Francisco Javier Villegas
(Profesor y escritor chileno)
¿Cómo buscar el alma de esta ciudad que está entre el Desierto de Atacama y el mar? La ciudad debe ser para todos y debe llegar a todos y, aunque parezca un eslogan, las vidas de la ciudad de Antofagasta, en Chile, territorio de aventuras con su cielo abierto a las estrellas, tiene en su médula lo que somos y lo que hemos habitado, enlazando lo que nos determinó, desde el mismo desierto, con su polvo terroso y sus silencios, como murmullos del tiempo, y la historia desde sus escombros y tragedias.
En ese inmenso furor que conocemos, más allá de sus venas que nos atan, desde cuando se abrieron nuestros ojos en la pampa salitrera, la ciudad acopia, hoy, la definición de variados paisajes humanos, personas que alzan sus deseos presurosos, y que instan a buscar otro presente porque, como dijo el poeta Nicolás Ferraro, la pampa se nos fue muriendo, hace años.
Pero, hay un deseo anhelado, un ansia de la gente simple; de ver las caras de las caras, rostros comprometidos, para sentir la fuerza de los que se mueven, de los que buscan otras superficies a pesar de todo ese vacío perdido. Vivir en el norte nunca ha sido fácil, dijo alguien, y desde ese contacto entre vida y esfuerzo, sacrificio y endeudamiento, el traje de las líneas del trabajo y el deseo de ver un mundo nuevo, puede dejarnos como un desmoronado fragmento de palabras.
Junto a mis pasos, cortos pasos, además, se viene a mi memoria la imagen de un sueño en un tiempo en que los lugares eran predecibles y las personas tenían la paciencia sin límite: he ahí, entonces, el muelle de pasajeros y el ferrocarril que roncaba, la Plaza del Centenario, la Quinta Casale, el bello Hotel Edén, el muelle Miraflores, los baños del Manzano o la Plaza Colón y su laguna; pero, hoy, nos absorbemos de un cemento seco, a la orilla de nuestro océano rocoso; con la arquitectura vertical creciendo y su necesidad de servicio porque es otro tiempo; pero ¿dónde quedaron esas casas donde se caminaba sin prisa? mientras los espacios de vivienda actuales nos dejan mudos, arrinconados, por horas de las horas, deshechos por sus precios; y contra lo que nos va deshaciendo, se abre un espacio infinito como si fuera un lugar abierto al esfuerzo porque es difícil llegar a albergar ese círculo del fin de mes.
Lo que éramos ya lo vivimos, lo que nos emocionó se desapareció sobre los calcinados cerros: el punto más neurálgico, hoy, de la ciudad, está en que nuestros actos crean situaciones y realidades y todo eso puede servir para ensamblar los fragmentos de urbe que queremos. ¿Qué nos falta entonces? Tal vez la capacidad de aprender con más rapidez acerca de lo que es la vida en ciudad: tierra profunda para sus residentes que deben hacerla funcionar con esa sensación de que todo tiene que fructificar siempre y cuando se tengan las necesidades ya cubiertas.
Antofagasta, ventana inmensa de personas, barrios, lágrimas e historias, necesita destilar sus heridas para comprender lo que envuelve el paisaje humano, esa valentía de las manos y los pies que trajinan súbita y pacientemente, como una suma de obreros del viento, y que llevan ese pálpito y deseo por pensar su propia ciudad, todas sus vidas y todos sus instantes de ciudad que bien caben en el temblor de nuestras propias caricias y aires transparentes.









