Machij Elkarkri*
Solo faltan días para que el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, el llamado gendarme del mundo, se pronuncie sobre el que ha sido el conflicto postcolonial más largo en las puertas de Europa: el del Sáhara Marroquí.
Estados Unidos, miembro permanente encargado de redactar y presentar las resoluciones sobre este expediente, inició hace años una auténtica revolución diplomática.
Desde el histórico reconocimiento de Donald Trump a la marroquinidad del Sáhara, la posición americana ha marcado un antes y un después en el enfoque internacional de este diferendo.
La diplomacia marroquí en acción
Este cambio no fue casual. Se inscribe en el marco de un esfuerzo sostenido de la diplomacia marroquí bajo el liderazgo de Su Majestad el Rey Mohammed VI, que ha sabido combinar con maestría la acción oficial, la política y la parlamentaria.
En los últimos años, Marruecos ha logrado tejer una red de apoyo en casi todos los organismos internacionales, parlamentarios, políticos e institucionales, consolidando su narrativa de una solución política, realista y duradera basada en la autonomía.
El reconocimiento estadounidense fue seguido por la evolución de las posiciones de países europeos con intereses estratégicos en el Magreb, como España, Francia, Portugal, Bélgica e incluso Reino Unido… Todos convergen hacia una misma constatación: la propuesta marroquí de autonomía avanzada es hoy la única base seria y creíble para una solución definitiva.
Un tablero geopolítico en reconfiguración
El contexto internacional también ha cambiado. En un mundo sacudido por conflictos abiertos, Ucrania, Palestina, el Congo, y otros escenarios de tensión, Estados Unidos busca cerrar expedientes prolongados que obstaculizan su proyección global.
En ese marco, el Magreb se convierte en un espacio de disputa silenciosa entre Washington y Moscú, con la notable ausencia de Europa, cada vez más replegada sobre sus crisis internas y su visión cortoplacista. Mientras tanto, China sigue avanzando con su ambicioso proyecto de la Franja y la Ruta, donde Marruecos desempeña un papel de socio y referencia regional.
Europa, el espectador de su propia historia
Europa, que durante siglos colonizó casi todo el continente africano, incluidos Marruecos y Argelia , parece hoy resignada a mirar desde la barrera.
En lugar de impulsar una visión estratégica hacia su vecindario sur, se muestra ausente de los grandes debates que marcarán el futuro del Magreb y del Sahel.
Esa inercia contradice el discurso europeo sobre la reconciliación y la reparación de los errores históricos. Si Europa desea ser un actor relevante en su entorno, debe acompañar la dinámica de paz y estabilidad que emerge en la región.
Un Magreb fuerte, una Europa segura
Europa necesita vecinos y socios fuertes, estables y comprometidos con el desarrollo compartido.
Un Magreb seguro no solo es una garantía para el equilibrio regional, sino también la clave para enfrentar los desafíos comunes: el terrorismo, la trata de personas y las migraciones irregulares.
La historia se mueve rápidamente en el norte de África. Y esta vez, Europa corre el riesgo de perder otro tren histórico.
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Militante socialista y analista político*









