20 junio 2026 / 02:44

La Casa del Periodismo

El tiempo como compromiso público

Mares 30 - febrero 2, 2026

Mohamed El-Madkouri*

El respeto al tiempo no es una cuestión menor ni una simple cortesía profesional. Es, ante todo, un indicador de responsabilidad y de respeto hacia los demás. En el ámbito institucional, donde los compromisos se adquieren en nombre de organismos y Estados, el valor del tiempo adquiere una dimensión aún más relevante.

 

Recientemente, un intérprete fue contratado para facilitar la comunicación durante un encuentro oficial entre un responsable árabe y altos cargos de un ministerio del ámbito medioambiental. El acuerdo se cerró con antelación y la fecha del encuentro quedó fijada. Sin embargo, el profesional solo tuvo conocimiento del aplazamiento de la reunión cuando, al contactar para confirmar el lugar de celebración, se le informó de que el encuentro había sido pospuesto. No hubo aviso previo ni comunicación formal.

 

El episodio podría considerarse anecdótico, pero no lo es. Refleja una práctica demasiado extendida: la trivialización del tiempo ajeno y la fragilidad del compromiso cuando no va acompañada de una ética clara de la responsabilidad. Cancelar o modificar una cita profesional sin una comunicación adecuada no solo perjudica a quien presta el servicio, sino que transmite una imagen de desorden y falta de rigor institucional.

 

En contextos profesionales internacionales, el respeto de los horarios y la información previa ante cualquier cambio forman parte de las reglas básicas del trabajo. Son normas no escritas que sostienen la confianza entre las partes. Cuando estas normas se ignoran, lo que se resiente no es únicamente la relación contractual, sino la credibilidad de quienes representan a las instituciones.

 

Desde el ámbito de la traducción y la interpretación en los servicios públicos, este tipo de situaciones resulta especialmente preocupante. Los intérpretes y traductores no son meros intermediarios técnicos: son profesionales que organizan su tiempo, rechazan otros encargos y asumen responsabilidades en función de compromisos previamente adquiridos. Desatender ese esfuerzo equivale a desvalorizar su trabajo.

 

Existe, además, una paradoja difícil de ignorar. Muchas sociedades reivindican el valor moral de la palabra dada y el cumplimiento de los compromisos, pero toleran en la práctica comportamientos que vacían esos principios de contenido. La coherencia entre el discurso ético y la conducta cotidiana es una exigencia básica de cualquier cultura institucional madura.

 

La responsabilidad pública no se mide solo por la magnitud de los asuntos que se gestionan, sino también por el cuidado de los detalles. Entre ellos, el respeto al tiempo y a las personas que contribuyen, desde distintos ámbitos profesionales, al buen funcionamiento de las instituciones.

 

Respetar el tiempo es respetar a los demás. Y respetar a los demás es, en última instancia, una forma esencial de respeto a las instituciones que se representa.

 

*Presidente de la Asociación de Traductores, Intérpretes, Formadores y Profesionales de la Traducción e Interpretación en los Servicios Públicos.

 

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