Sara Bouchtarouif
En la presentación de su libro, Lahcen Haddad no solo habló de geopolítica, habló también de lenguas, de lenguajes, de puentes. “Hablo en árabe, en francés, en inglés y en español aunque en la lengua de Cervantes no tengo la fluidez ni el dominio a nivel de la escritura como las otras. No tengo ningún problema con los idiomas porque los hablo y los entiendo”, dijo con la serenidad de quien habita el verbo como patria. Es un resumen de la reflexión de Haddad sobre los idiomas. Impresiona la modestia de quien habla muchas lenguas y tiene la esperanza de dominar el español también. el cuarto vicepresidente de la Cámara de Consejeros y ex ministro es un de los pocos quienes pueden moderar una sesión o conferencia en cuatro o cinco lenguas. Haddad materializa el poder de la palabra.
Para Haddad, el idioma no es una barrera, sino una herramienta de resistencia. Con cada lengua, Marruecos se proyecta, se defiende, se explica al mundo. Porque —como él mismo señaló— muchas veces la historia del Reino ha sido narrada por otros, con ojos lejanos y plumas malentendidas. Por eso su libro no es solo un ejercicio de análisis: es una estrategia de existencia.
Pero el mensaje no terminó ahí. Con voz clara, y la convicción de quien sabe que la historia aún está en juego, añadió: “Necesitamos hacer talleres para hablar del Sahara. Para hablarlo con argumentos, con historia, con derecho, con razón. Pero también con sensibilidad. Que no se hable de nosotros sin nosotros”.
Y en ese instante, el silencio fue aplauso interior. Porque en Laayoune no solo se presentó un libro: se sembró una consigna. Que Marruecos no sea tema, sino voz. Que no sea objeto de discurso, sino sujeto del relato.









