader recorre con detalle los orígenes de su relación con el idioma de Cervantes, evocando el Tetuán de su infancia como un espacio de convivencia lingüística y cultural donde el árabe, el español y el tarifit formaban parte del paisaje sonoro de la ciudad. Su testimonio ofrece no solo una memoria personal, sino también una mirada sociológica y cultural sobre el hispanismo marroquí, sus raíces históricas y su evolución.
Por la riqueza de su relato y la profundidad de sus reflexiones, Mares30 ha optado por publicar esta entrevista en siete entregas, difundiendo cada respuesta por separado cada tres días, con el objetivo de permitir al lector apreciar con mayor detenimiento las ideas y experiencias de nuestro invitado.
Podría describir su primer contacto con la lengua española y los factores – personales, familiares o contextuales- que influyeron en su decisión de estudiarla y dedicarle posteriormente su trayectoria intelectual y profesional?
En los años 60, cuando yo abrí los ojos al mundo, el ruido que surgía de los callejones de Tetuán era una sinfonía vibrante de árabe, español y tarifit entrelazados en el trajín diario de tertulias, pregones y murmullos. Por tanto, preguntarle a un tetuaní por su «primer contacto» con la lengua española es un casi sinsentido, es como preguntarle a un costeño por la primera vez que acarició la espuma del mar antes de desvanecer al tocar la orilla, o preguntarle cuando comenzó a apreciar el cante de las gaviotas revoleando los pesqueros.
No era un encuentro puntual, sino una inmersión progresiva, o más bien una largo e intenso proceso de educación auditiva, que se filtraba por los poros de la infancia, a través de voces y ritmos que, con aquel melódico y dulce acento andaluz, resonaban a lo largo del día en nuestras pequeñas mentes. Cabe destacar entonces, que en un contexto de proximidad geográfica conviene considerar los anclajes identitarios ligados a realidades políticas, sociales y culturales que forjan identidades híbridas, como es el caso de la antigua capital del protectorado español, donde la lengua de Cervantes no era un simple botín de guerra, sino un impresionante hilo invisible en el tejido sonoro de la ciudad.
En la medina antigua de Tetúan, donde las sombras de las murallas medievales aún susurran ecos de una larga historia compartida, nací yo en un mundo de callejones moriscos empedrados y aromas a jazmín y almizcle. Pero mi verdadera infancia no se forjó dentro de las murallas de la Medina, sino en un cruce mágico entre la antigua ciudad con sus laberintos estrechos entretejidos de cofradías y mezquitas, y el ensanche moderno con sus edificios coloniales y arquitectura.
En el pulso de esa encrucijada, entre la Judería (el Mellah) y la Plaza de España (el Feddan) late la célebre calle de la Luneta, ese corazón palpitante de un barrio habitado por una población musulmana, judía y cristiana de origen español y que bullía de vida como un cuadro de Murillo capturando esa vitalidad serena y armonía popular. Crecí allí desde que tenía cinco años, en medio de comercios indios que desbordaban sedas y perfumes, del Teatro Nacional transmutado en cine, donde se estrenaban películas romanas de espada y sandalia y westerns polvorientos de vaqueros indómitos, allí entre relojerías suizas, pensiones bohemias, cafés humeantes de tertulias eternas, estancos exhalando aromas de tabaco negro, y pastelerías que tentaban con napolitanas crujientes, hojaldres rellenos de crema y deliciosas milhojas de merengue.
Era un barrio animado, un mosaico vivo donde los niños —yo entre ellos—jugábamos al aire libre bajo los balcones de hierro forjado, las canicas, el escondite y otros juegos simples que fomentaban la imaginación y el contacto social. Recuerdo a Alejandro y Jacobo, mis inseparables compañeros de vecindad, el primero de una familia de origen malagueño con sus rizos rubios y ojos azules, el segundo de padres sefardes con su tez oliva clara y sus pantalones cortos de algodón. Entraba en sus casas como si fueran extensiones de la mía. Tras largas tardes callejeras, solíamos acompañar a Alejandro a su casa en la hora sagrada del Telediario, donde me cautivaba el ritual del atardecer: la mesa ya cargada de copas de vino tinto reluciente, pan con tomate tostado, trocitos de tortilla española humeante y jamón serrano cortado en finas lonchas. Así observaba yo cómo vivían los españoles, absorbía sus ritmos pausados, y contemplaba con mucha curiosidad sus diferencias. En el barrio celebrábamos con ellos bodas alborozadas con bailes frenéticos al son de guitarras flamencas y castañuelas, y las Nochebuenas resonando con villancicos interpretados en la radio por Lola Flores y Manolo Escobar, en ese castellano andaluz que ya era parte de nuestro ser.
Entre risas compartidas y puertas abiertas, brotaron mis primeras palabras en español. No fue un aprendizaje formal, de pupitres y pizarras, sino un bautismo natural, como el agua del mar que lame las playas de Martil. «Pásame la pelota, Alejandro!», gritaba yo, y él respondía con un «Venga Mojamed, yallah!». Jacobo me enseñaba a decir «buenas noches» antes de que el barrio se apagara bajo las estrellas. Aquel español no era solo una lengua, era el sabor del flan en las fiestas, el eco de las coplas en la radio, el calor de abrazos judíos y católicos entrelazados en una convivencia que el tiempo ha hecho legendaria. Allí mismo, en esa fascinante calle de la Luneta, ocurrieron los primeros acontecimientos de la célebre novela Tiempos entre costuras, allí hubo el primer escenario vital estable de Sira en Marruecos, donde se alojaba en la pensión de Candelaria y desde ese espacio intenso inició su reconstrucción personal y social.
