20 junio 2026 / 02:57

La Casa del Periodismo

De moros y cristianos, otra vez (1/2)

mares30 - diciembre 12, 2024

Mohamed Abrighach*

Nunca estuvo bien en España. Sentado en su poyo frente a las costas gaditanas, sentía que un ligero y suave dolor, como una lágrima silenciosa, le recorría las entrañas. La vida seguía, sin embargo, y él esperaba en el fondo de sus esperanzas que este brazo de mar tan peligroso, algún día los hombres y las mujeres hiciesen de él un puente ancho y seguro que una a dos países y a dos continentes. Podría ser el primero de la historia de la humanidad”.

 Dris Bouissef-Rekab Luque


Enviado por un amigo escritor desde Madrid, me llegó muy tarde y después de casi un mes de espera. Lo leí muy rápido y en poco tiempo. Me refiero a
Paquita en tierra de moros (2024), último libro narrativo y el primero de su género en lengua española de su autor francófono e hispanófono Dris Bouissef-Rekab, hermano de otro escritor también tetuaní e hispanista, Mohamed Bouissef-Rekab. 

 

Lo leí, repito, rápido y en breve tiempo porque me atrapó como un imán desde el principio, llevado por mi curiosidad como hispanista por conocer y seguir tanto la singladura íntima de la pequeña saga familiar de los Buissef-Rekab Luque como su proyección colectiva en la historia nacional de los dos países, Marruecos y España. La otra razón tiene que ver con cierto interés personal por cuantas obras de literatura del yo o memorialista se escriben sobre el hispanismo y nuestra relación histórica con la Península Ibérica, dos componentes, entre otros, de nuestra proyección mediterránea e identidad tanto individual y local como nacional. Este pobre servidor se embarcó en esta empresa en Del Rif a Madrid (2019) y Cartas marroquíes a Rosa (2023), al igual que otros experimentados en vivencias fronterizas entre las dos orillas, sean marroquíes como Mohamed Lemrini El-Ouahhabi (2020) y Hassan El-Hamouti Ouass (2024), o españolas como Margarita Ortiz Macías (2003) y Paquita Gorroño (2008), por citar solo estos ejemplos. Similar empresa emprendió Abdelkader Chaoui en algún que otro libro de su ficción autobiográfica y ahora le toca el turno a Dris Bouissef-Rekab, con un añadido especial y muy humano: el homenaje a su difunta madre que, por azar de la historia hispano-marroquí, le tocó casarse con un moro africano y llevar casi toda su vida en Marruecos, entre Tetuán, Rabat y Casablanca. 

 

Paquita en tierra de moros es, en este sentido, un buen e interesante libro actual de moros y cristianos. Su título remite a esta tradición literaria o popular, arraigada en el imaginario español desde la Edad Media. Lo es aún más trascendente en óptica artístico-literaria. Es el primer libro narrativo de Bouissef-Rekab en lengua materna, el español. Una sorpresa editorial que no se esperaba nadie, vista su anterior trayectoria en escritura francófona. Esperamos que no sea el último. La obra que nos ocupa tiene un estilo propio, tan sencillo y sobrio como sugestivo, sin olvidar la carga sarcástico-irónica y su sinceridad y osadía intelectuales que rehúyen la autocensura, las líneas rojas y las concesiones ideológicas. Eso último no lo desarrolla por no tener nada que perder por su edad, sino por convicción y, principalmente, por haber vivido antes en su propia carne la represión y la injusticia: una pena a prisión de trece años contantes y sonantes.

 

Considerando las anteriores observaciones, Paquita en tierra de moros merece más de una atención, más de una reflexión, más de un análisis. Celebro que se haya presentado en Tánger y Tetuán varias veces, lo cual ayuda no solo a su promoción editorial, sino también a la divulgación de su contenido que tiene, según mi humilde opinión, mucha utilidad didáctica no solamente para la gente de a pie de aquí y de allende el Estrecho, sino también para los mismos políticos y diplomáticos de aquí y de allende el Estrecho. Una historia, por cierto, personal, privada y familiar, pero impersonal, pública y colectiva. El presente artículo no pretende ser una reseña, es más bien una lectura personal y subjetiva en que pongo el foco de mi apreciación en algunos de los aspectos que me parecen los más granados del libro.

 

Es una narración con perfil novelesco y base esencialmente autobiográfica y memorialista a la vez en que se expone la historia personal del autor y la de su familia desde la época colonial, los años cuarenta del siglo pasado, pasando con la poscolonial correspondiente a los desagradables tiempos del mandado del rey Hassan II, y terminando con la actual que corresponde a los inicios del segundo milenio. Las relaciones hispano-marroquíes constituyen el trasfondo general que el protagonista vive y analiza simultáneamente en tanto que binacional, hijo de madre española y padre marroquí.

