Fikri Soussan
Leía recientemente un artículo especialmente lúcido del periodista marroquí Abderrahim Ariri, director de Al Watan Al An y Anfas Press, sobre una cuestión que nuestra sociedad tiende a esquivar más que a encarar: ¿por qué ciertas regiones, pese a las inversiones públicas, las grandes obras y los discursos sobre el desarrollo, siguen generando frustración, marginación y un caldo de cultivo propicio para el extremismo religioso? Su análisis recuerda con contundencia que el desarrollo no se reduce a infraestructuras ni a grandes proyectos visibles, sino que exige también reconstruir en los ciudadanos el sentimiento de pertenencia, de reconocimiento y de dignidad.
Durante mucho tiempo hemos preferido pensar que el extremismo nacía únicamente en las mezquitas, en ciertos discursos religiosos o bajo la influencia de predicadores radicales. Esta lectura resulta cómoda, porque permite localizar el problema en otro lugar, en un espacio identificable, casi controlable. Pero es profundamente insuficiente. Como sugiere Ariri, la ideología radical no hace, en muchos casos, sino poner palabras y forma a una herida previa. La religión no es siempre el origen; se convierte, a menudo, en el lenguaje disponible para expresar una rabia social acumulada.
El extremismo empieza mucho antes del discurso religioso. Empieza en la humillación cotidiana. Surge cuando un joven crece en un barrio donde la escuela pública ya no promete nada, donde el título universitario ha dejado de ser una garantía, donde el mérito no abre puertas. Se alimenta cuando la corrupción pesa más que el esfuerzo, cuando la injusticia social deja de ser una excepción para convertirse en norma, y cuando el futuro se percibe como un callejón sin salida. Cuando ese vacío se instala de forma duradera, termina siendo ocupado por relatos absolutos, simplificadores y violentos.
Ahí es donde el análisis de Ariri adquiere todo su valor: desplaza el foco del terreno moral al estructural. El problema no es solo teológico; es territorial, económico y político. Un extremista no se fabrica únicamente con ideas; también se construye a partir de humillaciones repetidas, de la sensación persistente de ser inútil, invisible o condenado a quedarse en los márgenes de su propio país. Cuando un joven no encuentra ni reconocimiento ni futuro, se vuelve especialmente vulnerable a quienes le prometen una revancha simbólica.
Durante años, la respuesta dominante ha sido la securitaria: vigilancia, desmantelamiento de células, detenciones, discursos de firmeza. Todo ello puede ser necesario, pero sigue siendo una respuesta reactiva, no una estrategia de fondo. Se puede neutralizar a un individuo, impedir un atentado, desarticular una red. Pero eso no disuelve la frustración colectiva. No se corrige la fábrica del resentimiento solo con medidas policiales. Una política de seguridad sin una política de dignidad acaba siempre corriendo detrás de los efectos, no de las causas.
Ocurre incluso que ciertas regiones reciben carreteras, infraestructuras, polígonos industriales y programas visibles, sin que el sentimiento de abandono desaparezca realmente. Porque se puede modernizar un territorio sin restaurar la dignidad de quienes lo habitan. Se inauguran proyectos, pero permanece intacta la convicción de que nada cambia en lo esencial. La exclusión no se mide solo en renta o en estadísticas de crecimiento; también se mide en la sensación de no formar parte del relato nacional, de no contar en la historia colectiva.
El radicalismo prospera menos por exceso de fe que por falta de horizonte. Un joven que se siente respetado, escuchado, útil e integrado rara vez busca la salida en la ruptura o en la destrucción. Pero un joven humillado queda expuesto a todos los vendedores de certezas absolutas. Ellos le ofrecen lo que la sociedad le niega: un lugar, una misión, una explicación simple a su malestar, a veces incluso una forma de grandeza en la cólera. El discurso extremista es eficaz porque convierte la frustración en destino.
Por eso es peligroso reducir este fenómeno a una simple cuestión religiosa. El verdadero problema afecta a la escuela, a la cultura, a la justicia territorial, a la credibilidad de las instituciones y a la posibilidad misma de imaginar un futuro. Menos sermones y más perspectivas. Menos sospecha generalizada y más confianza reconstruida. Menos retórica securitaria y más política en el sentido más exigente del término.
Hablamos a menudo de la lucha contra el extremismo como si fuera un frente exterior, una amenaza que viene de fuera. Es un error. El verdadero frente es interno. Está en los barrios olvidados, en las escuelas agotadas, en las ciudades periféricas, en esas humillaciones silenciosas que no aparecen en las estadísticas, pero que una generación entera vive en primera persona.
El día en que entendamos que la dignidad es también una política de seguridad nacional, empezaremos a abordar la raíz del problema. Antes del extremismo, casi siempre hay otra cosa: una herida, una exclusión, un sentimiento de abandono. Antes del radicalismo, hubo una promesa incumplida.
Y ahí es donde la reflexión de Abderrahim Ariri cobra toda su fuerza: un país no se protege solo con vigilancia o firmeza, sino por su capacidad para evitar que sus propios ciudadanos se sientan extranjeros en su propia tierra. Donde retrocede la dignidad, avanza el extremismo. Donde la humillación se instala como destino, la rabia siempre acaba encontrando una bandera.









