Teresa Gubern*
La primera vez que viví un Ramadán fue con 18 años. No fue en Marruecos sino en Senegal. Llevaba viviendo unos cuantos meses allí, enamorada de mi pueblito en el Sahel y de la comunidad que me abrazó como si fuera otra hija más.
Allí ayuné, no costaba, formaba parte de la familia y juntos vivíamos esa experiencia. Lo peor fue la sed, a treinta y tantos grados, me tocó Ramadán en junio. El no comer no fue para tanto, tampoco realicé el mes entero sino una semana, pero fue bien. Tras los primeros días el cuerpo se acostumbra. Aprovechábamos ese tiempo para frenar.
Lo recuerdo muy bien, rompiendo el ayuno comiendo sandías que plantábamos allí mismo, todos reunidos contando historias y tocando la guitarra, bajo el cielo.
La segunda vez fue en Agadir, vivía en Assalam, no ayuné, no recuerdo, pero vivir un Ramadán allí fue más difícil entonces. Quizás porque no estaba arropada en una familia sino sola, canaria en un piso de la ciudad.
La vida no se paraba tanto aunque sí había una especie de ralentí entre todos, de reducir y vivir más lentamente, con más calma.
El Ramadán en Agadir para mí fue asomarme a la ventana con mi compañera de piso y ver cómo a las siete de la tarde desaparecía la gente de las bulliciosas calles de Assalam, todos corriendo a reunirse con sus familias, los tomates cayendo de los camiones, con una prisa cargada de ilusión, la gente desapareciendo hacia sus casas.
Mezclado todo lo lindo de ese momento con ese cuidado de no salir a esta hora, que la mala gente aprovecha para robar y molestar mientras las familias rompen el ayuno.

Lo que recuerdo con más cariño es la playa con las chicas, cuando nos reuníamos con ellas antes de la puesta de sol, a esperar. Los calderos repletitos de comida, ¡y qué comidas! Nunca comí tan bien, tan sabroso y variado que cuando viví en Marruecos y, especialmente, en Ramadán. Las mesas hechas de arena, el probar platos nuevos, el acabar bailando con los chicos que hacían música en la orilla, todo repletito de gente, porque no era algo para hacer sola en casa, sino siempre en grupo y arropada.
Esto es lo que me llevé del Ramadán para casa. La gente, siempre la gente.
*Investigadora canaria.









