19 junio 2026 / 23:59

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Ecuador votó y espera

Mares30 Casablanca - abril 16, 2025

Khadija Dakni

 

Ecuador se encuentra en una encrucijada histórica. El país, sacudido por una violencia sin precedentes y una crisis institucional que ha corroído la confianza ciudadana, no quiere seguir bajo la sombra de Rafael Correa. Los ecuatorianos intentan construir un camino propio tras la victoria del millonario Daniel Noboa quien arrasó en la segunda ronda de las elecciones presidenciales celebradas el pasado domingo.

 

Desde su exilio en Bélgica, donde reside desde 2017 tras ser condenado por corrupción, el expresidente sigue siendo una figura central en la política ecuatoriana. Su influencia se siente tanto en las calles como en las redes sociales, donde mantiene una activa presencia. La reciente polémica en torno a la investigadora Caroline Ávila blanco de ataques digitales tras ser criticada por Correa en la red social X , ilustra cómo su palabra aún tiene el poder de movilizar (y polarizar) a la opinión pública. Pero los resultados han demostrado lo contrario.

 

A pesar de estar inhabilitado para postularse, Correa lideró desde la distancia el movimiento político más fuerte del país. Su legado, que algunos veneran por haber impulsado la inversión social y otros rechazan por su autoritarismo, sigue dividiendo profundamente a los ecuatorianos. Y esa división se reflejó en las urnas.

 

Los ecuatorianos han optado por Daniel Noboa, actual presidente, que busca consolidar su mandato tras 16 meses en el poder; en cambio, han dado la espalda a Luisa González, la candidata que representa al correísmo y a su poderosa maquinaria política. A pesar que la contienda estuvo marcada por un empate técnico y un clima de creciente incertidumbre, la última bala ganadora la tuvo Noboa . Una victoria rechazada por la Oposición.

 

 

Noboa, heredero de un imperio bananero y educado en Harvard, llegó a la presidencia en 2023 tras una sorpresiva victoria en las elecciones anticipadas. Desde entonces, ha intentado enfrentar la ola de violencia declarando un “conflicto armado interno”, dando vía libre a los militares para patrullar las calles y las cárceles. Sin embargo, su gestión ha sido criticada por la falta de resultados sostenibles, el aumento de la violencia y decisiones controversiales como el asalto a la embajada de México en Quito.

 

Por su parte, González ha centrado su campaña en la nostalgia por los años del correísmo, cuando las cifras de criminalidad eran bajas y la economía mostraba señales de crecimiento. Pero su propuesta ha sido cuestionada por la ambigüedad en temas clave como la independencia judicial y la lucha contra el crimen organizado. Para muchos, representaba la promesa de estabilidad; para otros, el regreso a un pasado autoritario.

 

El contexto no podría ser más crítico. Ecuador ha dejado de ser el “oasis de paz” de América Latina. La tasa de homicidios pasó de 5,6 por cada 100.000 habitantes en 2016 a 38,76 en 2024. Las bandas criminales, muchas con vínculos internacionales, controlan territorios y desafían abiertamente al Estado. A eso se suma una economía frágil, donde apenas el 36% de los ecuatorianos tiene un empleo adecuado.

 

En este escenario, electorado se decantó por la derecha. Noboa se presentó como un líder pragmático, dispuesto a tomar decisiones impopulares; González, como la heredera de una época de orden, aunque empañada por escándalos de corrupción y autoritarismo.

 

Mientras tanto, Rafael Correa sigue ahí, omnipresente. Su figura divide, pero también moviliza. Representa tanto el pasado como un futuro posible, dependiendo de a quién se le pregunte.

 

Noboa ha ganado las elecciones, pero la gran pregunta que persiste es si Ecuador logrará romper con la polarización y construir un nuevo relato nacional. Uno que no dependa de fantasmas del pasado ni de soluciones de fuerza, sino de instituciones sólidas, justicia social y seguridad real.

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