Mohamed Abrighach
Los últimos acontecimientos que han caracterizado recientemente las relaciones ibérico-marroquíes, la nueva postura española del gobierno de Pedro Sánchez sobre el tema del Sahara y la concesión por la FIFA a Marruecos, España y Portugal organizar conjuntamente en 2030 la Copa del Mundo de Fútbol, han puesto de modo inédito, cuando no imprevisto, de moda el tema de España y de sus correspondientes relaciones con Marruecos. Se ha notado de manera más que manifiesta en los medios de comunicación y, particularmente, en las numerosas y sucesivas actividades, encuentros, seminarios o congresos, que se han venido celebrando en el corriente año 2024 así como en el anterior por instituciones oficiales, universidades y asociaciones, en el marco de lo que se ha solido llamar diplomacia cultural y también, un término nuevo, diplomacia deportiva. Dentro de pocos días, se organiza en Rabat un festival internacional sobre narraciones populares en cuyo programa se pone a España como país invitado de honor, pero sin que haya rastro ninguno de su participación real en las actividades del evento, un ejemplo que justifica ampliamente esta moda, léase improvisación en este caso, al que me refiero. No hay otra explicación al respecto.
Esta nueva dinámica es positiva, sin lugar a dudas, por el simple hecho de que contribuye a potenciar la cooperación y crear más empatía y familiaridad con lo peninsular, amén de constituir una coyuntura favorable para llevar a la práctica mucho de lo acordado bilateralmente entre ambos países en anteriores convenios o memorandos sobre temas de interés común. Sin embargo, esta reflexión no debe ser ocasional o esporádica, por un lado, y amerita realizarla desde la libertad y autonomía intelectuales, la objetividad y el rigor científicos y con constancia, acumulación y conocimiento de causa, lejos del peso de las contingencias históricas, de la euforia de las pasiones del momento y la subjetividad nacionalista o politicoide. Estas condiciones son, a mi entender, imprescindibles para diagnosticar y analizar la realidad de esta relación en su profundidad, sin complejos y censuras. Lo son así porque nuestras relaciones con España son necesarias y complejas a la vez. Necesidad y complejidad que son indiciarias de que el componente español ha condicionado, modelado y determinado, como ningún otro componente que no sea amazigh e islámico, el pathos cultural y el destino histórico de Marruecos en tanto que territorio, nación o país desde remotos tiempos, al menos desde la época romana, y luego en el siglo XV con la expulsión de los últimos musulmanes de Granada en 1492 y de los moriscos en 1609, hasta llegar a la era contemporánea y el presente. Dedico este primer artículo a analizar, mejor dicho, reflexionar sobre ambos aspectos y continuaré en los próximos abordando otras vertientes de naturaleza cultural por su relevancia a estos propósitos.
Son necesarias y complejas nuestras relaciones con España por el peso objetivo e irrecusable de la geografía y de la historia a la par. He aquí a continuación algunos datos o argumentos. Son ciertamente lugares comunes que, por amnesia o desconocimiento conscientes e inconscientes, pasan desapercibidos entre nosotros y también nuestros vecinos del norte.
La geografía es un imperativo natural. Se impone de por sí y nadie puede poner en cuestión. Crea similitud y parentesco material o físico. España es la nación más africana en Europa desde el punto de vista de los relieves, el suelo, la fauna, la flora, la agricultura, etc. Es una observación que recogen muchos de los viajeros, sean europeos, españoles o marroquíes, que recorren los dos países antaño y hogaño haciendo constar este continuum existente entre las dos orillas. El famoso tópico y adagio de África empieza en los Pirineos, considerado como injuria o blasfemia por muchos españoles, es realista y describe una realidad fáctica averiguada físicamente y nada tiene que ver, desde luego, con la leyenda negra que los europeos utilizaron para denostar España y luchar contra su poder imperial. Los dos países los separa tan solo un simple Estrecho de nada menos que catorce kilómetros o millas, casi una simple calle del agua, según se señala en algún que otro libro. Una distancia tan estrecha que hace más fácil que ambas veras se miren, se vigilen, se acechen hasta casi tocarse o besarse cual un hombre y una mujer.
Basándose en el viaje que hace a Tánger, Pérez Galdós capta con realismo, como es propio en él, esta dinámica amorosa en Aita Tettauen (1905) al escribir estas palabras amorosamente metafóricas: “El bravo mar que entre ellos corre no los enemista y separa, sino, antes bien los une y acaricia, besando ambas orillas con alternados ósculos, cambiando entre una y otra signos de paz y amor”. Por esta misma e íntima cercanía, quiso tal vez Juan Goytisolo que su protagonista de Reivindicación de conde don Julián (1975) empezara la invasión de la España de Franco desde Tánger. Le permitía primero otear bien el terreno y asaltar luego la costa tan rápido para, en caso de fallar, volver sin problema, seguir acechando y reemprender la travesía y la acción cuando fuera oportuno.
Marruecos y España tienen también dos costas y dos mares: el Atlántico y el Mediterráneo. Estos últimos fueron espacios privilegiados para emprender sus aventuras de conquista, invasión, búsqueda de mercados, lucha contra el enemigo, creando por ello, por un lado, contactos caracterizados a la vez por desencuentros y encuentros, paces y guerras, y por otro, dos respetivas vocaciones culturales enriqueciendo más su diversidad y apertura hacia el mundo exterior y su entorno. Este es un dato a tomar muy en cuenta. Esta vecindad la vive intensamente Marruecos porque está rodeado desde dos flancos por España.
En el Atlántico, tiene enfrente al archipiélago de las Islas Canarias todavía consideradas como pertenecientes al antiguo imperio jerifiano por un minoritario sector del nacionalismo marroquí, y africanas por los nacionalistas canarios oriundos del pensamiento proafricano de Antonio Cubillos en su reivindicación de los indígenas guanches, antiguos beréberes que, según los antropólogos, procedían de Marruecos a raíz de sus sucesivas deportaciones por los romanos desde el sur del país. Hace años, un grupo de jóvenes de Sidi Ifni subieron a la Pagaduría, antiguo Consulado Español y propiedad inmueble española, blandiendo la bandera bicolor y reivindicando la nacionalidad española a la que, con o sin razón, piensan tener derecho por haber pertenecido a España la ciudad desde 1934 hasta 1968. ¿Nostalgia colonial o ilusión de jóvenes desamparados? Puede que sea la primera o la segunda, o ambas a la vez, pero lo cierto es que algo de historia hispano-marroquí tiene.
Hispanista, escritor y presidente
de AMEII, Agadir









