Toufiq Slimani
Lo ocurrido esta triste noche en el partido entre España y Egipto, con cánticos racistas dirigidos contra los musulmanes, no es un episodio aislado ni una simple anécdota dentro del fútbol español. Es la manifestación visible de una deriva preocupante que se repite en los estadios y que refleja una problemática más profunda dentro de la sociedad española. Duele mucho lo que ha pasado esta noche en la ciudad de Cornellà, precisamente en el estadio del club ‘El Español’, en las afueras de Barcelona.
No es la primera vez. La estrella de la selección española de origen marroquí, Lamine Yamal, ha sido objeto de insultos, incluso en escenarios tan emblemáticos como el Santiago Bernabéu durante un Clásico. Tampoco es un caso único si miramos lo ocurrido con el jugador brasileño Vinicius, convertido en símbolo internacional de la lucha contra el racismo tras sufrir reiterados ataques en distintos campos de España y fuera. La acumulación de estos episodios dibuja un patrón, no una excepción.
Este contexto se ve agravado por un clima político y social en el que discursos excluyentes y estigmatizantes han ganado espacio, impulsados por sectores de la derecha y la ultraderecha, como Vox, Alianza Catalana o Se Acabó la Fiesta. El resultado es una normalización progresiva de mensajes que terminan trasladándose también a los estadios, convirtiendo el fútbol en un espejo de tensiones sociales más amplias.
El problema ya no es únicamente interno. Tiene una dimensión internacional que pone en cuestión la credibilidad del fútbol español, del fútbol europeo y de la propia FIFA. España es uno de los países anfitriones del Mundial 2030, junto a Marruecos y Portugal, y lo que está ocurriendo en sus estadios no puede desligarse de esa responsabilidad global.
El auge del racismo, especialmente contra musulmanes e inmigrantes, plantea una pregunta incómoda: ¿puede España garantizar un entorno seguro, inclusivo y respetuoso para un evento de la magnitud de un Mundial? La respuesta, a día de hoy, no es evidente. Y eso abre la puerta a un escenario hasta ahora impensable: el replanteamiento de la distribución de sedes.
No se trata solo de una cuestión simbólica. Estadios como el Camp Nou o el Santiago Bernabéu, aspirantes naturales a albergar la final del Mundial 2030, podrían ver debilitadas sus opciones si la imagen internacional de España continúa deteriorándose por episodios de racismo reiterados. El Mundial no es solo fútbol; es también un escaparate de valores. Y ahí España está siendo cuestionada. Estos lamentables episodios acercan la Final del Mundial al nuevo Gran Estadio de Casablanca en construcción y que tendrá la capacidad de acoger a 115.000 aficionados.
En este punto, la responsabilidad recae directamente sobre la FIFA y su presidente, Gianni Infantino. No basta con declaraciones. No basta con condenas genéricas. La lucha contra el racismo exige coherencia, firmeza y una sola vara de medir.
La FIFA ya demostró que puede actuar cuando reaccionó ante el caso que afectó a Vinicius, una respuesta que fue ampliamente respaldada. Ese es el camino. Pero no puede haber doble rasero. No se puede ser contundente en unos casos y tibio en otros.
El propio Infantino lo dejó claro el pasado 9 de marzo de 2026 en una entrevista con el diario AS: “No hay sitio para el racismo. Tenemos que luchar con toda nuestra fuerza… en el fútbol el racismo no tiene que estar y no hay ninguna excusa para tolerarlo. Tolerancia cero”. Sus palabras no dejan margen a la duda ni a la ambigüedad. Bravo, Infantino. ¡Pero!
Ahora es el momento de pasar de las palabras a los hechos. Porque lo que está en juego no es solo la imagen del fútbol español. Es la credibilidad del fútbol mundial. Y, en última instancia, el éxito mismo del Mundial 2030.
La pelota está en el tejado de la FIFA.
Infantino, te esperamos.








