20 junio 2026 / 01:34

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Marruecos, potencia de encrucijada: anatomía de un pivote transcontinental

Mares 30 - abril 18, 2026

Fikri SOUSSAN

CRÓNICA. En este artículo, el hispanista marroquí Fikri SOUSSAN, profesor de la Universidad Sidi Mohamed Ben Abdallah de Fez, propone una lectura renovada del lugar de Marruecos en las recomposiciones geopolíticas actuales. Entre su anclaje euroafricano, su apertura hacia los países del Golfo y sus nuevas proyecciones hacia América Latina y Asia, el Reino se afirma, según él, como un pivote transcontinental de pleno derecho.

 

Hay países que se comprenden mejor atravesándolos que observándolos en un mapa. Marruecos pertenece a esa categoría excepcional. Basta una mañana clara en Tánger, frente al estrecho, para comprender que este territorio no se reduce a coordenadas geográficas: está hecho de travesías, de memorias superpuestas, de lenguas que se cruzan y de rutas que se prolongan mucho más allá de sus fronteras. Aquí, Europa se adivina en el horizonte, África se extiende en la profundidad del continente, y el eco de Al-Ándalus, del Golfo o de América Latina aflora en los intercambios, los imaginarios y las redes humanas.

 

Las lecturas dominantes continúan, sin embargo, reduciendo el Reino a su proximidad con Europa o a su anclaje africano. Este enfoque, formulado con frecuencia desde las cancillerías o los centros de decisión exteriores, deja en la sombra lo que constituye la realidad vivida del país: su capacidad de habitar varios espacios a la vez. Marruecos no está simplemente situado entre regiones; es atravesado por ellas. En sus ciudades, sus universidades, sus empresas, sus diásporas y sus circulaciones culturales se lee una pluralidad que no tiene nada de ambigüedad. Constituye, al contrario, una de sus fortalezas más profundas.

 

A medida que el sistema internacional se fragmenta, esta pluralidad se convierte en un recurso estratégico. El Reino se encuentra en la encrucijada de varios espacios, pero su núcleo geopolítico sigue siendo claramente la articulación euroafricana. Es a partir de esta centralidad primera — entre la península Ibérica y la profundidad subsahariana — desde donde se despliegan aperturas complementarias hacia los países del Golfo, América Latina y, más recientemente, los polos asiáticos y euroasiáticos. Pero detrás de estas categorías geopolíticas hay trayectorias humanas muy concretas: estudiantes marroquíes en Madrid, empresarios en Dakar, inversores del Golfo en Casablanca, redes universitarias con Bogotá o Santiago. Es también a través de estos rostros y estas circulaciones como se construye la centralidad marroquí.

 

Deconstruir la mirada eurocéntrica

El pensamiento geopolítico dominante ha considerado durante largo tiempo el Magreb como una zona tampón — espacio de gestión de flujos migratorios, perímetro de seguridad avanzada, mercado cautivo. Esta visión, heredada de las lógicas coloniales y reproducida por las instituciones euromediterráneas, asignaba a Marruecos el papel de receptor pasivo de las políticas de vecindad. Ocultaba así una realidad considerablemente más compleja: la de un Estado que ha sabido, a lo largo de las décadas, convertir su posición geográfica en palanca diplomática, su diversidad cultural en capital simbólico y sus limitaciones estructurales en argumentos de negociación.

 

Pensar Marruecos como pivote transcontinental es, ante todo, rechazar esa asignación periférica. Es reconocer que la creciente multipolaridad del sistema internacional genera oportunidades inéditas para las potencias intermedias capaces de jugar en varios tableros simultáneamente — y que Marruecos es, estructuralmente, una de ellas.

 

El núcleo estratégico: el eje euroafricano

La relación con España merece ser considerada mucho más allá de los expedientes coyunturales — migración, seguridad, tensiones territoriales. Un espacio de cooperación más estructurante se perfila, fundado en la densidad de los intercambios económicos, la proximidad histórica y la circulación creciente de saberes, capitales y actores institucionales. La herencia arabo-andaluza, frecuentemente reducida a su dimensión patrimonial, adquiere aquí un alcance estratégico como recurso de diplomacia cultural y de legitimación simbólica en las relaciones con el espacio ibérico.

 

Esta dinámica solo cobra pleno sentido si se abre al conjunto del mundo hispanohablante, y en particular a América Latina. A través de la lengua, las redes universitarias, los intercambios parlamentarios y las convergencias diplomáticas, el Reino dispone de márgenes de acción aún insuficientemente explorados. Desde México hasta Chile, pasando por Colombia, Perú y Argentina, las perspectivas de cooperación económica, académica y política son considerables — a condición de pensarlas desde una diplomacia directa, y no exclusivamente mediatizada por Madrid.

 

África subsahariana constituye el otro pilar de esta centralidad. La presencia del Reino se consolida a través de inversiones bancarias, infraestructuras, agricultura, energía y formación — una política de influencia asumida, que apunta a inscribir duraderamente a Marruecos entre los actores más estructurantes del continente. La profundidad africana del Reino refuerza su apertura euromediterránea; no le es opuesta ni ajena. Es su prolongación natural.

 

Aperturas complementarias: Golfo, Asia y Eurasia

A este núcleo estratégico se suman ejes complementarios que amplían los márgenes de maniobra del Reino. El eje del Golfo, cuyo alcance va más allá de la dimensión financiera, descansa en convergencias diplomáticas, inversiones soberanas y cooperaciones sectoriales en logística, turismo, energía y finanzas. Cultivando asociaciones sólidas con Riad, Abu Dabi y Doha, Marruecos afirma su capacidad de arbitrar entre varios polos de poder sin subordinarse a ninguno.

 

A ello se suma una dimensión aún discreta pero estructurante: el reposicionamiento progresivo de Marruecos frente a las potencias asiáticas y euroasiáticas. Las relaciones con China — socio comercial creciente y actor de las nuevas rutas de la seda — así como con Rusia — presente en los equilibrios diplomáticos africanos — obligan a Rabat a navegar con precisión entre lógicas de bloques que el país se niega a asumir. Esta navegación no es equívoco: es soberanía.

 

Hacia una doctrina del pivote

Marruecos dispone hoy de las condiciones objetivas para formalizar lo que podría denominarse una doctrina del pivote transcontinental. Ello implica tres orientaciones convergentes: invertir decididamente en la diplomacia cultural, estructurar una presencia diplomática directa en América Latina y articular explícitamente los ejes euroafricano, del Golfo y euroasiático en un marco estratégico coherente.

 

El Reino aparece así como uno de los escasos Estados de la región capaces de articular, en torno a un sólido núcleo euroafricano, asociaciones diversificadas con el Golfo, América Latina y las potencias asiáticas. Esta pluralidad constituye uno de los principales resortes de su política exterior en un mundo donde la capacidad de evolucionar en varios escenarios simultáneamente se ha convertido en un factor central de poder.

El estrecho de Gibraltar no es una frontera. Es una costura.

 

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