Por estos días, en la sede del Consejo de Seguridad de la ONU, en Nueva York, se aborda sin hermetismos, pero con mucha profundidad y convicción, el asunto del Sáhara Occidental, el territorio más austral del Reino de Marruecos, para el cual el propio Consejo, por su Resolución 2797 (2025), del 31 de octubre de 2025, marcando un verdadero punto de inflexión en el objetivo imperturbable de lograr una solución definitiva a esta larga disputa, recogió íntegramente el planteamiento de autonomía (prerrogativa más que administrativa, pero nunca soberana) para el referido territorio del Sáhara, que hoy la constituyen las denominadas Provincias del Sur del reino alauita, y que fuera formulada por el rey de Marruecos, Mohamed VI, en 2007.
El Consejo, entonces, sesiona, habiendo hecho suya la tesis del rey marroquí y esa es su mayor virtud. Ello explica su trabajo sin desmayo y de modo trascendente mirando el Sáhara marroquí, como un esfuerzo pegado al mantenimiento de la paz y la tranquilidad en el mundo, tal como dicta el artículo 1 de la Carta de las Naciones Unidas.
Por tanto, para el Consejo de Seguridad, la autonomía que hizo suya en octubre del año anterior, no admite descarrilamientos, siendo la base más realista, seria y creíble que pueda existir, para voltear la página sobre el Sáhara.
Hubo reuniones entre la dación de la Resolución 2797 y la sesión que domina al Consejo por estos días, con la participación de las cuatro partes involucradas en su solución, esto es, Marruecos, el Frente Polisario, Argelia y Mauritania, además del protagonismo indiscutible de EE.UU., y siempre, eso sí, en el marco de las Naciones Unidas, el espacio natural para la legitimación de todos los acuerdos que pudieran ir cerrando las partes comprometidas.
Debo insistir en que ninguna puede sacarle la vuelta a las negociaciones que dominarán durante los meses que siguen y ninguna debe participar a regañadientes.
El manto político que cubre a las cuatro partes, tiene el tamaño de ecuménico, porque ese es el carácter del que siempre está investida las Naciones Unidas desde su creación en 1945, al final de la Segunda Guerra Mundial.
En otras palabras, las cuatro partes en la disputa deben esforzarse en contribuir de buena fe siguiendo las pautas del Consejo y las guías de Washington, es decir, sin estrategias para nada exógeno que desnude intenciones contrarias a las que ha puesto sobre la mesa la propia ONU.
Me estoy refiriendo, desde luego a Argelia y al Polisario, cuya inconducta sistemática y recurrente a lo largo de la disputa por ellos creada en medio siglo, han actuado conspirando y poniendo piedras en el camino, por supuesto que infructuosamente, contra la integridad territorial de Marruecos sobre el Sáhara, su Sáhara, siempre el reino sostenido en la historia y el derecho.
Estoy persuadido que no coludirán al trabajo del Consejo, el órgano de la ONU, que ambos no deben olvidar, que tiene el monopolio del uso de la fuerza en el planeta, y más aún cuando el mundo actual, en movimiento permanente, les acusa no evadir la realidad que les muestra todo el tiempo una inexorable cara adversa a sus pretensiones ya conocidas por todos.
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• Internacionalista y ex canciller peruano









