Una vez más, Marruecos vuelve a convertirse en blanco de los discursos inflamados procedentes de Melilla, esta vez de la mano del presidente de la Ciudad, Juan José Imbroda, quien ha arremetido duramente contra el Gobierno español tras la supuesta suspensión indefinida de las operaciones comerciales a través de la aduana de Melilla. Lo que, según fuentes españolas, habría sido una comunicación técnica por correo electrónico, sin carácter de notificación oficial ni comunicado público por parte de Rabat, ha sido aprovechado para reactivar un viejo relato victimista en plena efervescencia política española.
“Ha vuelto a cerrar la aduana. Marruecos manda en la frontera”, sentenció Imbroda con tono teatral, acusando al Ejecutivo de Pedro Sánchez de ceder ante Marruecos. Sin embargo, desde Rabat no se ha emitido ninguna confirmación oficial que avale un cierre como tal, lo que deja entrever un nuevo episodio de instrumentalización política del dossier fronterizo.
No es la primera vez que el PP melillense recurre a este tipo de retórica. En 2018, cuando se produjo el cierre de la aduana —en un contexto muy distinto—, ya se agitaron los mismos discursos, sin atender a la evolución posterior de las relaciones bilaterales. Desde entonces, se han producido avances significativos entre Rabat y Madrid, entre ellos la reapertura parcial de la aduana y la instalación de mecanismos de concertación técnica entre ambos países.
La realidad es que la cooperación fronteriza forma parte de una agenda sensible y compleja, sujeta a concertación bilateral, y no a salidas de tono ni declaraciones altisonantes. Marruecos defiende una gestión moderna, ordenada y respetuosa de sus pasos fronterizos, en coherencia con su visión de desarrollo territorial y soberanía económica. No puede convertirse en el blanco recurrente cada vez que algún actor político busca rédito interno.
Desde Marruecos, se observa con atención —pero sin sorpresa— cómo ciertos sectores de la clase política española siguen utilizando la carta marroquí como arma electoral, especialmente en un contexto político español muy turbulento. Pero los vínculos entre ambos países han demostrado en los últimos años que las relaciones de vecindad se construyen con diplomacia, respeto mutuo y visión compartida, no con titulares incendiarios.