Mi precoz inmersión lingüística en los callejones de la Luneta no tardó en conocer un empuje significativo cuando, por primera vez, la casa se llenó de alegria familiar al poder instalar su primer televisor en el medio del modesto salón. Aquel aparato, un mueble reluciente de válvulas y antena serpenteante, se convirtió en el nuevo corazón sonoro del hogar, en una ventana abierta a un mundo mágico que solo hablaba castellano.
Aquel día, el aire en la azotea olía a pino fresco; que la brisa soplaba desde el monte Ghorghis, una ráfaga limpia y resinosa que parecía bendecir nuestra tarea, mientras mi padre, con la ayuda inestimable de nuestro vecino Paco y su yerno Antonio que tenían un taller de carpintería en la esquina, alzaba la frágil varilla de la antena hacia el cielo. Paco, cuyas manos conocían el secreto de unir maderas y destinos, sostenía el mástil con la firmeza de quien sabe que está erigiendo algo más que un simple poste; estaba levantando el puente hacia un nuevo mundo. Recuerdo el crujido de los cables al ser conectados, un sonido seco y eléctrico que pareció romper el silencio de una época, mientras mi padre, Paco y Antonio intercambiaban sonrisas de complicidad, satisfechos por haber domado juntos esa tecnología que pronto nos traería el universo hasta el salón.
Cuando bajamos las escaleras con el corazón acelerado y encendimos aquella caja negra, la pantalla cobró vida entre estática y nieve, hasta que la imagen se fijó nítida y temblorosa. No fue solo un dibujo en movimiento lo que apareció ante nuestros ojos, sino la apertura definitiva de una ventana mágica que jamás volvería a cerrarse a lo largo de mi infancia. Aquel televisor, instalado gracias a la amistad y el ingenio de mi padre y Paco, se convirtió en el tercer pilar de mis días, equilibrando el tiempo entre las carreras por el barrio, la disciplina de la escuela y los momentos de puro éxtasis frente a la pantalla.
Desde entonces, mi vida se repartió entre esos tres mundos: la calle polvorienta donde jugábamos a ser héroes, la escuela donde aprendíamos a leer, contar y escribir, y la esquina en casa, donde la televisión nos enseñaba a soñar. Allí desfilaban las tardes de programas infantiles, las noches de películas del Oeste con vaqueros de mirada profunda, y más tarde, la complejidad de las novelas, la cultura del teatro universal y la gravedad de unas noticias que empezaban a susurrar cambios. Y cómo olvidar la fascinación hipnótica de El hombre y la tierra, donde Félix Rodríguez de la Fuente nos revelaba los secretos de la naturaleza, completando esa educación sentimental que mi padre, Paco y Antonio, sin saberlo, habían comenzado aquel día en la azotea. Fue un día inolvidable, el instante preciso en que la magia entró en casa de la mano de la amistad y se quedó a vivir para siempre.
Aquel televisor, instalado con la maestría de mi padre y las manos carpinteras de nuestros vecinos, no solo trajo imágenes a nuestra casa, sino que impuso la lengua española en nuestras pequeñas mentes como una continuidad inquebrantable que fluía desde la pantalla hasta la calle y la escuela. Ese hilo lingüístico tejía un destino común para los niños del barrio, incluidos mi hermano mayor, quien fue como otros niños de su edad, escolarizado en el colegio Jacinto Benavente, Sin embargo, recuerdo con una extraña mezcla de orgullo y perplejidad, la decisión de mi padre cuando cumplí los seis años y medio, no sé qué pasó por su cabeza, quizás un deseo de arraigo profundo o una intuición sobre mi futuro, cuando me inscribió en la escuela pública marroquí Ibn Jaldún, rompiendo temporalmente ese flujo educativo hispano.
A pesar de aquella desviación inicial hacia el árabe en las aulas, dos años después, logré tejer por mí mismo mi propia continuidad del español, más allá de la televisión y los juegos en la calle. Fue entonces cuando descubrí el santuario silencioso de la biblioteca del Instituto Cervantes, situada muy cerca de nuestro barrio, un lugar que se convirtió en mi refugio personal y en mi verdadera escuela secreta. Allí, entre el olor a papel viejo y el silencio respetuoso, devoraba los tebeos de Tarzán, el señor de la selva, y las aventuras épicas del Capitán Trueno, cuyas espadas y valores caballerescos continuaron a forjar mi imaginación.
Aquella biblioteca fue el puente que mi padre, sin saberlo, me permitió construir para rescatar el idioma que fluía en la casa gracias a la antena de la azotea. Allí, en el silencio espeso de la sala de lectura infantil, bajo la mirada tierna de la bibliotecaria – aquella señora mayor muy maquillada y con minifalda atrevida – aprendí a navegar en solitario por el mar de las palabras, encontrando en los cómics de héroes impertérritos la misma magia que antes había visto en las películas del Oeste y en series como Crónicas de un pueblo o en los documentales como El hombre y la tierra. Así, el español dejó de ser solo la lengua del televisor o de la vecindad del barrio, para convertirse en mi territorio personal, un reino de papel y tinta al que podía acceder solo, a mis ocho años, con la llave de la lectura en la mano.
Aquellos años forjaron mi decisión: personalmente, la curiosidad de un niño por el «otro» que era tan familiar, familiarmente, porque mis padres, testigos de esa fusión cultural, me animaban a cruzar umbrales, contextualmente, en un Tetúan poscolonial donde el español era puente entre mundos, herencia viva de un pasado compartido. Aquel primer contacto con la lengua de Cervantes no se diluyó, se convirtió en una fuente cultural dentro de mi trayectoria intelectual y profesional. Apropiarme des esta lengua fue reivindicar esa infancia, honrar la Luneta que me enseñó que las lenguas no se aprenden en la escuela, se adquieren en el seno de la sociedad, también me enseñó que conocer los idiomas de otros es conocer mejor a otros.