 

A modo de probable advertencia al lector, la narración empieza dejando constancia de dos hechos recurrentes y cruciales para la configuración estructural y diegética del relato. Una metáfora espacial; “un ancho, profundo, contradictorio y peligroso río” llamado: El Estrecho de Gibraltar. Un anhelo filosófico: la unión de las dos orillas, culturas y continentes que el citado río separa y sigue separando. Esto es, una frontera problemática que une y desune a la vez. Estamos, entonces, ante un relato que vuelve a hablar en pleno siglo XXI de historias de moros y cristianos, y de sus correspondientes amores y desamores, conjunciones y disyunciones. 

 

Sentado en un poyo de su casita marroquí, un viejo moro llamado Dris, trasunto del autor real, contempla el agua azul del Mediterráneo y la otra costa que está al otro lado, desde donde, él y su vera, son inversamente contemplados. Una dialéctica de dos orillas contemplantes y contempladas, sujetos y objetos de la historia. Al mismo tiempo, recuerda su pasado y el de su familia, escribiendo, reflexionando y leyendo supuestamente lo que rememora. Un triple proceso, memoria/reflexión, escritura y lectura, que trastrueca los roles actanciales convirtiendo al personaje-narrador del libro en autor y lector del mismo, a usanza cervantina con la sola diferencia de que el moro marroquí de Paquita en tierras de moros, reescribe sus recuerdos y no el manuscrito arábigo encontrado por Cide Hamete Benengeli, como ocurre en Don Quijote de la Mancha. En cierta medida, se dialoga asimismo intertextualmente con Reivindicación del conde don Julián de Juan Goytisolo en la que el protagonista, esta vez español, otea, desde el mismo lugar, la costa de enfrente calculando cómo realizar la futura reconquista e invasión de España. 

 

Paquita en tierra de moros es un relato esencialmente analéptico pero contado, a usanza tradicional, de modo cronológico, aunque con ciertas anacronías en varios pasajes del texto. Empieza por la época colonial, en los dos primeros capítulos, en que transcurre la infancia y adolescencia del protagonista en Tetuán entre la medina y el Bario Málaga, con referencias a la historia de sus padres: su relación sentimental, las vicisitudes de su matrimonio y los problemas posteriores, particularmente de pareja y sociales.  El tercer capítulo se desenvuelve durante el régimen del rey Hassan II. Se focaliza la ficción narrativa, primero, sobre su vida estudiantil, primero en Marruecos, Tetuán y Casablanca particularmente, después, en Francia como estudiante de Filología Hispánica, y segundo, sobre su experiencia carcelaria en la Prisión Central de Kenitra y las circunstancias que aquello supuso para él y su entorno familiar. Al final, cuenta su periplo migratorio en España, su experiencia social y laboral en ella y su defraudación final que le obliga a retornar a su otro país, tema del último capítulo, el Marruecos actual, y su correspondiente reflexión sobre la vida social, política y cultural de este último y su relación con España. En una palabra, el contenido de estas memorias noveladas da para abordar muchos aspectos, pero como el espacio del presente artículo no permite analizar cada uno de ellos con detalles, me limitaría, como he dicho páginas atrás, a poner hincapié en algunos que me parecen más relevantes en virtud de la lectura subjetiva que pretendo realizar y ofrecer al lector.  

 

La descripción realista, así como la interpretación ideológica que ofrece el autor del protectorado se contradicen con otras que se han hecho al respecto tanto por españoles como marroquíes. Como es común en él, el insigne documentalista Ibn Azzuz Hakim, afirmaba en tono admirativamente laudatorio en un congreso celebrado en Rabat en 2008 que, en aquella época que pretendía conocer a fondo, había una “vivencia profunda, sana, de profunda correspondencia” entre protectores y protegidos. Una idealización ideológico-conservadora que está en consonancia con la nostalgia con que los antiguos residentes españoles y algunos marroquíes siguen rememorando el Marruecos español. Se nota incluso en algunos de nuestros escritores actuales en lengua española: claramente en Sibari y tímidamente insinuada en Larbi El Harti y el mismo hermano del escritor, Mohamed, entre otros.  

 

Por lo contrario, Dris está en las antípodas de esta opinión. La defiende teniendo como fuente de información su memoria individual y sus vivencias experimentadas in situ allá por los años cuarenta y cincuenta, y principalmente las de su madre. El diálogo que él establece a lo largo de todo el libro con su madre con sus constantes preguntas al estilo socrático sobre aspectos de la vida cotidiana y política de esta época, así como de las demás, dan a la narración una proyección novelesca y, sobre todo, amenidad en razón de la espontaneidad en ideas y el gracejo andaluz con que se expresa su progenitora al respecto. Según el autor, las comunicaciones, contactos y relaciones entre ambas esferas, léase española y marroquí, eran mínimas. Los moros estaban en su morería/medina, los cristianos en su Ensanche y los hebreos en su judería más cerca de estos últimos que de los primeros. No había convivencia, sino coexistencia, pero sin dialéctica intercultural, es decir, todos juntos, pero no revueltos, como señala el famoso adagio. Su madre se lo confirma con su acostumbrada naturalidad diciendo: “––La verdad es que ellos vivían en sus sitios y nosotros en los nuestros, y sí nos cruzábamos, pues si acaso los “buenos días”, porque no los conocíamos ni nos conocían”. Él lo resume también sin tapujos, acaso con ironía crítica muy propia en él, hablando de las tres comunidades: “(…) ningún individuo de esas tres comunidades se salía de la suya para irse a jugar o a estudiar o a ligar o a lo que fuera con la otra. Las separaciones que existían en tiempo de Paquita, allá por los años cuarenta de aquel siglo doble equis, seguían vigentísimas, como si esas tres comunidades viviesen a miles de kilómetros la una de la otras”. 

