En un contexto internacional y regional marcado por la inestabilidad y la necesidad de reforzar las alianzas reales lejos del ruido mediático y político de la ultraderecha, los datos económicos vuelven a confirmar una verdad silenciosa pero poderosa: Marruecos no solo es un vecino, sino un socio clave para la seguridad nacional de España.
Durante el primer cuatrimestre de 2025, las importaciones españolas de frutas y hortalizas frescas procedentes de Marruecos crecieron un 28% interanual, alcanzando los 672 millones de euros, según datos oficiales del sector, presentados por Fepex (Federación Española de Asociaciones de Productores Exportadores de Frutas y Hortalizas).
Esta cifra sitúa al Reino como el primer proveedor hortofrutícola del mercado español, representando el 33% del total de importaciones en esta categoría. En términos de volumen, las cifras son igualmente reveladoras: más de 254.000 toneladas de productos frescos cruzaron el Mediterráneo, lo que supone un incremento del 26% respecto al mismo periodo del año anterior.
La tendencia no es nueva, pero se consolida. En los últimos cinco años, las compras españolas de frutas y hortalizas frescas a Marruecos han aumentado un 56% en valor, pasando de 432 millones de euros en 2021 a los actuales 672 millones. Esta evolución pone de manifiesto la creciente dependencia estructural del sistema agroalimentario español respecto a Marruecos.
En tiempos donde la seguridad nacional ya no se mide únicamente en términos militares, la estabilidad alimentaria se ha convertido en un eje estratégico. Marruecos garantiza a España un flujo constante, seguro y competitivo de productos frescos, incluso en los momentos de mayor tensión logística o geopolítica. Su papel en la cadena de suministro española no es solo útil, es esencial.
A esto se suma la dimensión humana del vínculo hispano-marroquí. Miles de migrantes marroquíes trabajan legalmente en el campo español, asegurando la continuidad de la producción agrícola en regiones enteras que hoy no podrían sostenerse sin su aportación. Lejos de ser una carga, estos trabajadores son un pilar silencioso de la soberanía alimentaria española.
En definitiva, Marruecos no solo aporta productos a los supermercados españoles. Aporta estabilidad, fiabilidad y capital humano. Una realidad que las autoridades y la sociedad española no pueden seguir ignorando si desean preservar un modelo agroalimentario resiliente y competitivo. Y que también interpela a aquellos sectores políticos que, desde la hostilidad ideológica, ponen en riesgo alianzas que son vitales para el presente y el futuro compartido.









