Mohamed Abrighach*
El cambio radical y profundo que vive el viejo Dris que él considera como un “descubrimiento de una grandiosa ilusión en marcha”, se establece en el ambiente estudiantil universitario francés, dominado en aquel entonces por la filosofía y modo de vida del Mayo de 1968. El protagonista se enfrenta con otro mundo y otra realidad, disfruta de su libertad con plenitud, y toma conciencia de las desigualdades que imperan en el mundo y en su país, y de la necesidad de luchar contra ellas, siempre a favor de la libertad en mayúscula y un futuro mejor. Apenas ingresa en una asociación clandestina marroquí que basaba su programa en luchar contra el régimen de Hassan II con el fin de instaurar la república del proletariado, vuelve a Marruecos a principios de los setenta para trabajar como profesor asistente de filología hispánica en la Facultad de Letras de Rabat. A poco tiempo, es detenido y condenado, previo paso por un centro de detención clandestino en que es torturado, a veinte años de cárcel por pertenecer a una organización política clandestina y querer atentar contra la seguridad nacional del país.
Su experiencia carcelaria fue otro revés vital, más duro y traumático. No podía ser de otra manera. No merece la pena insistir en ella porque de ella habló el autor con más detalle e intensidad emocional en dos obras en francés suyas escritas además en plena cárcel y al ritmo de sus vivencias reales en la misma: À l’ombre de Lalla Chafia (1989) y La tyrannie ordinaire: lettres de prison (2005). Llegó también durante su detención a preparar su tesis doctoral en literatura española en la universidad de Toulouse sobre las cárceles españolas en la época franquista.
Lo más significativo de esta experiencia carcelaria que necesita, a mi parecer, una precisión es lo que cuenta de las duras peripecias por las que tenían que pasar Lucile, su mujer francesa, y su madre, también española, Paquita, buscando entre comisarías y otras instituciones el paradero desconocido de su marido e hijo respectivamente en el tiempo en que estaba en el centro de detención clandestino, Derb Moulay Chrif, de Rabat. Y también su lucha durante su detención en la Prisión Central de Kenitra a favor de mejorar las condiciones de vida en la cárcel, su solidaridad con él y los demás cuando hacían largas huelgas de hambre, sin olvidar el empeño intrépido de ambas para dar a conocer su causa ante organizaciones de derechos humanos, embajadas y Amnistía Internacional, en un tiempo, como el llamado años de plomo, muy duro políticamente hablando en el país. Las dos eran, además, extranjeras, algo inusual en aquel entonces. Una odisea fue su labor, en definitiva, pero poco conocida y escasamente narrada. Lucile y Paquita y las demás mujeres de los detenidos recordaban a las Madre de la Plaza de Mayo de Argentina que se manifestaban pacíficamente blandiendo en sus pancartas las fotos de sus hijos desaparecidos durante la dictadura militar.La narración de estas anécdotas trágicas a través de la voz de su madre y de sus conversaciones amenizan la narración que adquiere jocosidad con esta espontaneidad popular de entender la realidad y su humor expresivo, propiamente andaluz, sobre todo cuando ella hablaba, entre otras cosas, de cómo recibió la noticia de la detención de su hijo, sus relaciones con Lucile y sus charlas sobre diversos temas durante las visitas que le hacía al hijo en la cárcel de Kenitra.
Después de su excarcelación por amnistía real, sigue recordando el viejo Dris desde su atalaya tangerina contemplando la otra orilla siempre, empieza otra vez otra vida, otro momento existencial. Rehace su matrimonio anterior con segundas nupcias y encuentra un trabajo de periodista en un periódico nacional de izquierda en que publicaba en francés crónicas y artículos sobre la política nacional e internacional. Siente que se le controla por su comprometida opinión personal tanto por el mismo órgano al que pertenece como por los agentes del ministerio del Interior. Adquiere la convicción de que la libertad por la que luchó y sacrificó una parte sustancial de su existencia está en riesgo y consecuentemente es difícil en tales circunstancias desarrollar con normalidad su actividad profesional e intelectual. Decide emigrar con su familia, mujer e hija, a su otro o segundo país: España, del que hereda por vía materna la nacionalidad. El destino fue Barcelona en que tuvo amistades antiguas que le acogieron y ayudaron para conseguir trabajo en periodismo, comunicación, traducción e interpretación, necesario para una integración normal. Su mujer, muy acostumbrada a la vida asociativa, se acomodó bien y creó una red de contactos con asociaciones no gubernamentales, instituciones oficiales y personalidades públicas. Pese a ello, comenzó a experimentar malestar, infelicidad y ser objeto de una especie de racismo antimoro. Nunca se sintió bien porque se le consideraba como moro inferior y nunca igual en deberes y derechos con sus semejantes. Según sus palabras, “su nombre moro lo estigmatizaba por definición o, como mínimo, lo situaba a ojos de una mayoría en una indefinida zona de persona rara, culturalmente extraña, formando parte de esos batallones de inmigrantes que estaban llegando a España. Bastaba con que le dijera a alguien que se llamaba Dris para que lo mirara diferente. Pero no diferente de cualquier manera, sino diferente inferior”.
