19 junio 2026 / 22:51

La Casa del Periodismo

La urgencia de acabar la guerra en el estrecho de Ormuz

mares30 - junio 14, 2026

Miguel Ángel Rodríguez Mackay*

Mientras Estados Unidos de América por su presidente, Donald Trump, anunció, recientemente, la cancelación completa de los ataques en el estrecho de Ormuz, que darán paso a un inminente acuerdo de paz definitivo con Irán, el régimen teocrático persa, no demoró en desmentirlo.

 

Aunque las posiciones contrapuestas entre Washington y Teherán, realmente desconciertan al mundo, mi percepción como internacionalista, me lleva a adherir a Washington, sin que por ello deba estar de acuerdo en todo lo que ha venido decidiendo la Casa Blanca en torno de la guerra que, junto a Israel, iniciaron en febrero de este año contra Irán, no solo para conminarlo a firmar un programa nuclear que asegure que este país no represente una amenaza para la paz mundial al haberse encaminado en potenciar su calidad nuclear por su progresivo e indetenible enriquecimiento de uranio –van cerca de 440 kilos, hallándose en el 65% de ese proceso–, sino en la idea de acabar con el referido régimen islámico que se impone en Irán desde que llegaron al poder con el ayatola Rudolf Jomeini, en 1979.

 

La única razón que suele bloquear el objetivo de alcanzar una solución total, yace en la persistencia de las partes en sus indoblegables posturas maximalistas, es decir, cada una quiere conseguir el ciento por ciento de sus pretensiones, sin que hayan dejado espacio para la flexibilización que permita hallar la luz al final del túnel.

 

Por tanto, ¿a quién creerle, entonces, a estas alturas del partido, en el objetivo de conseguir la paz que se resiste como ajena en Medio Oriente?

 

Camino a los 4 meses del conflicto, creo que, tanto a EE.UU. e Israel como a Irán, les queda muy claro que la guerra deberá acabar. De un lado, para los objetivos estadounidenses e israelíes, en el frente interno, cesar los combates, coadyuvará a efectivizar un control político intraestatal, que es donde suelen producirse las mayores conspiraciones contra los actores políticos relevantes de ambos países, es decir, el presidente, Donald Trump, y el primer ministro, Benjamín Netanyahu, respectivamente.

 

Ni hablar del frente internacional que Washington espera que le produzca la consolidación de su liderazgo planetario, mirando a China que sigue inmutable en su deseo de arrancarle la hegemonía mundial.

 

De otro lado, la finalización de la guerra es un asunto de sobrevivencia para los iraníes, diezmados por los ataques de EE.UU. e Israel que han destruido casi la totalidad de sus espacios estratégicos de seguridad, y con ello, su precaria condición económica, ajustada con torniquete por las sanciones de Washington, volviendo a Teherán altamente vulnerable en Medio Oriente, donde Israel quiere asegurar no solo su supremacía geopolítica y militar en medio del mundo islámico, desapareciendo el equilibrio que aún mantiene con Irán, aunque cuidando que se superponga la estabilidad para esa región por la reactivación de los acuerdos de Abraham, que selle la normalización de sus relaciones con los países árabes, arreglando después el problema con Palestina, siempre bajo el lógico manto auspiciador de Washington, en su condición de superpotencia, que coadyuva con la ONU, tal como lo viene haciendo, con acierto, con el Sáhara marroquí en el norte de África.

 

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