20 junio 2026 / 02:46

La Casa del Periodismo

Del artículo al comentario: el racismo que se escribe al margen de la noticia

Mares 30 - marzo 21, 2026

Mohamed El-Madkouri

(Profesor en la Universidad Autónoma de Madrid)

 

En la prensa, el artículo informa, analiza o interpreta un acontecimiento; el comentario, en cambio, suele presentarse como un espacio de reacción inmediata, supuestamente espontánea y democrática. Sin embargo, en demasiadas ocasiones, ese margen digital se ha convertido en un lugar donde los discursos racistas se normalizan, se repiten y se refuerzan, especialmente cuando la noticia aborda la migración, las fronteras, o la presencia del Otro, del diferente étnico, confesional, económico, ideológico, cultural,….

 

Ya no se trata de episodios aislados ni de “excesos” individuales. Los comentarios a noticias sobre llegadas a las fronteras, las que fueran,, los rescates en el Mediterráneo o en el Atlántico, las regularizaciones administrativas o delitos con sospechosos extranjeros revelan patrones discursivos estables. Cambian los nombres propios y los titulares, pero persisten las mismas fórmulas: “invasión”, “efecto llamada”, “no son refugiados”, “no se integran”, “nos sustituyen”, “son demasiados”,…. La sección de comentarios actúa así como un espejo deformante de una conversación pública más amplia, donde la identidad se define por oposición y el miedo se convierte en argumento.

 

Uno de los ejes más reiterados es la teoría del reemplazo, importada de otros contextos europeos pero adaptada al imaginario colectivo de los países mediterráneos, tradicionalmente ajenos al racismo discursivo e institucional. Según esta narrativa, la llegada de migrantes —sobre todo musulmanes y africanos— supondría una amenaza demográfica, cultural y religiosa para una supuesta “nación auténtica”. En los comentarios, esta idea aparece envuelta en cifras amañadas, sobre interpretas y, en ocasiones,  inventadas, comparaciones biológicas y alusiones a una pérdida irreversible: “nos quedaremos sin país”, “ya no reconoceremos nuestras ciudades”. El acontecimiento concreto desaparece; la noticia sirve solo de pretexto para activar un relato previo.

 

Estos discursos no surgen de la nada. El racismo contemporáneo dialoga con capas históricas profundas. La apelación, en España por citar algún ejemplo, a la pureza —de la sangre, de la fe, de las costumbres— remite a una genealogía que atraviesa progromos medievales, la obsesión por la pureza de la sangre y la pureza confesional tras la expulsión o conversión forzada del otro diferente. Hoy ya no se habla en la prensa de estatutos ni de herejía, pero sí de “valores”, “modo de vida” o “incompatibilidad cultural”. El léxico cambia; la lógica excluyente persiste.

 

La figura del otro cercano, pero semióticamente alejado, ocupa un lugar central en este imaginario. En los comentarios, se le presenta como un bloque homogéneo, impermeable a la convivencia, asociado automáticamente al machismo, al terrorismo o al fraude social. La religión se racializa: se convierte en un rasgo fijo e inmutable que anula cualquier biografía individual. Tampoco se salva el otro representado por los subsahariano, descritos como cuerpos excedentes, masas sin rostro ligadas al desorden fronterizo, y con los migrantes latinos, a menudo tolerados solo de forma condicional, siempre que permanezcan en los márgenes laborales y simbólicos.

 

El papel de la frontera, real y simbólica, es clave en estos discursos. Las fronteras no se presentan solo como líneas geográficas, sino como murallas semióticas. Defenderlas se formula como un deber casi sagrado, mientras que cualquier enfoque humanitario es ridiculizado como ingenuidad o traición. En los comentarios, la violencia simbólica —y a veces explícita— se justifica en nombre de la seguridad, la economía o la supervivencia cultural. El acontecimiento concreto (un naufragio, un asalto a la frontera, una acogida) queda subsumido en una narrativa bélica permanente.

 

Conviene añadir que estos discursos no son exclusivos de un espacio mediático concreto. En Marruecos, los comentarios a noticias sobre migración, fronteras y relaciones con Europa reproducen dinámicas similares, aunque desde otros marcos identitarios. En la prensa digital marroquí y en las redes sociales, los migrantes subsaharianos suelen ser objeto de estigmatización, presentados como una amenaza para el orden urbano, el empleo o la cohesión social, mientras que Marruecos es descrito como “país de tránsito” que carga con un problema ajeno impuesto por Europa. Al mismo tiempo, los comentarios sobre la frontera, la cooperación con España, por ejemplo o la vigilancia migratoria activan discursos nacionalistas y defensivos, donde la identidad se define frente al otro —el africano subsahariano a pesar de la proyección africanista del país, pero también el europeo— y donde la violencia simbólica se normaliza bajo la lógica de la seguridad y la soberanía. Así, a ambos lados del Estrecho, el comentario digital funciona como un espacio privilegiado para la expresión de miedos, jerarquías raciales heredadas y relatos de pureza o amenaza, mostrando que el racismo mediático es un fenómeno transnacional, adaptado a contextos históricos distintos pero estructuralmente comparable.

 

Conviene subrayar, para finalizar, que estos comentarios no son meras opiniones inofensivas. Tienen efectos. Contribuyen a desplazar el marco del debate, a legitimar posiciones extremas y a presionar a los propios medios, que a menudo titulan o seleccionan noticias anticipando la reacción de su audiencia. Se produce así un círculo vicioso: la noticia activa el comentario racista; el comentario condiciona futuras noticias. El espacio que debería fomentar el debate se transforma en una cámara de eco.

 

La responsabilidad no recae únicamente en quienes escriben esos mensajes. Los medios, al abrir —o cerrar— la sección de comentarios, al moderar (o no) los contenidos, al contextualizar (o simplificar) los acontecimientos, participan en la construcción de ese espacio. No se trata de censura, sino de asumir que la libertad de expresión no equivale a la impunidad discursiva, y que el racismo no es una opinión más, sino una forma de violencia simbólica con raíces históricas y consecuencias sociales.

 

Frente a este panorama, el desafío es doble. Por un lado, desmontar los marcos narrativos que convierten la migración en amenaza y la diversidad en problema. Por otro, repensar el lugar del comentario en la prensa digital: ¿debe ser un vertedero emocional o un espacio de deliberación responsable? Recuperar el vínculo entre artículo, noticia y acontecimiento exige también intervenir en ese margen donde, hoy, se escribe demasiado a menudo el rostro más crudo del nosotros.

 

Porque lo que aparece en los comentarios no es solo rabia individual: es memoria histórica mal digerida, miedo al futuro y una identidad construida contra otros. Ignorarla no la hará desaparecer. Nombrarla, analizarla y contextualizarla es el primer paso para que el debate público deje de escribirse, una y otra vez, con tinta de exclusión.

 

Categorías : Análisis Migraciones