Aunque parezca de naturaleza psicológica, la razón esgrimida es esencialmente antropológica porque está vinculada con las representaciones de la alteridad y los prejuicios arquetípicos, en este caso, de la larga tradición española de la maurofilia. Ella explica por sí sola la profunda motivación que obliga al viejo Dris a tomar la decisión definitiva de volver a su otro país, Marruecos, como explica en el capítulo titulado también: El retorno. Estas son sus palabras de justificación, tan claras y sencillas como su propio estilo: “en Marruecos nadie lo rechazará por sistema o por ignorancia o por racismo a causa de su nombre o de los rasgos de su cara. Y si se disputa o se pelea o se insulta con alguien (eventualmente), será en igualdad de condiciones, al menos teóricamente, en la mente de él y de quien sea su contrincante. En España nunca será así. (…) Vivir este desprecio escupido por españoles, cuando él se siente o se quiere sentir tan español como el que más, es difícil de soportar”.
Su lectura del Marruecos actual no sale del escepticismo crítico que domina en el libro, propio de un comprometido intelectual con la libertad y contra las injusticias en mayúscula. Lo hace con sinceridad expresiva, sin condescendencia ideológica y autocensura individual, utilizando un lenguaje que supera las líneas rojas, nada acostumbrado en nuestra actual élite nacional en los últimos años. En su opinión, la descolonización del país fue formal y nada verdadera. No explica bien su posición, pero a buen entendedor pocas palabras bastan. No deja de señalar la presencia endémica del nepotismo y de la corrupción en las esferas administrativas y políticas, no sin afirmar que la democracia está todavía lejos de ser una práctica en el país, vista la ausencia de una verdadera alternativa por parte de los partidos existentes, y considerando esencialmente el fuerte, arraigado y absoluto poder del régimen político imperante. Confiesa haber participado en los últimos movimientos sociales e incluso haber tenido la atención de adherirse a un nuevo partido, pero desistió por no defender claramente este último el laicismo y la separación entre política y religión, esfera pública y esfera privada. Un laicismo que asume como principio inalienable por lo que se declara públicamente como ateo al igual que su familia, mujer e hija, y asumiéndolo en la vida real uniendo teoría y praxis, decir y hacer. Se declara ser en política e ideología como un convencido republicano y que, en los últimos años; solo le interesa dedicarse casi en exclusiva a la enseñanza y a la escritura, tal vez por ser los reductos placenteros y privados en que se siente feliz y realizarse como persona. Esta postura de Dris podría considerarse como nihilista, acaso como traición al país, por muchos de nuestros nacionalistas de cartón piedra. No lo es indudablemente porque, según indica al principio en una cita de Quan Zhou, “criticar a un país es la mayor forma de amor que existe”.
Las últimas páginas de Paquita en tierra de moros son conversaciones que el viejo Dris mantuvo con Paquita en los últimos tiempos previos a su viaje final y eterno, tal vez una forma de darle protagonismo, un homenaje a su memoria. Estos diálogos, al igual que los anteriores, constituyen, como lo comenté al principio, lo mejor del libro por la espontaneidad, el humor y el gracejo con que hablaba y entendía la vida sin complicaciones intelectuales y con la sencillez propias de una mujer de pueblo y andaluza. En igual medida, reflejan sus últimas vivencias como madre y anciana: pérdida de la memoria; confusión de espacios y personas;pena por no haber beneficiado de una pensión del gobierno socialista de España, a la que pensaba que tenía todo el derecho; recuerdos detallados y veraces del pasado más remoto; preocupación por su descendencia, sean hijos o nietos, etc.
La muerte de la madre fue natural y biológica, pero constituye una metáfora de las conflictivas y complicadas relaciones hispano-marroquíes. Pese a ser de confesión cristiana, no pudo tener sepultura en el cementerio cristiano por la simple razón de que las autoridades consulares españolas afincadas en Casablanca no reconocieron sus documentos de identidad marroquíes, pese a haberse acreditado que sus nombre y apellidos que en ellos figuraban correspondían a sus originales españoles. Los marroquíes también se opusieron al principio a que ella, como cristiana, se enterrase en un camposanto islámico, pero se rindieron a la evidencia y lo autorizaron porque en su acta de matrimonio se hacía constar que era musulmana y se llamaba Amina Islamía. Aunque cristiana, fue enterrada como musulmana. ¡Cuán es azarosa, injusta y arbitraria la vida! Daba igual porque ella era simplemente creyente, pasando por encima y olímpicamente de todas las religiones habidas y por haber: “ella no creía en los musulmanes, no creía en los cristianos, no creía en los judíos, sólo creía en Dios, de modo que el sitio, a esas alturas, le daba igual”. En fin, una verdadera y peculiar historia de moros y cristianas.
*Catedrático y crítico.
Lectura en Paquita en tierra de moros de Dris Bouissef-Rekab Luque