 

Esta disyuntiva era extensiva a la órbita de las relaciones sentimentales que no estaban legalmente prohibidas, pero sí, oficiosamente, y mal vistas socialmente, además. Solo se daban en círculos especiales de baja extracción social mayoritariamente. El ejemplo lo ilustra la madre del narrador cuyo matrimonio no fue consentido ni por la iglesia, ni por la familia, por lo que se tuvo que casar por el rito musulmán con la presencia del padre en la escritura del acta matrimonial, pero no en la fiesta, al igual que la madre y las hermanas. Una excomunión familiar casi total. En oposición a muchos de los familiares de los colaboradores con la colonización, Dris no encuentra reparo, ni asomo de traición en la actuación de su padre que era afín al sistema franquista y militaba en las filas de Falange Española y de las JONS; incluso recoge una foto suya con uniforme de este partido y una pistola. Una proporción no poco numerosa de los marroquíes actuó de igual manera beneficiándose de las prebendas coloniales, pero su descendencia actual mantiene esta actuación procolonial o procolonialista en el más supino de los silencios. El padre del autor fue despedido del anterior trabajo para empezar, él y su familia, una vida poco estable e incluso dura y precaria. 

 

La no convivencia entre colonizados y colonizadores descrita por Dris se contradice con la propaganda oficial de la hermandad hispano-marroquí que el régimen franquista pregonaba oficialmente para justificar su presencia colonial en la zona. Varios antropólogos trataron con más análisis este tema, sobre todo José Luis Mateo Dieste quien matiza el anterior concepto refiriéndose a una especie de hermandad en tensión en todas las esferas, incluidas las intersecciones sentimentales, en dos de sus ensayos más conocidos que cualquier interesado por el protectorado debe tener en cuenta: La “hermandad” hispano-marroquí (2003) y A mi querido Abdelaziz… de tu Conchita (2020). 

 

Como su padre estuvo en la Guerra Civil, el viejo Dris emite, como es propio en él en todo el libro, otras reflexiones con respecto a la participación de los marroquíes del protectorado en la contienda. Considera que tal participación fue más económica que ideológica. Llamar hordas salvajes a los marroquíes le parece injusto porque el salvajismo que ellos perpetraron se hizo a órdenes de los superiores militares españoles que son los máximos responsables. La intención de estos últimos no era otra que la de demostrar principalmente su superioridad, la necesidad de civilizar a sus subalternos y la justificación de la colonización de Marruecos y del mismo sistema del protectorado. No tomar en cuenta esta doble dialéctica por la opinión pública española, y particularmente por parte de la izquierda, es, según siempre el escritor tetuaní, muy reprobable y políticamente incorrecto. El protectorado, por lo general, termina sus reflexiones el viejo Dris, no favoreció la cultura porque se preocupó en mantener a la gente en la ignorancia para dominar; sojuzgar y sacar provecho económico, a imagen y semejanza del sistema local del Makhzen. Una reproducción conservadora del mismo sistema al que quería y venía para civilizar en nombre de la pretendida modernidad occidental. 

 

Sentado, como al principio, en el poyo de su casa contemplando Tarifa y dejándose refrescar por la brisa del mar azul, el viejo Dris, muy solitario y cogitativo, sigue recordando su pasado, pero esta vez el relacionado con la época poscolonial: la precariedad social de su familia y la mella que ejercía en su vida diaria social y sicológica; la convivencia conflictiva en el barrio Málaga y el Ensanche, a excepción de algunas familias españolas; sus estudios de primaria y secundaria, en la Alianza Israelita Universal y el Liceo Lyautey en Tetuán y Casablanca respectivamente, y superiores en Francia, en pleno Mayo francés del 68; su trabajo como profesor asistente de lengua y literatura hispánicas en la Facultad de Letras de Rabat; su detención y condena a veinte años de cárcel por luchar contra  la integridad interior del estado,  y, luego, la vida carcelaria y sus adversidades.

 

*Catedrático y crítico. 

Lectura en Paquita en tierra de moros de Dris Bouissef-Rekab Luque

 

 

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