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La gramática colonial de la resistencia: Taleb Alisalem y el paradigma de la militancia racializada

mares30 - julio 25, 2025

Lahcen Haddad*

Tras la descolonización, Frantz Fanon advirtió que el mayor peligro para los movimientos de liberación era la internalización de las lógicas coloniales bajo la apariencia de resistencia. Hoy, figuras como Taleb Alisalem representan una mutación inquietante de esta advertencia: militantes de las políticas identitarias que, en nombre de la emancipación, reproducen las mismas epistemologías del racismo, la jerarquía y el esencialismo que el poder colonial utilizó para dominar al “nativo”. En este artículo, sostengo que Taleb Alisalem encarna un caso paradigmático de militancia poscolonial racializada, que se apoya en la morofobia eurocéntrica para definir la “identidad”, al tiempo que socava la legitimidad moral y ontológica del sujeto que afirma querer liberar.

 

I. La seducción psicoanalítica de la pureza

La retórica de Taleb Alisalem gira en torno a una fantasía de pureza racial y moral, en la que el “saharaui civilizado” se opone al supuesto “marroquí delincuente”. Desde la óptica del psicoanálisis freudiano y lacaniano, esto revela un mecanismo clásico de proyección y chivo expiatorio. El Otro abyecto —en este caso, el migrante marroquí— sirve para estabilizar una imagen del yo saharaui profundamente frágil. Este mecanismo construye identidad por negación: soy saharaui porque no soy marroquí. Trazar esta frontera simbólica es una respuesta a la ansiedad poscolonial: un intento de fijar la identidad frente a la fragmentación histórica, la hibridez y la ambigüedad geopolítica.

 

Pero esta negación del Otro encierra una trampa: como recuerda Judith Butler, la identidad nunca es autosuficiente; siempre es relacional, citacional y está mediada por el poder. El sujeto saharaui que construye Taleb Alisalem solo es imaginable a través de la desarticulación del marroquí. Esto no es liberación; es una repetición psíquica del pensamiento racial colonial.

 

II. La instrumentalización racial del migrante

 

Las afirmaciones de Taleb —según las cuales Marruecos “exporta delincuentes” a España como forma de guerra híbrida— reproducen al pie de la letra las narrativas conspirativas de la extrema derecha global. La ironía es brutal: al tratar de demonizar al Estado marroquí, recicla el mismo discurso racista que utilizan Vox, el Rassemblement National o la AfD para excluir a todos los magrebíes del imaginario político europeo.

 

Aquí, Taleb se convierte en ejemplo de lo que Paul Gilroy llamó las “nuevas raciologías”: sujetos poscoloniales que cooptan la biopolítica racial al servicio de proyectos etnonacionalistas. Al presentar a los migrantes marroquíes como delincuentes por defecto, reproduce el tropo colonial del “nativo inasimilable”, cuya mera presencia amenaza la integridad del Estado occidental. No es crítica anticolonial; es ventriloquía racial.

 

Aún más inquietante es su uso de los indultos estatales como evidencia: sugiere que los presos marroquíes liberados al final de sus condenas son “armados” para delinquir en Europa. No aporta datos, ni causalidad, solo inferencia paranoica. Su acusación no solo carece de fundamento empírico, sino que, conceptualmente, es perversa. Encaja perfectamente con lo que Edward Said describió como una “parodia de la liberación”: utilizar los marcos coloniales de control y sospecha en nombre de la libertad poscolonial.

III. Identidad como fetiche, raza como herramienta

La contradicción en el discurso de Taleb Alisalem reside en que, aunque invoca el lenguaje anticolonial —“liberación”, “resistencia”, “autodeterminación”— lo hace usando la raza como arma táctica. Pero la raza, como nos enseñó Stuart Hall, no es una base sólida para construir identidad. Es un significante flotante, moldeado por el trabajo ideológico del poder.

Taleb instrumentaliza la raza para dividir, criminalizar y estigmatizar, reintroduciendo las lógicas coloniales de clasificación racial en el discurso de la resistencia. No está desmantelando la colonialidad del poder: la está reconfigurando con nuevos blancos. Esto es identidad como fetiche: un ideal reificado y purificado que oculta la complejidad, la pluralidad y la historia compartida de los pueblos magrebíes.

Teóricos como Achille Mbembe o Homi Bhabha nos han mostrado que la identidad es siempre impura, siempre inacabada. Construirla sobre el fundamento de la exclusión no solo es políticamente peligroso: es filosóficamente insostenible. Convierte la diferencia en desviación, y la solidaridad en sospecha.

IV. La economía política de la morofobia

 

El discurso de Taleb no puede separarse de un contexto europeo más amplio en el que la morofobia —el miedo racializado hacia los marroquíes— se usa como herramienta para moldear las políticas migratorias y las alianzas diplomáticas. Sus narrativas no son aisladas: alimentan una economía transnacional del miedo, que busca devaluar las alianzas estratégicas de Marruecos en África y el Mediterráneo.

 

Pero aquí está la gran contradicción: mientras acusa a Marruecos de usar a los migrantes como peones, él mismo los instrumentaliza como símbolos políticos. Invoque la figura del preso marroquí, despojado de nombre, voz o humanidad, para ejecutar una performance retórica de pureza saharaui. El migrante se convierte en cifra vacía, en pantalla donde se proyectan fantasías de contaminación, crimen y conspiración geopolítica.

Esto no es anti-imperialismo. Es la repetición del poder imperial, esta vez en manos del militante poscolonial.

V. Conclusión: la trampa de la identidad reactiva

 

El discurso de Taleb Alisalem ilustra los peligros de lo que llamo política de identidad reactiva: la construcción del yo no mediante una liberación afirmativa, sino por la negación del Otro. No es una política del devenir, sino una política de la frontera y la exclusión.

 

Como advirtió Fanon, “el oprimido siempre termina creyendo lo peor de sí mismo”. Taleb va más allá: cree lo peor de los demás para justificar su propia virtud imaginada. Pero al hacerlo, resucita el esqueleto del pensamiento racial colonial y lo disfraza de resistencia.

 

La verdadera liberación no necesita chivos expiatorios. Requiere solidaridad, pluralidad y el rechazo profundo de toda lógica racial —especialmente cuando se disfraza de emancipación.
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Escritor e intelectual marroquí 

Categorías : Opinión