Lahcen Haddad*
Basándose en el marco teórico desarrollado por Daron Acemoglu y James A. Robinson en Why Nations Fail, la prosperidad de una nación no depende de su geografía ni de su cultura, sino del carácter de sus instituciones. Las instituciones inclusivas, que permiten la participación amplia y una distribución equitativa del poder, fomentan el desarrollo. En cambio, las extractivas, que concentran poder y recursos en manos de una élite, perpetúan la pobreza y la desigualdad.
Este contraste es evidente en el mundo árabe. Países del Golfo como Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos, históricamente regímenes rentistas autoritarios, han comenzado un proceso de modernización económica. A través de planes como Visión 2030, buscan diversificar sus economías, estimular el sector privado, e integrar a mujeres y jóvenes en el ámbito productivo. Aunque el poder político sigue centralizado, sus instituciones económicas están volviéndose más inclusivas, promoviendo la inversión, la innovación y el emprendimiento.
Argelia, por el contrario, permanece atrapada en un modelo extractivo tradicional. Su economía depende casi exclusivamente de los hidrocarburos, el poder está monopolizado por una élite político-militar, y la actividad económica se basa en redes clientelistas. A pesar de su riqueza energética, el país no logra romper el círculo del estancamiento, confirmando la tesis central de Acemoglu y Robinson: las instituciones extractivas bloquean el progreso.
Frente a esto, Marruecos, sin petróleo, ha logrado transformarse en un centro regional industrial y de servicios. Ha apostado por infraestructuras, energías renovables, alianzas público-privadas, redistribución fiscal y políticas sociales. Su modelo combina liberalismo económico con una progresiva inclusión social.
La lección es clara: no son los recursos, sino las instituciones, las que determinan el destino de las naciones.
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Analista político e intelectual marroquí









